La indignación selectiva
La indignación no es solo un sentimiento individual, sino un fenómeno social que se aprende y se moldea en grupo. ¿Qué factores que determinan cuáles injusticias nos enfurecen y cuáles decidimos dejar pasar?
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Un tuit polémico, un fragmento de vídeo fuera de contexto, una supuesta noticia con fuentes imposibles de rastrear… La injusticia del día se decide menos por la gravedad del hecho que por la viralidad del mismo. Está claro que las redes sociales contribuyen a reforzar determinadas expresiones de indignación, marcando, de alguna manera, aquello que estamos impelidos moralmente a despreciar y aquello que podemos tolerar. Pero, incluso antes de que el universo mediático fuera omnipresente, el ser humano elegía qué causas merecían su indignación y cuáles no. Una suerte de indignación selectiva.
La indignación es esa mezcla de ira, asco y desprecio que sentimos ante la violación de una norma moral o de lo que consideramos correcto. Suele incluir cierto sentimiento de superioridad y ganas de culpar y avergonzar a la persona responsable, aunque sus acciones no nos atañan directamente. Por ejemplo, si vemos a alguien saltándose una cola, es probable que tengamos ganas de increparle y restablecer la justicia, aunque nosotros no estemos esperando. Y si la norma transgredida implica un maltrato hacia otra persona, la rabia que sentimos es lógicamente mayor. Eso explica las reacciones que provocó, por ejemplo, el vídeo de la trabajadora de una residencia de Guadalajara humillando a una anciana el verano pasado, y que acabó con el despido de la empleada.
De hecho, los estudios muestran que las conductas que más nos indignan son aquellas que violan las normas centrales de nuestro grupo. Además, la rabia crece cuando los agravios afectan a personas que percibimos cercanas (por ideología o identidad) y disminuye cuando les sucede a alguien que no es de «los nuestros». También suelen despertar mayor indignación las personas infractoras con poder o autoridad, y las acciones que percibimos como intencionales.
Las conductas que más nos indignan son aquellas que violan las normas centrales de nuestro grupo
Por lo tanto, la indignación no es un sentimiento exclusivamente individual, sino un fenómeno social aprendido que se configura en función de las normas de un determinado grupo y se refuerza por el feedback social, de ahí que florezca con especial fuerza en las redes sociales.
Un estudio de psicología social publicado en Science Advances sostiene que Twitter (ahora X) y otras plataformas similares no solo transmiten la indignación, sino que la moldean y amplifican a través de mecanismos de aprendizaje social: los autores descubrieron que cuando una persona recibe más atención (likes, reposts, comentarios…) tras un contenido de indignación, es más probable que vuelva a expresar indignación en los días siguientes. De la misma manera, si en el feed recibes muchos contenidos de este tipo, es más probable que muestres de forma explícita tus sentimientos de enojo.
Las redes sociales, de hecho, premian con mayor engagement la indignación, por lo que, de alguna manera, la potencian, contribuyendo a un mayor nivel de crispación en las plataformas. Los usuarios se adaptan a las normas de expresión del entorno digital aprendiendo implícitamente que lo que hay que hacer ahí es indignarse. Las redes nos enseñan, poco a poco, qué indignación funciona y cuál es el estilo óptimo para manifestarla. Se normalizan y se esperan manifestaciones de este tipo, y esto es aún más evidente en redes muy polarizadas o ideológicamente extremas.
Se podría argumentar que, en todo caso, es bueno compartir aquello que nos solivianta para hacer del mundo un lugar mejor, donde comportamientos poco éticos sean censurados y castigados. Pero la evidencia científica nos demuestra que un grado excesivo de indignación no lleva a un mayor compromiso social, sino todo lo contrario. A menudo, el enfado moral sustituye a la acción real: sentimos que ya hemos hecho algo porque hemos criticado.
Las redes sociales premian con mayor ‘engagement’ los contenidos que se refieren a conductas indignantes
Los investigadores Leach, Formanowicz, Nikadon & Cichocka analizaron cómo la indignación moral afecta a la difusión y a la acción real en las peticiones de Change.org. Lo que concluyeron fue que las peticiones compartidas con lenguaje más indignado lograban viralizarse más, pero eso no se asociaba a un mayor número de firmas. Al contrario, de entre toda la audiencia, el porcentaje de personas que finalmente firmaban era menor que en las que apostaban por un mensaje más de agencia. Es decir, habría un desajuste entre el contenido que engancha y el que realmente contribuye a las causas colectivas.
Por otro lado, lo que más nos indigna no siempre correlaciona con lo más injusto de la sociedad. Eso en muchas ocasiones se interpreta como una hipocresía, pero los filósofos Adam Piovarchy y Scott Siskind aseguran que la indignación selectiva puede tener efectos en cómo se mantienen y se hacen cumplir las normas sociales. Explican algunas de las causas que pueden llevar a que una persona se altere mucho por la violación de una determinada norma, y poco por otra a priori moralmente parecida. Así, los seres humanos tendemos a enfadarnos más cuando se rompe una norma bien establecida y menos cuando es difusa; más cuando el daño lo recibe alguien que sentimos similar a nosotros y menos cuando le sucede a un extraño; más cuando se ve como algo que podríamos llegar a cambiar y menos cuando se interpreta como algo lejano y en lo que es imposible influir.
Además, defienden que la indignación selectiva puede ser no un defecto moral, sino una estrategia de priorización de normas en un mundo con recursos limitados. Si intentas indignarte y actuar con la misma intensidad ante todas las injusticias, corres el riesgo de acabar colapsando y no hacer nada en absoluto. La indignación selectiva sería criticable, entonces, cuando es intencional y cuando se niega su existencia, pero no cuando se reconoce y se cuestiona.
Por eso conviene tener claro que aquello que nos indigna viene filtrado por nuestra identidad política, nacional, ideológica o profesional, de modo que algunas injusticias apenas las registramos mientras que otras las amplificamos de forma automática, algo que siempre conviene revisar. Preguntarnos conscientemente si hay injusticias que no estamos notando, mantener contacto con perspectivas críticas para salir de nuestra «burbuja social», elegir conscientemente a qué queremos prestar más atención, o centrarnos en acciones concretas en el mundo real, pueden ser buenas estrategias para tratar de desprogramar esa indignación selectiva y dirigir nuestra reprobación de forma asertiva hacia causas realmente profundas.
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