La psicologización de la vida
La expansión del lenguaje terapéutico ha llevado a interpretar la vida cotidiana a través del diagnóstico, hasta convertir la identidad en una categoría clínica permanente.
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Nunca habíamos tenido a mano tantas palabras para nombrar lo que nos ocurre por dentro. Ansiedad, apego, trauma, narcisismo, resiliencia, validación emocional: el léxico terapéutico ha abandonado hace tiempo la consulta para instalarse en la conversación cotidiana y ya no cumple solo la función de describir la interioridad, sino que organiza la manera en la que interpretamos las relaciones, la crianza e incluso la identidad. Y quizá una de las transformaciones culturales de nuestro tiempo consiste es pensar casi toda experiencia humana como una experiencia puramente psicológica. Una psicologización de la vida.
Educar hijos tiene que ver cada vez más con mantener el trauma a raya y dotar de herramientas de gestión emocional. Las relaciones románticas son un complejo rompecabezas en el que hay que asegurarse de que los estilos de apego son compatibles. La amistad se mantiene dentro de los límites que se establecen para proteger la paz mental. Los alumnos van a la universidad en régimen especial para su acomodar su neurodivergencia y alta sensibilidad.
Esta obsesión por autocategorizarse tiene su origen, en primer lugar, en la expansión de la cultura terapéutica a las redes sociales. En el contenido sobre bienestar en Instagram y en TikTok es fácil verse inundado rápidamente por un sinfín de vídeos que te advierten de los síntomas desconocidos del TDAH y del trauma no resuelto, y que te aseguran que probablemente no tengas un problema de procrastinación, sino un sistema nervioso desregulado.
Y esta corriente también tiene mucho que ver con el fenómeno posmoderno que entiende la propia vida como algo que puede ser optimizado: rutina de skincare para las arrugas, una tabla de entrenamientos impecable para el cuerpo, un horario de mañana que empieza a las 5:30 a.m. para maximizar la productividad y un conocimiento profundo de las lagunas afectivas de la infancia para gestionar las relaciones.
La obsesión por autocategorizarse tiene su origen en la expansión de la cultura terapéutica a las redes sociales
Debido a esta tendencia al autodiagnóstico, poco a poco, escribe Freya India, hemos ido perdiendo la personalidad. Las categorías terapéuticas funcionan como sustitutivos de adjetivos que antes se utilizaban para describir a cada uno de manera única; ya no se dice que alguien es reservado, impredecible o sensible, sino evitativo, disociativo o hiperreactivo.
La psicologización de la vida cotidiana no está exenta de riesgo. Para empezar, la identificación del ser con el trastorno, dificulta la percepción de agencia sobre la propia vida. En lugar de funcionar como un conocimiento liberador que permite tomar mejores decisiones, se convierte en una especie de prisión con la que justificar patrones tóxicos. No dejas a un novio manipulador porque tienes un apego ansioso, no hablas con tu madre porque es una relación que interpretas exclusivamente desde el trauma y no puedes mantener un trabajo porque sufres de desregulación emocional.
El problema no es la psicología como disciplina sino su conversión en una gramática simplificada para interpretar cualquier malestar. Y la diferencia entre la terapia auténtica y la cultura terapéutica es que la primera busca que la persona viva funcional y felizmente su vida cotidiana manejando su diagnóstico, mientras que la segunda somete todo su día a día al filtro de la etiqueta adjudicada.
Además, se exige que las relaciones ordinarias se profesionalicen: los padres han de ser terapeutas; los colegios, centros de intervención; las universidades, espacios seguros; y las redes sociales, un coro de expertos al que entregar experiencias cotidianas y que las devuelvan con su correspondiente diagnóstico.
En lugar de funcionar como un conocimiento liberador, se convierte en una prisión con la que justificar patrones tóxicos
En esta peligrosa deriva, las más vulnerables son las mujeres, subraya India, porque tienen tendencia a internalizar más sus problemas y encuentran en la psicologización de la vida todo un vocabulario con el que diseccionar conflictos, relaciones y malestares que les roba responsabilidad sobre su vida.
Lo confirma el psicólogo clínico Roger McFillin: «Esta es la invalidación definitiva: enseñar a una niña a no confiar en su propio sistema de orientación interno. Una vez que cree que sus sentimientos son síntomas en lugar de señales, pierde la capacidad de orientarse en la vida utilizando su propia brújula emocional. Esa desconexión transforma la tristeza temporal en miedo crónico e impotencia. Una cultura con un lenguaje para expresar el desamor y rituales para el duelo ha dado lugar a personas resilientes. Una cultura que medica cada lágrima genera pacientes psiquiátricos». Y quizá lo más peligroso (y lo más triste) es que se pierde todo un lenguaje para describir al ser humano que tenía muchos más matices que un mero diagnóstico.
«Esto forma parte de un instinto más profundo de la vida moderna por explicarlo todo: desde el punto de vista psicológico, científico y evolutivo. Todo lo que nos rodea tiene una causa, se clasifica y puede corregirse. Hablamos en términos de teorías, marcos, sistemas, estructuras, impulsos, motivaciones y mecanismos. Pero a cambio de las explicaciones, hemos perdido el misterio, el romanticismo y, últimamente, a nosotros mismos», escribe Freya India.
Ya decía Abigail Shrier en Mala terapia que «al psicólogo hay que ir cuando hay que ir, y no hay que ir cuando no hay que ir». Psicologizar las áreas de la vida o de la identidad que no lo necesitan no es inocuo, porque cuando todo se convierte en diagnóstico, corremos el riesgo de dejar de vernos como personas complejas para empezar a vernos únicamente como pacientes de nosotros mismos.
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