Hantavirus
La emergencia no es sanitaria, sino informativa
El hantavirus apenas dibuja un brote acotado, pero su retransmisión arrastra una epidemia más antigua, instalada en la imaginación nacional antes que en la epidemiología. Camus ya advirtió que la peste verdadera nunca habita en las ratas, sino en quienes deciden mirarlas.
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Podría sospecharse que en España hemos aprendido a temblar antes de tiempo. El hantavirus apenas dibuja un brote acotado, pero su retransmisión arrastra una epidemia más antigua, instalada en la imaginación nacional antes que en la epidemiología. Camus ya advirtió que la peste verdadera nunca habita en las ratas, sino en quienes deciden mirarlas.
Basta un barco detenido frente a Canarias para que el país recupere su coreografía favorita. El avión penetra lentamente en Torrejón mientras el espectador completa por su cuenta el guion que la pantalla apenas insinúa. La televisión hace décadas que dejó de explicar. Sugiere, retransmite, y la audiencia añade el resto con eficiencia notarial. Conrad imaginó el horror lejano, río arriba, allí donde la civilización pierde su nombre. Hoy el horror llega doblado al castellano y rotulado en la franja inferior.
El MV Hondius ha terminado convertido en personaje literario. Navega hacia Róterdam para desinfectarse, aunque la verdadera huida consiste en abandonar el clima español, ese laboratorio capaz de transformar cualquier protocolo sanitario en ensayo apocalíptico. A bordo viajaban contactos estrechos. En tierra aguardaba un contagio más resistente a la cuarentena, que es el apetito patrio por dramatizar la incertidumbre hasta el último fotograma.
Los datos resultan tercos cuando logran abrirse paso. El virus de Andes exige proximidad intensa entre personas para transmitirse. Los epidemiólogos llevan días recordando que el riesgo poblacional permanece bajo. La prudencia institucional obedece al precedente pandémico antes que a la alarma. La precaución adquiere lenguaje cinematográfico apenas cruza la frontera del informativo. Entonces cada bata blanca empieza a parecerse demasiado a una sentencia kafkiana, dictada por un tribunal cuya jurisdicción nadie consigue ya delimitar.
Palabras antes técnicas viven hoy en la sobremesa con la familiaridad de las alineaciones futbolísticas
La pandemia alteró para siempre el oído del país. Palabras antes técnicas viven hoy en la sobremesa con la familiaridad de las alineaciones futbolísticas. Fernando Simón ha dejado de ejercer como funcionario. Funciona ahora como mecanismo reflejo. Verlo en pantalla equivale a oler de nuevo el desinfectante de marzo de 2020.
La televisión descubrió durante el covid que el miedo rinde más que cualquier contenido alternativo. Una imagen aérea de un puerto acordonado derrota a cualquier matiz cuando coinciden ambos en el plano. Netflix ha mudado el rodaje a las ruedas de prensa del ministerio sin perder un solo espectador en la transición. La ficción catastrofista cotiza ahora con membrete oficial. Defoe escribió su diario del año de la peste con la convicción de que el relato sobreviviría a la enfermedad. Tenía razón, aunque hoy el relato llega antes que el contagio.
El hantavirus interesa menos como enfermedad que como detonador. Reactiva una memoria emocional archivada, aunque solo dormida. España descubrió durante el confinamiento una cohesión extraña, la del miedo compartido, que disolvía momentáneamente las disputas cotidianas. El vecino insoportable adquiría dignidad fraternal cuando salía al balcón a aplaudir. La angustia funcionaba como argamasa improvisada. Manzoni lo había observado ya en Milán, donde la peste igualaba a nobles y artesanos en idéntica sospecha mutua.
La herencia resultó venenosa. El ciudadano aprendió que las autoridades podían equivocarse mientras hablaban con seguridad inquebrantable. Desde entonces toda comunicación oficial arrastra una sospecha adherida. Las fake news prosperan más por resentimiento narrativo que por ignorancia. Mucha gente ha dejado de informarse. Participa, que es distinto, en el descubrimiento de una verdad supuestamente oculta. La sospecha concede la euforia adictiva de creerse despierto. La conspiración es la forma popular del laberinto.
Canarias paga la factura. Las islas viven de exportar lejanía, y bastaron cuarenta y ocho horas asociadas a un crucero confinado para arruinar varias temporadas de campaña promocional. Ninguna estadística derrota jamás a una imagen insistente. Hoy basta un puerto atlántico para activar idéntica cuarentena imaginaria.
Las ‘fake news’ prosperan más por resentimiento narrativo que por ignorancia
La política española tampoco desperdicia una emergencia. El puerto deriva en conflicto competencial antes incluso de que llegue el laboratorio. El Gobierno presume de coordinación con voz engolada. La oposición rastrea negligencias con olfato de sabueso electoral. El ciudadano, instalado en el centro exacto del ruido, recibe una intoxicación informativa más persistente que el propio virus.
Cabe preguntarse cuánto hubo de gestión sanitaria y cuánto de realización televisiva durante estos días. La prudencia salva vidas precisamente porque exagera. El problema asoma cuando la precaución adquiere dimensión teatral y deja de tranquilizar para empezar a insinuar que se esconde un peligro mayor. La escenografía pesa más que la explicación. El miedo aristocrático fabrica el palacio donde acabará alojándose.
Hay una paradoja final que merece ser nombrada. El país desconfía profundamente de los medios mientras consume compulsivamente cuanto difunden. El titular alarmista produce irritación e impulso compartido en idéntico gesto. España vive instalada en esa contradicción sin advertirla, igual que el fumador de Italo Svevo desprecia el tabaco mientras enciende el último cigarrillo, que nunca es el último.
El país desconfía profundamente de los medios y al mismo tiempo consume compulsivamente cualquier señal de alarma difundida por ellos. España vive instalada en una mezcla extraña de escepticismo y dependencia emocional. El titular alarmista provoca irritación, aunque también una necesidad inmediata de compartirlo, discutirlo y convertirlo en conversación nacional. El miedo contemporáneo funciona así. Se alimenta incluso de quienes aseguran despreciarlo.
Acabaremos olvidando las cifras del brote. Permanecerá otra cosa. La escalerilla del avión bajo el reflector nocturno, y al fondo, casi imperceptible, una mascarilla olvidada que el viento de Torrejón empuja por el asfalto.
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