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Siglo XXI

¿El mundo gira a la ultraderecha?

La elección de Bolsonaro en Brasil pone de nuevo sobre la mesa el auge de los partidos con ideologías radicales contra colectivos como el LGTBI o los inmigrantes.

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22
Oct
2018
ultraderecha
Jair Bolsonaro, candidato a la presidencia de Brasil

«Cuando era joven, en términos de porcentajes, había pocos gays. Con el tiempo, debido a las libertades, a las drogas y con las mujeres trabajando, aumentó bastante el número de homosexuales. También suelo decir que si su hijo está con gente de cierto comportamiento, se comportará igual y creerá que esto es normal. Cuando un hijo es violento, si le corriges, dejará de ser violento. ¿Por qué en este caso es distinto?». Esa es la respuesta que dio Jair Bolsonaro, elegido como nuevo presidente de Brasil, a la actriz y activista Ellen Page, que le preguntaba por sus polémicas declaraciones en las que afirmaba que prefería «tener un hijo muerto a un hijo gay». Racista y homófobo, la elección de Bolsonaro ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que lleva años sobrevolando la política internacional: el resurgir de los partidos de ultraderecha.

El nuevo jefe de Gobierno de Brasil es el último ejemplo del ascenso de los mensajes contra homosexuales, mujeres o inmigrantes –apoyado públicamente por David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, que declaró que le gustaba porque «sonaba» como ellos, algo que incluso el propio Bolsonaro rechazó–, pero no el único. En Chile, hace un año que nacía el Movimiento Social Patriota (MSP) –un grupo creado a imagen de otros como el español Hogar Social– que lanza mensajes contra el aborto, la «ideología de género» o los colectivos LGTBI. En julio, durante una multitudinaria manifestación a favor del aborto legal en las calles de Santiago de Chile, cubrieron las calles de sangre y vísceras de animales y desplegaron pancartas que pedían la «esterilización gratuita para las hembristas». Tras el apuñalamiento de tres mujeres durante las protestas, el grupo se desvinculó de los hechos con el siguiente mensaje en Twitter: «Estimados seguidores. Desmentimos rotundamente los supuestos apuñalamientos o riñas que se nos imputan. Nos hacemos cargo de la manifestación y el pintado. Seguiremos mostrando nuestro descontento contra este progresismo globalista y nadie nos frenará».

Otros países como México, Costa Rica o Chile también están protagonizando el auge de movimientos y partidos xenófobos

MSP y otros colectivos similares que han eclosionado en países como México o Costa Rica, donde los grupos xenófobos se pronuncian contra los migrantes que llegan huyendo de Nicaragua, también lanzan sus soflamas anti extranjeros, alegando una supuesta discriminación del chileno de origen en un término que han bautizado como endofobia. Para alentar ese discurso de la preferencia nacional, se valen de datos manipulados, estadísticas cocinadas para justificar su mensaje racista y las globalmente extendidas noticias falsas o fake news, una táctica que ya fue empleada durante la campaña electoral que aupó a Donald Trump hacia la Casa Blanca. El presidente norteamericano también ha sido acusado de machista, racista y xenófobo por sus declaraciones contra la inmigración –especialmente la procedente de México–, que centraron sus promesas electorales de construir un gran muro para frenarla. Sus partidarios excusan su discurso: Trump solo es políticamente incorrecto.

Un fantasma que vuelve a recorrer Europa

En este lado del charco, la situación no es muy distinta. Aunque hace poco más de medio siglo que la intolerancia racial, ideológica y religiosa causó un daño profundo e irreparable en millones de personas, los partidos con mensajes más radicales han comenzado a salir de las sombras y a mostrarse «sin complejos» ante un electorado que parece mostrarse receptivo.

Matteo Salvini es uno de los ejemplos más recurrentes a la hora de hablar de la nueva ultraderecha europea. Su nombre comenzó a resonar con fuerza a nivel internacional a principios de verano, cuando no dudó en desplegar su artillería contra los inmigrantes que se jugaban la vida en el Mediterráneo intentando alcanzar las costas europeas. A ellos les dijo que «solamente iban a conocer Italia por fotografía» y lo cumplió: las seiscientas personas que viajaban en el barco Aquarius tuvieron que ser acogidas en España ante la tajante negativa de que la nave atracase en un puerto italiano bajo ningún concepto.

En Francia, es una mujer la que lidera una ultraderecha con voz (y muchos votos) desde hace años. Marine Le Pen es la cara visible del Frente Nacional –fundado por su propio padre, Jean-Marie Le Pen–, que en las últimas elecciones galas logró hacerse con el 21,3% de los votos con sus proclamas xenófobas y racistas en las que no duda de calificar a los extranjeros como responsables de problemas como la delincuencia o el paro. Por ello, directamente ha pedido «poner fin a la inmigración, legal o ilegal».

Hungría ha lanzado una ley que castiga con prisión a quienes ayuden a inmigrantes en situación irregular

En Hungría, el gobierno ultranacionalista de Viktor Orban, también ha lanzado su odio contra los inmigrantes o los homosexuales. «No vemos a los musulmanes como refugiados sino como invasores», llegaba a decir el primer ministro húngaro en una entrevista, después de que su país se negara a recibir a las personas que buscaban asilo, muchas de ellas procedentes de Siria. Orban no exageraba: en junio, el parlamento aprobó una ley que castigaba con duras penas de prisión a aquellos que ayudasen a los inmigrantes en situación irregular. La presencia en alza de partidos de ultraderecha en los parlamentos de los diferentes países europeos dan una idea de su auge en toda Europa: Francia, Italia y Hungría no son casos aislados. El Partido del Pueblo Suizo (SVP) tiene el 29,4% de los votos; la Alternativa para Alemania (AfD), el 12,6%; el Partido Liberal de Austria (FPÖ), el 26%; y la formación Ley y Justicia (PiS) de Polonia, hasta el 37,6%.

¿Y en España? La Fundéu ha lanzado una propuesta para bautizar, en castellano, a ese movimiento de ultraderecha que en anglosajón se conoce como alt-right y bajo en el que se reúne a Trump, a Le Pen o a Salvini. La traducción que sugieren es nacionalpopulismo, una palabra que haría referencia a «un movimiento político de liderazgo fuerte, apelación radical a la identidad nacional y gran hostilidad hacia la inmigración, la globalización, las minorías y el elitismo cosmopolita».

No hace falta mirar fuera de nuestras fronteras para ver la paja (nacionalpopulista) en el ojo ajeno. A finales del pasado mes de septiembre, VOX lograba llenar con diez mil personas el palacio de Vistalegre de Madrid con mensajes que encajan con la definición de la Fundéu: unidad de España, máxima dureza ante el nacionalismo catalán y límites a la inmigración. Mientras algunos llaman a la calma alegando que la formación política no llegará al parlamento –el CIS le otorgaba un 1,4% en intención de voto, pero los últimos datos de Metroscopia suben la cifra hasta el 5,1%–, otros no tienen tan claro que, ante el auge de los movimientos populistas y su presencia en los medios de comunicación, los de Santiago Abascal no logren un representante en el Congreso de los Diputados en la próxima legislatura. El tiempo dirá si se convierten en la viga (nacionalpopulista) en nuestro propio ojo.

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