TENDENCIAS
Opinión

El debate sobre Israel que no estamos teniendo

El debate sobre el genocidio ha sido una distracción: se ha instrumentalizado políticamente y convertido más en un arma retórica que en un concepto descriptivo.

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
28
septiembre
2026

En España se habla mucho de Palestina e Israel, pero siempre en clave doméstica o interna. No es algo exclusivo del debate público español (en Estados Unidos, donde viven casi 8 millones de judíos, también ocurre), y no es exclusivo del debate árabe-israelí: todo lo que viene de fuera lo absorbemos y deglutimos y convertimos en un debate nuestro, de rojos y fachas, de Ayuso y Sánchez. A veces el debate se produce a través de proxies, es decir, de otros debates paralelos. Es una manera de no tener que meterse a debatir nada real del verdadero conflicto.

Es lo que ha pasado con la cancelación de la escritora argentina de origen judío Ariana Harwicz, que fue invitada a un festival en la Universidad de Granada para luego ser desinvitada por presiones de grupos propalestinos. La razón, se supone, es su posición sobre el conflicto palestino-israelí, específicamente que Harwicz cree que no se está produciendo un genocidio en Gaza. Es una cancelación estúpida y vergonzosa, sobre todo porque la autora no iba a hablar de esos temas en ese espacio.

Pero la reacción a su desinvitación ha sido a veces igual de estúpida. Ni sus críticos ni sus fieles tienen interés en debatir sobre el elefante en la habitación. No lo hacen porque probablemente, en el fondo, no les interesa el tema. Es decir, la cancelación tenía que ver con Israel, pero nadie quería hablar de Israel. Abordar el tema desde otros (la cancelación, la libertad de expresión, el antisemitismo) es un placebo: parece que tengo una posición firme sobre el asunto aunque no tenga ni idea o no quiera tener ni idea. Lo mejor para no tener que cambiar de opinión es no actualizar esa opinión con la realidad.

En una entrevista en Letras Libres, revista en la que trabajo, Ariana Harwicz dijo que «cuando Israel se defiende, es un genocidio. La imagen iconográfica del judío es de una víctima, porque es lo tolerable. Y si no, es el judío millonario, para volverlo cliché. Pero a un judío que se defiende, en su economía psíquica, no lo pueden soportar». No es una tesis nueva, sino que ha sido la clásica del sionismo desde Ben Gurion e incluso Vladímir Jabotinsky (mucho más radical). Y es la que todavía defiende buena parte del sionismo actual: ante la imagen histórica (y antisemita) del judío débil, la idea de un un nuevo judío fuerte que actúa con contundencia y no pide perdón.

Harwicz también criticó a quienes califican «a los israelíes de supremacistas y colonizadores. Encontraron la vuelta retórica para odiar a los judíos y pedir la aniquilación de Israel. Es una renovación lexical de la juventud hitleriana y del nazismo del siglo XX, pero más escandalosa y cómplice, a mi entender, porque tenemos la Shoá detrás».

Al contrario de lo que piensa Harwicz y algunos de sus defensores, hablar de genocidio no tiene nada de antisemita o nazi

Pero al contrario de lo que piensa Harwicz y algunos de sus defensores, hablar de genocidio no tiene nada de antisemita o nazi. El debate en realidad son dos debates. Por un lado, está el debate político o cultural. En él, el concepto genocidio es sinónimo de «crimen de crímenes». Si hubiera una jerarquía clara de crímenes, un espectro, genocidio estaría en el límite. Es una lógica heredera del Holocausto. El crimen de genocidio fue, al menos hasta los años 90 (con las guerras en Ruanda y en la antigua Yugoslavia), sinónimo del Holocausto. Esa interpretación se ha mantenido en la imaginación popular hasta hoy. Muchos de quienes recelan del uso del concepto para Gaza vienen de ahí: el término se creó para describir el exterminio de los judíos en la Segunda Guerra Mundial y consideran que su uso para describir lo que están haciendo los israelíes en Gaza es una provocación.

Tengo la sensación de que la mayoría de quienes usan el concepto genocidio no lo usan para provocar. Claro que hay gente a la que le encanta señalar una supuesta y siniestra rima histórica: que las víctimas del gran genocidio son ahora sus perpetradores. Es una comparativa muchas veces malintencionada. Es más común, sin embargo, el uso del término como sinónimo de «maldad extrema». Pasa algo similar con el término fascista. Cuando uno utiliza el término fascista, no lo hace descriptivamente. Es decir, no se está acusando a alguien de ser un camisa parda. No se usa, obviamente, en un sentido politológico. Se usa para demostrar el mayor rechazo posible hacia alguien. Algo parecido ocurre con el término genocidio. Funciona como un termómetro de la preocupación o la denuncia de lo que está ocurriendo en Gaza: si crees que lo que ocurre en Gaza es un horror inimaginable, has de pensar automáticamente que es un genocidio; si rechazas el concepto, estás en el fondo minimizando la tragedia. Es una dicotomía falsa, porque no todo el mundo encaja en esas dos categorías, pero es así como se ha planteado el debate.

El debate jurídico es muy diferente. Y ahí genocidio no es sinónimo de «crimen de crímenes». En una charla con el periodista Ezra Klein, el abogado internacional y escritor Philippe Sands –que escribió el célebre libro Calle Este-Oeste, sobre los orígenes de los derechos humanos tras la Segunda Guerra Mundial– dice que hay que ser cauteloso con el concepto. «Queremos que nuestro crimen esté en la primera división de los horrores, y eso significa que si no se le llama genocidio, nos sentimos decepcionados», le dijo a Klein. «Eso tiene consecuencias muy dolorosas. Defendí durante 15 años a Croacia frente a Serbia, sobre lo que ocurrió en la ciudad de Vukovar en la década de 1990. Croacia acudió a la Corte Internacional de Justicia y argumentó que se trataba de un crimen de genocidio. La Corte Internacional de Justicia dijo: ‘No, no lo es’. Pero sí determinó que se produjeron crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra. La consecuencia ha sido devastadora dentro de Croacia y dentro de la región. Dijeron: ¿Por qué los bosnios obtuvieron un genocidio por Srebrenica y nosotros solo obtuvimos un crimen contra la humanidad por Vukovar?».

Todo eso que describen Goldberg y Blatman da igual si lo denominamos genocidio: son acciones criminales e inmorales de una magnitud vergonzosa

El genocidio es muy difícil de probar juridicamente. Ha demostrarse una intención clara de exterminio, como dice la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948. Y esa intención ha de ser la única. Como explica Sands, «si tienes una doble o triple intención –quieres actuar en defensa propia, quieres actuar para proteger tu seguridad nacional, pero en realidad, por otro lado, te vendría bien destruir a estas personas como parte de un grupo que por casualidad odias–, va a ser muy difícil demostrar que esa es la única intención razonable que se puede deducir». Es una interpretación muy laxa y quizá demasiado cautelosa. Pero el verdadero problema es otro. El debate sobre el genocidio ha sido una distracción. Se ha instrumentalizado políticamente y convertido más en un arma retórica que en un concepto descriptivo.

En un artículo en Haaretz del año pasado, los historiadores israelíes Amos Goldberg y Daniel Blatman, especialistas en estudios sobre el Holocausto de la Universidad Hebrea de Jerusalén, escribían: «El asesinato de niños, la hambruna, la destrucción de infraestructuras, incluidas las del sistema sanitario, la destrucción de la mayoría de las viviendas, incluida la desaparición de barrios y ciudades enteros como Jabaliya y Rafah, la limpieza étnica en el norte de la Franja, la destrucción de todas las universidades de Gaza y de la mayoría de las instituciones culturales y mezquitas, la destrucción de las infraestructuras gubernamentales y organizativas, las fosas comunes, la destrucción de las infraestructuras para la producción local de alimentos y la distribución de agua… Todo ello dibuja un claro panorama de genocidio. Gaza, como entidad humana y colectiva nacional, ya no existe. Esto es precisamente lo que se conoce como genocidio».

En el fondo, todo eso que describen Goldberg y Blatman da igual si lo denominamos genocidio; son acciones criminales e inmorales de una magnitud vergonzosa. Pero si lo que molesta es el propio concepto, se pueden usar otros. El ex primer ministro Ehud Olmert, que estaba en el poder durante la guerra del Líbano y está detrás de la invasión de Gaza de 2008, dijo hace un año en un artículo: «Lo que estamos haciendo en Gaza es una guerra de exterminio». No creo que haya nadie en su sano juicio que piense que ese apelativo es mejor que genocidio. Hace poco el ministro de defensa de Israel dijo que el ejército del país volvería pronto a Gaza para «terminar el trabajo» y forzar la emigración de los 2 millones de gazatíes. ¿Cómo llamamos a eso?

ARTÍCULOS RELACIONADOS

COMENTARIOS

(adsbygoogle = window.adsbygoogle || []).push({});
SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME