Cortar la flor más alta
El llamado «síndrome de la amapola alta» describe la tendencia social a menospreciar o atacar a quienes destacan por su éxito, un fenómeno especialmente frecuente contra las mujeres y presente en numerosas culturas.
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En su Historia de Roma, Tito Livio cuenta que Tarquinio el Soberbio, séptimo y último rey de la ciudad, recibió un mensajero de su hijo Sexto, que se había infiltrado en una urbe enemiga y preguntaba cómo rendirla. El rey no respondió. Desconfiaba del mensajero y no quiso dejar una orden hablada que pudiera repetirse. Lo que hizo fue salir al jardín, caminar en silencio y cortar con un bastón las cabezas de las amapolas más altas. Cuando el enviado relató la escena, Sexto comprendió: había que eliminar a los poderosos de la ciudad, empezando por los más prominentes. De esa anécdota viene el término tall poppy syndrome, o «síndrome de la amapola alta», que se popularizó en Australia y Nueva Zelanda en los años 80, aunque la imagen ya circulaba antes en el debate político anglosajón. Las «amapolas altas» eran los que más ganaban o más mandaban, y cortarlas significaba igualar por abajo en nombre del bien común. Esto define la tendencia social a criticar, atacar o ridiculizar a quien sobresale, no tanto por lo que hace como por el simple hecho de destacar. El éxito ajeno entendido como una afrenta.
La periodista Marta Peirano apuntó en una columna en El País que el síndrome afecta sobre todo a mujeres. El estudio Tallest Poppy, dirigido en 2023 por la investigadora canadiense Rumeet Billan, encuestó a 4.710 mujeres en 103 países. El 86,8% dijo haberlo sufrido en el trabajo. El 77% vio cómo se minimizaban sus logros. El 60,5% temía que la penalizaran por parecer demasiado exitosa. Contra el tópico de la rivalidad femenina, eran los hombres en puestos de mando quienes más socavaban a las mujeres destacadas.
Tras el éxito de Lux, publicado el año pasado, Rosalía recibió una tormenta de reproches sobre su ambición, sus referencias y hasta su acento. Taylor Swift, la artista más vendida de su generación, lleva quince años aprendiendo a esquivar la guadaña entre acusaciones cíclicas de calculadora, omnipresente o sobrevalorada. Antes que ellas, Britney Spears, Amy Winehouse, Janet Jackson o Lindsay Lohan fueron combustible diario de los medios de los 90 y los 2000.
Quien más estudió el fenómeno fue Norman Feather, psicólogo de la Universidad Flinders de Adelaida. Concluyó que el rechazo al que destaca es más frecuente en personas con baja autoestima y poco apego a los logros individuales. «A la gente le gusta ver caer a las amapolas altas si merecen caer, o si el observador tiene baja autoestima. Ahí entra un poco de envidia o resentimiento», resumió.
El 86,8% de las mujeres encuestadas en 103 países dijo haber sufrido el síndrome de la amapola alta en su trabajo
No es cosa de un solo país. En Japón se dice que al clavo que sobresale le cae el martillazo. En China, que los árboles altos atraen mucho viento. En Holanda, que no asomes la cabeza por encima del suelo. En Chile lo llaman chaquetear, tirar de la chaqueta del que sube. En Escandinavia tienen la janteloven: no creas que eres mejor que nadie. En Filipinas, la mentalidad de cangrejo.
España, claro, también tiene su tradición, sobre todo literaria. Miguel de Unamuno la bautizó como «la íntima gangrena del alma española» en su ensayo La envidia hispánica, y le dedicó una novela entera, Abel Sánchez.
Ya en el siglo XI, el pensador cordobés Ibn Hazm, una de las grandes figuras de la cultura andalusí, escribió en su Epístola sobre la virtud de Al-Ándalus que «con doble animosidad que en ningún otro país, los españoles sienten envidia del sabio que nace entre ellos, minusvaloran cuanto hace, critican sus aciertos y se ensañan con sus errores».
Rafael Sánchez Ferlosio le dio la vuelta y lo tachó de tópico cargante: sostuvo que más que envidiosos lo que abundan son envidiados, gente que se queja de ser envidiada para sentirse importante, algo que llamó «paranoia de envidia».
Conviene recordar cómo acaba la historia romana. Tarquinio el Soberbio fue, en efecto, el último rey de Roma. Su tiranía, y la de sus hijos, provocó la sublevación que lo expulsó del trono en el 509 a. C. y fundó la República. El jardinero que cortaba amapolas terminó arrancado de raíz, y con él la monarquía entera. Las flores, en cambio, vuelven a brotar cada primavera.
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