Joaquín Mateu
«Cada vez es más común que malestares menores se vivencien como reveses imposibles de soportar»
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España es el primer país del mundo en consumo de benzodiacepinas, según datos de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes. En 2025, la demanda de antidepresivos creció un 24% en las farmacias españolas. De acuerdo con el Observatorio de Tendencias de Cofares, los cuadros más habituales en los historiales clínicos de la población española muestran que, por cada 1.000 habitantes, se registran 106,5 casos de ansiedad, 81,6 casos de enfermedades del sueño y 47,8 casos de trastornos depresivos. La Organización Mundial de la Salud califica la crisis global de salud mental como una epidemia silenciosa. Hablamos sobre este tema con el doctor en Psicología Clínica Joaquín Mateu, especialista en Psicopatología y profesor del Grado en Psicología de la Universidad Internacional de Valencia.
España encabeza actualmente la estadística mundial en el consumo de psicofármacos. Para la OMS, los problemas de salud mental son ya una crisis global. ¿Cuáles son las consecuencias de que el sistema sanitario sea puramente reactivo?
Es una interesante pregunta. Si bien es cierto que existen campañas de gran alcance que buscan reducir la probabilidad de que la población padezca ciertos problemas graves de salud mental –como los trastornos por uso de sustancias–, aún palidecen frente al esfuerzo interventivo orientado a quienes ya los presentan. La primera consecuencia de ello apela al sistema público de salud, inevitablemente colapsado por personas que atravesaron un largo proceso de declive emocional (que podría haberse atendido antes de cristalizar en un cuadro clínico). Además, se sabe bien que quienes conviven con síntomas de ansiedad o de depresión suelen consultar con más frecuencia a sus médicos de atención primaria, lo que implica un resultado previsible que se asocia a un sobreesfuerzo humano y material. Por otra parte, la conocida reactividad del sistema tiene otros impactos evidentes sobre la economía, pues los trastornos mentales se asocian estrechamente con bajas laborales y con pérdida de productividad. En definitiva, es una posición que deja escapar ventanas de oportunidad para el tratamiento y que no optimiza los limitados recursos disponibles.
«Los trastornos mentales se asocian estrechamente con bajas laborales y con pérdida de productividad»
Una de las propuestas es abordar el problema desde la visión de la salud preventiva, con evaluaciones psicológicas tempranas. ¿Cómo sería ese «chequeo preventivo»?
Desde luego sería una idea fantástica, aunque considero que se necesitan consensos que estamos todavía lejos de alcanzar. Un chequeo preventivo como este habría de centrarse en la maximización de los factores protectores y la minimización de los de riesgo, ambos profusamente documentados en la ciencia actual. Las estrategias de afrontamiento que desplegamos frente las adversidades, las redes de apoyo (sobre todo emocional) con las que contamos, la calidad del sueño o los niveles de estrés percibido son predictores clave de numerosos trastornos; y con mucha frecuencia su afectación puede ser el germen de sufrimientos mayores y difíciles de resolver. Integrar su evaluación regular (mediante test estandarizados y entrevistas centradas en la vivencia emocional) en el sistema de salud, como se hace con otros parámetros corporales, contribuiría a su identificación temprana y a la aplicación de medidas en periodos críticos (adolescencia, adultez, vejez, etc.). Por supuesto, tal cribado requeriría adicionalmente el despliegue de los recursos necesarios para el diagnóstico clínico preciso, el tratamiento eficaz y el seguimiento longitudinal. Lo interesante realmente sería que este chequeo preventivo pudiera llegar a la totalidad de la población, con independencia de que pueda existir alguna vulnerabilidad aparente. Y que coexista simultáneamente con medidas extraordinarias dedicadas a quienes más pudieran necesitarlas. En definitiva, distribuiríamos mejor los recursos.
Porque ¿de verdad es posible predecir que alguien desarrollará un problema de salud mental? ¿Qué vulnerabilidades cognitivas y emocionales tendrían que detectarse antes de que aparezca un trastorno?
Las ciencias del comportamiento, como la psicología, se debaten siempre en el terreno de las probabilidades. Aunque no es posible predecir con exactitud milimétrica si alguien desarrollará cierto trastorno mental, conocemos bien las circunstancias y las condiciones que suelen aumentar tal riesgo. Esto nos ayuda a identificar perfiles concretos en los que hay que redoblar esfuerzos, pero siempre teniendo en cuenta la diversidad característica de nuestra especie y que no deberíamos caer en el error de usarlos para estigmatizar. Si hablamos de vulnerabilidades concretas, hay evidencia de que ciertos rasgos estables de la personalidad, como el neuroticismo (una tendencia general a experimentar afectos difíciles de soportar ante situaciones muy variadas), se relacionan transversalmente con multitud de trastornos mentales. También ocurre lo mismo con lo que conocemos como «labilidad emocional», que se expresa como inestabilidad o fluctuaciones afectivas extremas sin que necesariamente exista una causa que las explique. Por otra parte, se sabe que la intolerancia a la incertidumbre futura o la rumiación sobre hechos ya pasados son rasgos característicos de la depresión, de la ansiedad y de otras condiciones clínicas. En lo que respecta a la cognición, el conocimiento actual sobre factores de vulnerabilidad es más discreto. Eso sí, hay evidencias de que los sesgos atencionales hacia los estímulos amenazantes (dedicarles mucho más tiempo que a otros de naturaleza neutra o positiva) o la rigidez cognitiva (incapacidad para frenar el flujo de pensamientos adversos que dan forma a la preocupación) pueden también tener un rol esencial. Y, por último, vale la pena destacar el efecto de la baja autoeficacia percibida, que surge cuando nos consideramos incapaces de llevar a cabo con éxito tareas que son necesarias para nuestro bienestar.
«Aunque no es posible predecir con exactitud si alguien desarrollará cierto trastorno mental, conocemos bien las condiciones que suelen aumentar tal riesgo»
Una de las críticas que se le hacen a la sociedad actual es la «psicologización» de la vida cotidiana, esa búsqueda por categorizar y diagnosticar toda circunstancia o relación. ¿Cree que en efecto se está sobrepatologizando la experiencia humana y medicalizando todo malestar? ¿Y cuáles serían las consecuencias si así fuera?
Es totalmente cierto. Se trata de una tendencia creciente en los últimos años y que puede alcanzar consecuencias nefastas. Tristemente, cada vez es más común apreciar cómo los malestares menores (y totalmente adaptativos) se vivencian como si fueran reveses que no estamos dispuestos a experimentar o resultan imposibles de soportar. En ocasiones, incluso podemos acabar atribuyéndonos una etiqueta diagnóstica: «soy depresivo», «soy ansioso», etc., sin criterios sólidos ni razones objetivas. Lo cual tendría dos consecuencias fundamentales: que añadamos más sufrimiento a nuestras vidas de forma innecesaria y que restemos importancia a las circunstancias por las que transitan quienes en realidad sí están enfrentándose a los rigores de un trastorno mental. Además, cuando rechazamos sentir cualquier malestar y pasamos a etiquetar todos los problemas de la vida en términos patológicos se produce también otro efecto indeseado: que atribuyamos la causa del dolor a una suerte de bestia externa a nosotros e imposible de dominar –el trastorno mental «autoatribuido»–, ante la cual nuestros recursos siempre serán insuficientes. En esta coyuntura es previsible que sintamos indefensión aprendida, esto es, una profunda desazón al percibir que nada de lo que podremos hacer conseguirá aliviar una situación que nos atenaza y que constriñe nuestras existencias. Si se consolida la certeza de que somos incapaces, los psicofármacos se alzan como la única alternativa posible. Aquí es importante hacer un matiz: los psicofármacos son herramientas muy útiles para quienes los necesitan. No obstante, desarrollar habilidades personales y sociales que nos permitan pertrecharnos de una mejor salud mental nos da la oportunidad no solamente de lidiar con los problemas presentes, sino también de evitar su reaparición en el futuro.
«Si se consolida la certeza de que somos incapaces, los psicofármacos se alzan como única alternativa posible»
¿Por ejemplo?
Algunos ejemplos son la asertividad, comunicar respetando nuestros propios derechos y los ajenos; la empatía bien gestionada, contactar con el dolor de quienes nos rodean, pero manejándolo con acierto para que no desbordarnos; la autocompasión, es decir, la capacidad para reconocernos sin culpa como seres falibles y con potencial para progresar a nuestro ritmo; y la gratitud, reconocer todo lo positivo que la vida nos ha brindado hasta ahora.
Las redes sociales son uno de los grandes movilizadores de la llamada «cultura terapéutica». Ahora cualquiera puede hablar en TikTok o en Instagram sobre relaciones «tóxicas», rasgos narcisistas, apego evitativo o ansioso, etc. ¿Qué efectos tiene esto?
Las redes sociales han logrado un hito que merece su mención: incrementar la visibilidad de los problemas de salud mental, desterrarlos de los espacios oscuros e inhóspitos que antes habitaron y contribuir a que se hable sobre ello con naturalidad. Es algo que resulta valioso, ya que ataja la soledad que muchas personas sentían hace algunos años cuando recibían diagnósticos de este tipo en el seno de una sociedad que prefería silenciarlos. No obstante, como casi todo en esta vida, esta circunstancia también entraña un reverso oscuro. Y es que muchos conceptos complejos, como los de narcisismo, traumas, apego, etc., se acaban tratando con excesiva ligereza o directamente se desfigura su significado original. Por ejemplo, esta reducción de lo clínico diluye los límites entre el egoísmo y el narcisismo, la adversidad y los traumas o los vínculos complejos y el apego inseguro. Una perversión del lenguaje que trae consigo la banalización del verdadero sufrimiento, así como un desconocimiento paradójico (en plena era de la información) sobre el calado objetivo de los trastornos mentales. También puede conducirnos a encorsetar nuestras relaciones bajo el yugo de etiquetas que las reducen a lo absurdo, que las simplifican y que las convierten en una versión maniquea de algo mucho más rico y complejo.
«Las redes sociales han logrado incrementar la visibilidad de los problemas de salud mental, desterrarlos de los espacios oscuros e inhóspitos que antes habitaron»
A pesar de que se trate de manera individual, no se puede obviar el hecho de que hay condiciones sociales que están contribuyendo directamente a la crisis de salud mental: precariedad, incertidumbre, inestabilidad laboral, altos costes de vida, problemas para proyectarse económicamente, dificultades para acceder a una vivienda o formar una familia… ¿Sería posible tratar la salud mental desde una perspectiva social y no solo individual? ¿Y cómo?
Por supuesto, de hecho, sería la clave. Muchas veces, los problemas de salud mental que padece una población son el fiel reflejo de las condiciones de vida en las que está inmersa. La precariedad económica, la incertidumbre profesional, las barreras a la emancipación, o la creciente tensión geopolítica internacional, por citar solo unos ejemplos, nos privan de las condiciones materiales y sociales requeridas para optar a la felicidad. Esto pone el énfasis en la perspectiva social como un eje potencialmente transformador, para lo cual se precisa que todos los poderes públicos se alineen sensiblemente con las necesidades comunes de la ciudadanía: promover la estabilidad laboral, facilitar el acceso a viviendas dignas, o articular medidas para la conciliación de las distintas facetas de nuestras vidas. Por supuesto, también existen otras estrategias que se proyectan desde la sociedad civil y que entrañan un valor equiparable, como la creación de espacios de apoyo mutuo donde quienes comparten vivencias puedan encontrar su consuelo, la construcción del espacio urbano pensando en la cohesión de la ciudadanía. O la reducción de la soledad indeseada mediante iniciativas variadas –especialmente intergeneracionales, donde se promueve el intercambio de experiencias entre personas de distintas edades–. Todas estas medidas tienen el potencial de contribuir a la salud mental colectiva, lo cual tiene un impacto fundamental en cada individuo por separado. En definitiva, enriquecen el sustrato donde los seres humanos germinaremos y nos desarrollaremos.
«Los problemas de salud mental que padece una población son el fiel reflejo de las condiciones de vida en las que está inmersa»
¿Cómo podría aplicarse la neurociencia para desescalar la presión asistencial y mejorar las condiciones cognitivas y emocionales de la población en general?
Sería posible, aunque todavía habría de probarse la eficacia exacta que tendría y el modo en que podría llevarse a la práctica. Algunas medidas que podrían aplicarse de forma sencilla serían los programas psicoeducativos sobre aspectos neurobiológicos concretos. Y también la promoción de estrategias que, aprovechando la capacidad neuroplástica del cerebro, pudieran incidir positivamente en los determinantes cognitivos y conductuales a la base del trastorno mental. En cuanto a los programas psicoeducativos, convendría que la población general tuviera un conocimiento superior sobre cómo afecta el estrés a nuestro cuerpo, puesto que este es sin duda uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Esto también nos permitiría entender mejor las respuestas emocionales que emergen en contextos adversos sin que acaben interpretándose como indicios de un problema clínico, o también identificar que quizás estamos exigiéndonos demasiado en detrimento de la salud mental. Además, sería esencial ensalzar la importancia del sueño, de la nutrición equilibrada y de las relaciones sociales significativas… Todas ellas fundamentales desde el punto de vista psicológico.
Hábitos que siempre se recomiendan, pero no siempre se cumplen.
Y en cuanto a las estrategias para potenciar la salud mental a través de la neuroplasticidad, la evidencia científica es optimista respecto a los beneficios asociados al mindfulness en la prevención de recaídas depresivas. Porque es una práctica meditativa orientada a enfocar la atención al momento presente, junto a la evitación del juicio negativo y la disposición a mantener una constructiva actitud de principiante hacia las cosas que nos ocurren. Los resultados clínicos apuntan a que tiene capacidad de mejorar los síntomas depresivos, entre otros, pero los efectos dependen del formato y no se pueden interpretar como consolidados. Por último, el ejercicio físico regular y ajustado a nuestras posibilidades también propicia cambios fundamentales en la bioquímica cerebral que tienen hondas resonancias sobre nuestro bienestar y nuestra calidad de vida. En definitiva, el papel aquí de la neurociencia podría ser el de popularizar conocimientos y habilidades que mejoran nuestra salud. Y contribuir paralelamente al diseño de nuevas prestaciones tecnológicas que permitan un autocuidado supervisado o la articulación de terapias potencialmente más breves sin comprometer su eficacia. Por supuesto, se trata todavía de hipótesis a las que habremos de dar respuesta en algún momento, pero que sin duda nos posicionan ante un horizonte prometedor.
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