Cultura

«La corrección política es incompatible con la expresión artística»

La escritora Marta Sanz reflexiona en ‘Retablo’, su último libro, sobre la deriva de las complejas relaciones humanas que se tejen en las ciudades en un momento social crítico y cambiante.

Artículo

Esther Peñas

Fotografía

Teresa Slanzi
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24
Jun
2019

En los dos cuentos que componen ‘Retablo’ (Páginas de espuma), ilustrado por Fernando Vicente y escrito por Marta Sanz (Madrid, 1967) se analizan asuntos tan complejos como la gentrificación, los afectos, la fricción entre maneras antagónicas de hacer y estar en el mundo, el paro o la falta de perspectivas de futuro para los jóvenes. Abordados con una mirada crítica y un delicioso sentido del humor, la escritora madrileña nos describe ambos territorios, el castizo y el ‘vintage’, en busca de un lugar común en el que ambas actitudes puedan convivir. Si es que eso es posible.

¿Qué te molesta de los hípsteres?

En realidad, así en general, nada. Estoy rodeada de hípsteres, convivo con ellos… pero no he tenido mucho trato, así que estos cuentos están escritos con una mirada lanzada desde fuera, y se aborda el tema con una voluntad claramente paródica. He tratado de reflejar la representación de ese mundo que se va transformando muy deprisa y que nos hace prematuramente viejos a quienes somos maduros pero no ancianos, al tiempo que convierte en seres en extinción y extraordinarios a antiguos pobladores del centro de las ciudades. Lo que me resulta inquietante de los hípsteres es esa especie de representación de una cultura, quizás demasiado suave o un poco pastelera, que es capaz de anular idiosincrasias castizas, paletas y populares que me interesan mucho.

Que amenazan la supervivencia de los bares como dios manda.

Por ejemplo. Los hípsteres han provocado una reformulación muy curiosa de la hostelería, como el auge de nuevas tabernas, regentadas por personas que lo que hacen es una impostura de lo que antiguamente fue el local, es decir, de la taberna de toda la vida. Es lo mismo pero más limpito. Asisto a estas mutaciones con inquietud.

Los barrios (los más céntricos, sobre todo) se están llenando de locales con una acentuada atmósfera profiláctica…

Sí, hay algo inquietante que relaciona esa percepción de la realidad con el género de terror, esa asepsia y amabilidad en las formas de los hípsteres que da miedo. Tengo la sensación de que por debajo se encubren las violencias del sistema a través de una epidermis cultural tranquilizadora. Me hace recordar constantemente la metáfora terrorífica del género negro de que nada es lo que parece.

Cómo han cambiado las cosas… No sé si las nuevas generaciones conocerán esos trucos cotidianos que aparecen en estos dos relatos, como envolver los plátanos en papel de periódico para que no se pongan negros, por ejemplo. ¿Se está perdiendo la cultura popular?

«Se ha producido una escisión entre el aprendizaje natural de las cosas de la vida y la comercialización de todo como un producto vendible»

Más que perdiéndose, creo que se está convirtiendo en algo especializado que se vende. En lugar de formar parte de la vida cotidiana, esa sabiduría que se transmitía de abuelos a madres y de madres a hijas ahora forma parte de un plan curricular doméstico que se vende en cursos especiales y kits estupendos para saber cómo tienes que conservar los alimentos en tu casa. Se ha producido una escisión entre el aprendizaje natural de las cosas de la vida y la comercialización de todo como un producto vendible, incluso esos saberes que antes se transmitían casi por ósmosis de una generación a otra.

A Matilde, uno de los personajes del libro, le disgustan mucho los tópicos. ¿Cómo nos manejamos con ellos? ¿Hasta qué punto son útiles?

En estos dos cuentos de Retablo hay un lugar común: la desconfianza en el tópico, ese prejuicio que convierte las culturas en un espacio reducido, que identifica España con Andalucía. Frente a eso está la sospecha de que dentro de ellos sí que siempre hay algo que tiene que ver con las cosas que suceden en la realidad. Se juega con la confrontación, con el deseo de salir de tópicos reduccionistas que te encorsetan, que no te permiten avanzar y que convierten cada cultura en una especie de casticismo paleto. Al tiempo, se expresa cierta resistencia hacia la forma de una supuesta evolución que recibimos muchas veces de una manera acrítica y que nos hace ser igual de papanatas.

Por cierto, ¿por qué las mujeres de cierta edad –como la canción de Divine Comedy- no usan tacos?

Vivimos en una sociedad en la que nos creemos todos supermodernos y supertecnológicos y pensamos que el futuro ya está aquí. Si lo está, el futuro es muy chorra. Tenemos la sensación de estar viviendo en él, pero no podemos olvidar que vivimos en un país con cuarenta años de democracia y no nos hemos quitado aún la costra de una cierta ranciedad nacionalcatólica que eliminó la sexualidad y las expresiones de las mujeres: les inculcó que no podían usar expresiones soeces o groseras, educándolas en una forma de ser razonable y comedida sin mucho sentido del humor. Uno de los síntomas más evidentes de que una determinada voluntad feminista está impregnando los lenguajes de la realidad es ese empoderamiento de las mujeres en el sentido del humor, empezando a salir de esa moral del sacrificio, del verlo todo negro, del no decir nada chirriante.

Pero ese feminismo, ¿no se nos está yendo de las manos? Pienso en que, hoy en día, por ejemplo, es difícil que se publicara una obra como Lolita.

La corrección política es incompatible con la expresión artística y literaria. El feminismo en apenas un año ha conseguido algo muy bueno que nada tiene que ver con el puritanismo que se le imputa: colocar en la palestra la cultura y plantear la idea de que puede haber libros, pinturas o películas ideológicamente comunistas, machistas, feministas, pero que al tiempo puede haber interpretaciones que se acerquen a esas construcciones culturales con una mirada crítica distinta. El feminismo ha conseguido no radicalizar el comportamiento políticamente correcto en el mundo de las artes y plantear la necesidad de desarrollar estrategias de lectura crítica. Eso es lo que me interesa, y me molesta que se asocie la corrección política al feminismo.

Una de las ilustraciones de Fernando Vicente para ‘Retablo’.

¿Leer es bueno por definición?

Hace unos cuantos años, escribí un texto titulado Algunas razones para no leer en el que intentaba explicar que quizás la manera de poder despertar la curiosidad hacia la lectura en los adolescente es sacar el concepto de literatura de ese corsé humanista que identifica el leer con ser sabio y ser sabio con ser bueno. No es necesariamente así: leer te puede hacer mucho bien o mucho mal, depende de los textos que leas, de los mimbres a partir de los que partas… Leer buenos libros te va a transformar y no saldrás indemne de ellos, pero eso no significa que la literatura sea siempre edificante ni que te convierta en san Francisco de Asís.

Basta pensar en la cúpula nazi, tan refinados, tan exquisitos, tan cultos…

Hay que sacar de la simplificación y vivificar el concepto de lectura, es decir, recordar que requiere un margen de decisión y de esfuerzo grande. Cuando lees con entrega y sentido crítico, la literatura te transforma… pero no desde una visión arcangélica. Por otra parte, cuando usamos ejemplos como el que acabas de utilizar, me da miedo que haya gente que llegue a la conclusión de que hay que separarse de los libros. Hoy en día se confunde permanentemente la opinión con el conocimiento y se estigmatiza más a quienes intentan construirlo, entronizando el elogio de la ignorancia y a quienes hacen gala de no haberse leído un libro en su vida.

¿Qué opinas sobre los poetas de Instagram y los youtubers que escriben versos? Hay quien dice que el comienzo de la gran devaluación de la literatura en general y de la poesía en particular comenzó cuando se concedió el Nobel a Bob Dylan.

«Hoy en día se confunde permanentemente la opinión con el conocimiento»

Que le dieran el Nobel a Dylan a mí no me molesta. En el origen de la literatura está la música y, como escritora contemporánea, me interesan muchos las mezclas de los géneros dentro de la literatura y el desdibujamiento de los límites entre las disciplinas artísticas: la música presta momentos a la literatura, la literatura al cine, el cine a las artes plásticas… En esos límites que se van mezclando nacen momentos de creatividad muy iluminadores, tanto para quien trabaja con esos materiales como para quien los recibe. Pero, al tiempo, tengo la sospecha de que se intenta hacer todo asequible de una manera que se neutraliza ese esfuerzo sano que a veces tenemos que hacer al enfrentarnos a objetos culturales. Tiene que haber un pequeño margen para lo que no entiendes, que es lo que te estimula para seguir raspando hasta llegar al fondo del texto y de ti mismo.

Ese descomponer límites del que hablas es fabuloso, pero tú misma recordabas hace tiempo que hay algunos que son necesarios para delimitar realidades opuestas: izquierda/ derecha, rico/pobre, trabajador/empresario…

Me sentí molesta por la primera campaña de Podemos que decía que no hay izquierdas ni derechas, sino arriba y abajo. Claro que hay arriba y abajo, y la brecha que los separa cada vez es más grande… Pero también hay izquierdas y derechas, también con una brecha que se ensancha cada vez más. La diferencia ideológica es operativa y hay que reivindicarla para que no se produzca, entre otras cosas, una ultraderechización, fenómenos como Vox, como la ultraderecha francesa, como Trump… Hay que ser conscientes de que vivimos en una sociedad llena de aristas donde se producen fricciones y tener la lucidez para no caer en la homogeneidad publicitaria que nos deja tranquilos, pero que es falsa.

Volviendo al libro, ¿qué hay de los afectos vecinales?

Soy una escritora que se jacta de estar muy pegada a la realidad, a los ruidos y a las cosas que ocurren en la calle, de vivir con las ventanas abiertas para enterarme de todo. Por eso, esta transformación de los afectos vecinales la he vivido en mi propia comunidad, en Malasaña. Cuando llegué, notaba en el patio de luces esa red de afectos, para lo bueno y lo malo, con conversaciones de ventana a ventana muy agradables o enconadas entre vecinos. En los últimos años, ese tipo de comunicación directa, ese vínculo fuerte que se establecía entre todos se ha ido diluyendo en una especie de resentimiento que queda detrás de la puerta de cada uno y que explota en las reuniones de comunidad.

Quizás no sólo suceda en las comunidades de vecinos. El miedo al contacto con el desconocido se ha extendido más allá.

Sí, y eso también se ve en estos dos cuentos: la idea de cómo hemos perdido la necesidad de un vínculo fuerte, la necesidad de tocarnos al hablar, de mirarnos a la cara. Creo que tiene que ver con un mal uso de las redes, que han ocasionado una enorme transformación en un tiempo vertiginoso. Incluso a mí me cuesta más hablar por teléfono, tiendo a utilizar los mensajes y me da pereza propiciar encuentros cara a cara, incluso con relaciones amistosas y afectivas. Necesitamos tener una especie de mampara protectora, algo así como una vida en diferido, algo que siempre nos tiene que proteger. Estamos moviéndonos peligrosamente a sociedades —como dice la escritora Leila Slimanide— de superficies deslizante: somos como patinadores que se deslizan por la superficie, sin implicarnos, donde el compromiso se diluye. Pretendemos pasar por la vida sin enfangarnos demasiado.

Esa colonización de términos en inglés, también muy hípster, ¿podría ser una de las microviolencias de las que hablas en los relatos?

«Quemar un coche es violencia, pero también lo es la situación que lo permite y que engendra el propio sistema»

Absolutamente. Tenemos una sentimentalidad muy impostada porque asumimos una lengua y unas construcciones culturales que no son nuestras, pero que sentimos como propias. Parece que nuestro mundo es el del imperio, y en ese sentido, creo que deberíamos reivindicar nuestra idiosincrasia lingüística, social y cultural. Lo que se llamaba despectivamente el costumbrismo, es decir, los modos propios que pueden combinarse con el cosmopolitismo y con la mirada abierta para generar objetos culturales verdaderamente críticos. Todo es una cuestión de dinero y de poder: al final, desde el punto de vista cultural y lingüístico, somos muy papanatas y no nos damos cuenta de que todo nos llega de quien tiene la sartén por el mango.

Otro de los asuntos que aparecen en los relatos es la gentrificación. ¿Hasta qué punto podemos reapropiarnos de los barrios? ¿Hasta qué punto las violencias legitimadas como los alquileres abusivos, los desahucios o la propia gentrificación han de contestarse en ese mismo lenguaje, con violencia?

Estamos sometidos a formas de violencia encubiertas que se normalizan, y una de las cosas que tenemos que hacer quienes escribimos es visibilizarlas. El filósofo Zizek analizaba en un texto la respuesta al sistema de los muchachos franceses de los barrios de la periferia de París, cuando incendiaron coches como locos. Él dice que lo raro es que hubieran tardado tanto en hacerlo, dadas sus deplorables condiciones de vida: sin proyecto de futuro, sin trabajo, sin capacidad para culminar relaciones afectivas porque no tienen dónde hacerlo. Quemar un coche es violencia, por supuesto, pero también lo es la situación que lo permite y que engendra el propio sistema. Ahora bien, entendiendo esto, estoy en contra de los discursos del odio. Hay que buscar estrategias para conversar con los fascistas, buscar maneras de reapropiarnos de los barrios y de resignificar nuestros lugares de convivencia. Las que aparecen en los relatos son un poquito bestias… Digamos que son una licencia poética. Respecto a la gentrificación, creo que es un fenómeno muy complejo. Hay que recordar que hemos destruido nuestro sector Primario y Secundario, somos un país del sector servicios, ahora tampoco podemos echarnos las manos a la cabeza. ¿Qué esperábamos? El turismo es lo que da de comer a este país, por eso hay que encontrar un punto medio para no perder nuestras señas de identidad, nuestra convivencia y la conciencia de que esto es inevitable. Tiene que estar todo muy bien regulado para evitar tropelías como la de los pisos de alquiler turístico pero, nos guste o no, el proceso de gentrificación es imparable.

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