Natalia Castro Picón
«El ‘sálvese quien pueda’ es disfuncional y no beneficia a casi nadie»
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Actualmente, vivimos en una «condición póstuma», por usar el término de la filósofa Marina Garcés. Comprendemos el presente con la impresión de que todo se va a acabar en breve y que lo que nos queda de futuro es solamente ‘tiempo complementario’. La superposición de inundaciones, incendios, huracanes, amenazas geopolíticas, debacles económicas y virus pandémicos nos ha llevado a una constante sensación de inminencia: año tras año, no para de decretarse el inminente fin del mundo. Y, en medio de la deriva fascista en distintos puntos del globo, el pesimismo nihilista está a la orden del día. Parece que quedara poco espacio para la imaginación (y sobre todo para el optimismo). Pero quizá se le puede dar la vuelta. En ‘La fiesta del fin del mundo’, ganador del Premio Anagrama de Ensayo, la profesora e investigadora de cultura contemporánea en la Universidad de Princeton Natalia Castro Picón (Menorca, 1989) reflexiona sobre cómo el apocalipsis es todavía un terreno cultural fértil para soñar transformaciones políticas.
Ante la superposición de calamidades, constantemente se escuchan frases como «que ya caiga el meteorito», «ahora sí ya va a empezar la tercera guerra mundial», «se vino el fin del mundo». ¿Estamos viviendo un «hambre de acontecimientos» debido a la «fiebre apocalíptica»?
Yo creo que son muchas sensaciones encontradas y que tienen que ver precisamente con el contexto de superposición de crisis. Por un lado, tendríamos que hablar de empacho del apocalipsis. Estamos recibiendo constantemente avisos del fin del mundo. Estamos adoctrinadas en un estado emocional directamente vinculado a eso, a través de todas esas películas, series, novelas, que al principio funcionaban como una suerte de advertencia profética a lo Noé –«esto va a pasar, esto va a pasar»–, pero ahora casi que pareciera que los relatos simbólicos conviven con acontecimientos históricos que de alguna forma están intentando quitarle el lugar a la ficción. Cuando yo empecé este libro, había todavía una cierta fascinación por estas ficciones apocalípticas. Generaban circulación, clics, nos gustaba ver esas series por la tele, leer esas novelas, pero creo que al final nos hemos ido cansando. De hecho, cuando yo iba a publicar el libro, me planteé seriamente hacer un homenaje a Isaac Rosa y su novela ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! y llamar al mío «Otro maldito libro sobre el fin del mundo». Porque al final era tal la superposición de productos culturales y acontecimientos históricos que llegaba a ser cansino. Y al final, no solo en la ficción apocalíptica, sino en todos los casos, cuando hay una inundación de un cierto género, de un cierto tono discursivo, lo que se genera es una sensación como de cuando te van a operar y te pinchan para que no duela…
«Estamos recibiendo constantemente avisos del fin del mundo»
Una sensación de anestesia.
Eso. De que al final es tal la inundación de relatos de ese tipo que parece que ya nos dejan un poco indiferentes. Y quizás eso también tenga una función. Llega un momento en el que cuando los sucesos de nuestras pesadillas tienen lugar finalmente (por ejemplo, cuando de repente estalla la guerra en Ucrania), estábamos tan preparados, nos habían advertido de tantas formas que eso iba a pasar, que es lo que se llama una profecía autocumplida. Y eso, políticamente, a nivel disciplinar, tiene una funcionalidad muy clara frente a otros eventos históricos recientes. Por ejemplo, la guerra de Irak dio lugar a un grandísimo «No a la guerra», pero con lo de Ucrania no pasó nada parecido, porque parecía que ya nos habían inoculado en el inconsciente colectivo que era algo que iba a suceder y ya está.
Gran parte de la ciencia ficción actual solo está mostrando mundos distópicos. Como si ya no hubiera espacio para la utopía, que se ve como algo desdeñable o naíf. Y es muy peligroso que desde la ficción no seamos capaces de imaginar otros mundos mejores que el que vivimos; hoy solamente se imagina lo peor. Ya no solo es que «no hay alternativa» (el mantra neoliberal de Thatcher), sino que esos relatos están mostrando que si una alternativa llegara a existir, sería terrible.
Claro, la idea de que pensar una transformación radical ahora genera más miedo que esperanza. Tenemos interiorizado que la posibilidad de que algo cambie va a ser para mal. En ese sentido, yo entiendo por qué ahora mismo hay un montón de compañeras de la cultura, la filosofía, intentando recuperar el pensamiento utópico como herramienta política. Lo que pasa es que quizás empezar a diseñar utopías es una zancada demasiado grande. Ahora estamos inmersas en un contexto de profundo caos, precariedad, incertidumbre, y es muy importante que podamos pensar alternativas. Pero, para mí, antes que eso, hay que recuperar la idea de que se puede salir de esta realidad que ahora mismo es la dominante. Y, para eso, el pensamiento apocalíptico nos sirve como impulso revolucionario. Porque es esta idea de apropiarnos de una forma política que consiste en hacer estallar las estructuras sociales tal y como son. En ese sentido, antes de volver a pensar en utopías –o quizá de la mano de esas utopías–, tenemos que recuperar la idea de que la revolución es posible. Creo que el pensamiento apocalíptico ha sido cooptado por la cultura dominante para darle la vuelta a ese pensamiento revolucionario que está en el corazón del apocalipsis y sostener que la posibilidad del fin de este sistema, lo que tú dices, sería atroz, sería siempre aterrador, cuando en realidad no lo es. Lo que pasa es que, en nuestra cultura, desde hace ya bastante tiempo ese pensamiento apocalíptico/revolucionario está secuestrado. Tenemos que pensar que la posibilidad de destruir no es solo del poder y que nosotras también tenemos derecho a desarmar, a desmantelar, esas estructuras que nos están oprimiendo. Y más en contextos de extrema crisis como los que estamos viviendo y los que parece que se vienen.
«La receta perfecta para la insurrección: un instante de mucha esperanza en un contexto de muchísima rabia»
Además, explicas en el libro que también se ha ido fusionando el imaginario apocalíptico con el imaginario fascista. Es decir que, más allá del sentimiento de derrota y desamparo que lleva al sálvese quien pueda, ¿se está llegando a la visión de que los autoritarismos, la mano dura, serían la única solución?
Es que ni siquiera es una cosa que nos debería sorprender. El ecologismo lleva décadas advirtiéndonos que, en la actual situación de acumulación y aceleración capitalista en un planeta limitado, en una desigualdad cada vez más exacerbada, la única posibilidad de gobernar es a través del ecofascismo. Y eso es lo que se está materializando ante nuestros ojos. Un fascismo que germina en un contexto de ecoansiedad y de una situación material, social, emocional y política muy jodida. Pero, de nuevo, precisamente en tiempos como estos, me parece más importante poder pensar políticamente desde una lógica de optimismo insurrecto. O sea, no de un optimismo naíf, como decías tú, no es el Cándido de Voltaire, es pensar que cuanto peor están las cosas, más necesario es que podamos tomar partido de ellas. Y creo que se está manifestando, por ejemplo, en Minneapolis, con las protestas contra el ataque a los migrantes; y se ha manifestado de una forma muy clara en la solidaridad transnacional con Palestina. No es que solo en esos momentos el espíritu colectivo de solidaridad colectiva emerja por cuestiones morales. También hay una potencia que es producto de esa situación tan trágica. Esa idea que menciono de defender la alegría y organizar la rabia. Ahí estaría lo que para mí es la receta perfecta para la insurrección: un instante de mucha esperanza en un contexto de muchísima rabia e indignación. Y creo que eso se repite a lo largo de la historia.
Dices que «el tropo de la revolución ha sido desplazado por el de la catástrofe como único medio para imaginar el cambio social», pero que la solidaridad puede ser una estrategia política factible y necesaria.
Sí. La idea no es mía, se la cojo prestada a Kristin Ross, que tiene un libro sobre la Comuna de París. Ella dice: ¿por qué escribir un libro sobre la Comuna ahora? Bueno, porque justo estamos viviendo un momento parecido. Esa recurrencia de los momentos de solidaridad, de ocupación del espacio, de rabia insurrecta pero solidaria, me parece que son los que hay que poner en valor hoy. No es algo que quedó en la Comuna de París o en el 15M, o en el mayo del 68, sino que está pasando todo el rato. Y que puede volver a pasar. De hecho, antes del 15M, nadie se esperaba el 15M. Y la situación quizá no era tan tremenda como ahora, pero era bastante trágica, sobre todo para la generación que la protagonizó. Eso es algo que tenemos que tener constantemente en mente. Y la idea de que la educación sentimental neoliberal del sálvese quien pueda es totalmente absurda, es disfuncional y no beneficia a casi nadie. Por el contrario, para salvarme yo, tengo que empezar pensando en salvar lo que me rodea y a quienes me rodean. Y no es una cuestión moral, sino, como dice Ross, de estrategia política.
¿Y cómo ves a las nuevas generaciones? Porque no solo se habla de un auge nihilista, de apatía política y social, sino que hay estudios que muestran que cada vez más jóvenes (sobre todo los hombres) están creyendo que el ideal son las figuras autoritarias, antidemocráticas. Y que van en la línea de la «ideología del búnker»: ganar dinero lo más rápido posible, pensando solamente en sí mismos, para ser de esos ultrarricos que construyen búnkeres y serían los únicos que podrán salvarse.
En mi experiencia en los últimos años trabajando con jóvenes en Estados Unidos, he visto que son complejos, difíciles de etiquetar en base a categorías que son quizás las de nuestra generación. Porque, por un lado, sí que veo esa autoempresarialidad muy neoliberal, ese interés que tienen tan manifiesto en las finanzas. Pero, por otro lado, es muy evidente cómo han sido sometidos a una falta de vínculos muy fuerte. Lo cual sí se puede traducir en un fuerte individualismo, porque han estado desamparados. Estudiaron buena parte de su formación durante la pandemia, y han tenido muchísimas más dificultades para construir esas redes sociales y de vínculos. Son hijos de su circunstancia, y la manera que tienen de vincularse a veces es también a través de esa extrema necesidad y carencia que han tenido. Y yo lo veo en mis clases, por ejemplo, cuando rascas un poco, incluso las ideologías más conservadoras, tienen puntos interesantes, son inconformistas. No me sorprende que sean suspicaces del poder y de la autoridad. Además, a veces la autoridad somos nosotras. Yo soy la profesora, que desde la tribuna les hablo de una generación sin futuro. Y entiendo esa suspicacia. Entonces, en ese sentido, creo que recoser los vínculos también tiene que ver con recoser esos vínculos intergeneracionales que la circunstancia política de la crisis ha erosionado. A mí me sorprende que en un período de tiempo tan corto estemos tan desconectadas mi generación y la suya. Que situaciones que para mí fueron formativas, vitales, como los movimientos contra la crisis 2008, para ellos sean ya tremendamente ajenas.
«El pensamiento apocalíptico debería ser ese que llama a la acción»
¿Es la dificultad de ser joven en un «futuro abolido»? Si todas las narrativas te están diciendo que no hay futuro, que no hay solución, la vida se vuelve un presente continuo en el que lo único que puedes pensar es en mejorar tu propia situación porque mañana no sabemos…
Pero es que les hemos bautizado Generación Z. ¿Qué esperábamos? Si hay películas sobre zombis con el mismo nombre. Han llegado a un mundo en el que desde que nacieron se les está diciendo que no tienen futuro. No me extraña que tengan bronca y hambre. Y hay que ver qué hacemos con eso. Yo sí creo que, si algo aprendimos en las décadas anteriores, es que puedes fracasar veinte veces, pero siempre tienes la oportunidad de hacer algo. Y sobre todo si es en colectivo.
Sobre todo sería favorecer el «pensamiento catedral», ¿no? Porque es algo que se ha vuelto inconcebible: estas personas que diseñaban catedrales que jamás iban a ver acabadas, ni sus hijos, ni sus nietos. Pero ahora el largo plazo casi ni se tiene en cuenta.
Tal cual. Yo creo que eso ya no solo a ellos, nos toca a todas. Es como dificilísimo pensarlo. Pero también hay un tema con la proyección histórica —aunque me parece importantísimo lo que acabas de decir— que en el libro insisto mucho en que el apocalipsis no es una cuestión de tiempo. No es una cuestión del fin de la historia, sino que, como dice Walter Benjamin, es algo que en todo momento puede pasar. El pensamiento apocalíptico debería ser ese que llama a la acción. Que llama, como tú decías, no a diseñar utopías para un futuro, sino a ponerse a trabajar en el hoy por lo que queremos rescatar, destruir o construir. Y eso me parece clave en estos tiempos que parece «para qué voy a hacer nada, si total mañana puedo empezar la guerra». Pues no, al revés, hay que hacerlo hoy, por si mañana empieza la guerra.
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