Carlos Javier González Serrano
«Educar es ensanchar el mundo, no encerrarlo en un catálogo de funciones productivas»
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COLABORA2026
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Carlos Javier González Serrano (Madrid, 1985) es profesor de Filosofía en educación secundaria. Divulgador habitual de la filosofía en redes sociales y medios, ahora se ha adentrado en el ejercicio de su profesión de maestro para diseccionar lo que pasa en nuestro sistema educativo. En ‘El aula insurgente’ (Destino, 2026), aboga por recuperar la enseñanza en libertad como un valor principal por encima de las competencias y habilidades que tanto se promueven en la enseñanza. El conocimiento, no como una acumulación de datos, sino como el ingrediente que nos aporta la elaboración de criterio propio.
¿La educación se desvirtúa cuando se concibe solo como herramienta para adquirir habilidades profesionales?
Seré contundente: la educación, y en general el ámbito social, se desvirtúa cuando el ser humano queda reducido y condenado a su dimensión meramente funcional. El asunto antropológico que discutir, de enorme hondura, no es tanto el de si hay que preparar al estudiantado para el mercado laboral (a trabajar se aprende trabajando) como el de los riesgos de trazar un perfil pedagógico de corte exclusivamente «competencial». Un perfil por competencias reduce al individuo a una serie de características estandarizadas, puntuadas de menor a mayor solvencia, conforme a las expectativas y exigencias que un sistema productivo en particular requiere de sus engranajes. Que encajemos, que estemos «fit», es lo que conviene a las élites financieras y políticas. Mi tesis es que el perfil competencial en educación reduce al estudiantado a una enfermiza funcionalidad, o lo que es peor, a la ilusión de ser funcionales y adaptativos. Sería absurdo negar la importancia de lo laboral en una vida en sociedad, pero no debemos dejar de recordar que el trabajo, o nuestra condición de fuerza de trabajo, no agota lo humano.
«La educación se desvirtúa cuando el ser humano queda reducido y condenado a su dimensión funcional»
¿Por qué cree que cuesta tanto que la educación deje de ser un arma arrojadiza en la contienda política? A fin de cuentas, se trata de formar los mejores ciudadanos posibles.
La educación no es un campo neutral, es el lugar, el espacio y el tiempo en el que se decide qué tipo de sociedad se quiere ser. Transformar al estudiante en un perfil optimizable («sé la mejor versión de ti mismo»), en un cúmulo de destrezas cuantificables o medibles al servicio del sistema productivo, es el intento de convertir la libertad en adaptabilidad. Si la educación se subordina a la productividad, deja de formar personas y pasa a replicar recursos humanos, y en este punto se da una renuncia política de enorme relevancia, porque educar debería ser lo contrario: abrir posibilidades, no cerrarlas. Educar significa ensanchar el mundo, no encerrarlo en un catálogo de funciones productivas. Defiendo con convicción que cualquier reforma educativa debería comenzar por blindar el conocimiento como un bien público y no como una herramienta subordinada al mercado o a la polarización política. Es urgente la creación de un pacto educativo que no se ciña a los aspectos técnico-pedagógicos, teñidos siempre de intereses partidistas, sino a los antropológico-culturales; un acuerdo que ponga de relieve el valor insustituible del conocimiento, la relevancia social del profesorado, del esfuerzo compartido por conservar lo común, la defensa del tiempo (lento) del aprendizaje. Un pacto educativo que estuviera centrado en el blindaje del conocimiento humanístico y científico como eje vertebrador del currículo, no subordinado a modas pedagógicas o demandas coyunturales del mercado; en el reconocimiento institucional, social y salarial del profesorado; en la protección efectiva del tiempo del aprendizaje; en la corresponsabilidad entre escuela y familias; y, por último, en la limitación de intereses tecnoeconómicos y políticos en la estructuración de los currículos. En definitiva, impedir la deriva ideológica del estudiantado para que puedan desarrollar un criterio propio al margen de cualquier vasallaje intelectual o emocional.
«Cualquier reforma educativa debería comenzar por blindar el conocimiento como un bien público y no como una herramienta subordinada al mercado»
Señala que el exceso de estímulos que tenemos ahora dificulta la capacidad de comprensión. ¿Seremos capaces de adaptarnos a esta nueva realidad social o nos volveremos idiotas en el proceso?
Adaptarnos… a qué precio y al servicio de quién. La adaptación no supone progreso, sino alineación (y alienación). De hecho, la adaptación a los imperativos productivos está teniendo efectos patentes, dentro y fuera del aula, con la pérdida progresiva de la atención (en niños, jóvenes y adultos) y de memoria y, lo que más me preocupa, el rapto de nuestra capacidad de comprensión. Cada vez cuesta más que un grupo de estudiantes pueda entender un texto complejo o disponer del tiempo necesario para hacerlo. El punto conflictivo respecto al exceso es que estimular no es solamente cognitivo, sino también político; quiero decir, que una sociedad que no puede mantener la atención o concentrarse es una sociedad polarizable, manipulable, dúctil. Se cumple el temor kantiano: es más cómodo delegar nuestra capacidad para decidir. Defiendo que, justamente, la escuela ha de ser ese espacio de resistencia ante la lógica de la delegación de nuestra libertad y nuestra responsabilidad. El aula es un (contra)tiempo que desacata los ritmos impuestos, y donde se defiende la emergencia de tiempos largos donde acontecen la lectura, la escritura, la reflexión, la conversación argumentada sin interrupciones.
Asegura que el mundo tiene que «realmarse» y eso solo puede comenzar en la escuela. ¿A qué se refiere?
Estamos construyendo sociedades muy eficientes, pero profundamente desnortadas, desorientadas; sabemos hacer muchas cosas, e incluso la IA las hace por nosotros, pero no sabemos muy bien para qué hacemos lo que hacemos (y entonces aparecen los trastornos emocionales, la ansiedad, la depresión, las anhedonias, etc.). Más allá de esencialismos, con la expresión «realmar el mundo» me refiero al intento de devolver ese sentido al sinsentido de la inercia tecnoeconómica en la que nos encontramos. Existimos en la dimensión técnico-práctica (hago lo que sirve para tener más seguidores, para ser el que más gana, para tener relevancia), pero se está perdiendo la dimensión simbólica, ética y estética de la vida. Por eso niños, adolescentes y jóvenes se agotan, digamos, existencialmente a edades cada vez más tempranas, porque todo se mide por su utilidad. Realmar el mundo implica aceptar que no todo cotiza, que no todo ha de tener una rentabilidad. Que la rosa, como explica Angelus Silesius, florece porque florece, no tiene un porqué ni se le puede preguntar por él, al igual que a un niño que disfruta jugando. Sería estúpido preguntarle por qué juega: lo hace porque le nace hacerlo.
«Estamos construyendo sociedades muy eficientes, pero profundamente desorientadas»
Sostiene que el alumno es alguien que llega «vacío» (sin alumbrar o sin cultivar). ¿Cree que el sistema actual permite o incentiva que adquiera conocimientos?
No me agrada la expresión «pensamiento crítico» porque suele usarse como si fuera una capacidad innata o una mera técnica. Lo principal es hacer ver a los jóvenes que está en su mano desarrollar un criterio propio para poder ver desde su propia perspectiva la realidad, generando un matiz. Cuando se difumina esta capacidad es cuando los jóvenes, pero también los adultos, caemos en la homogeneidad y en el criterio único. No se trata de enseñar «pensamiento crítico», que puede ser tan dogmático como otra competencia cualquiera de las que se intentan diseminar desde el sistema productivo, sino en hacer ver al alumnado que es posible desarrollar un criterio propio sobre la realidad.
Se habla mucho de que la educación debe centrarse más en habilidades que en conocimientos. ¿Tiene sentido hacer esta distinción?
Me parece una dicotomía engañosa. No puede haber habilidad sin conocimiento, pero es lo que están intentando imponer: hacer sin saber por qué se hace lo que se hace. Automatismo, homogeneidad, inercia, sedación cognitiva e intelectual. Esta obsesión por las habilidades y las destrezas y las competencias ha degenerado en una pedagogía vacía en la que se habla de aprender a aprender pero se olvida el contenido del aprendizaje. Sin contenido no hay un pensar, un hacer, un responsable. El conocimiento importa. Es lo que más importa. Desde el aula deberíamos hacer ver al estudiantado que la rapidez, la aceleración y la falta de atención son síntomas, no hechos consumados.
«No se trata de enseñar pensamiento crítico, sino en hacer ver al alumnado que es posible desarrollar un criterio propio»
Nuestros jóvenes (y no tan jóvenes) están muy deslumbrados por el brillo de la popularidad que dan las redes sociales. ¿Cómo podemos convencerlos para que dejen de adorar ese becerro de oro y tengan más interés en el conocimiento?
Nos jugamos todo en nuestro modo de ver el mundo. El mundo no es tanto «lo que es» como «lo que vemos» en él. Deberíamos preguntarnos no qué es el mundo, sino qué me permite ver mi mirada. Esa visión depende enteramente del material intelectual del que disponemos en nuestro acervo cognoscitivo: nuestra experiencia del amor se modifica cuando hemos leído a Shakespeare, nuestra perspectiva de la desigualdad cambia tras estudiar a Marx o Platón, nuestro modo de ver el totalitarismo se enriquece después de leer a Hannah Arendt, etc. El imperio de los algoritmos tiene mucha relación con la merma del conocimiento en las aulas. No es lo mismo la información que el conocimiento. La información nos invade y pretende polarizarnos emocionalmente; el conocimiento es el material intelectual desde el que nos es posible crear un criterio propio. Por eso es tan relevante hacer hincapié en la importancia del saber como fortín que nos permite defendernos de la manipulación intelectual y emocional. En este sentido, no sirve con condenar las dinámicas digitales de los jóvenes, debemos ofrecerles alternativas; el problema no es que niños y adolescentes busquen reconocimiento, eso es muy natural, sino que lo busquen y encuentren únicamente en espacios superficiales.
Se ha debatido mucho sobre si es conveniente o no restringir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años. ¿Cuál es su opinión al respecto?
¿De qué sirve la prohibición si el contexto sigue inalterado? Hay que combinar la regulación con la educación. Se habla mucho de una tal «alfabetización digital» mientras muchos niños y jóvenes son condenados a su presunta condición de «nativos digitales». Al parapetar a las generaciones más jóvenes bajo etiquetas como «nativos digitales» o «generaciones de cristal» ayudamos inconscientemente a que tengan la excusa perfecta para no cambiar sus modos de vida. Si se estimula a los jóvenes intelectual y cognitivamente, ellos responden. El error es suponer que no pueden reconfigurar sus hábitos y que la hiperestimulación es inevitable. Si nuestro cuerpo es un armario, debemos preguntarnos de qué lo estamos llenando.
«El imperio de los algoritmos tiene mucha relación con la merma del conocimiento en las aulas»
Reivindica las vacaciones como un tiempo para desobedecer las servidumbres que nos imponemos. ¿Es posible que lleguemos a ser libres alguna vez?
Me parece que la imaginación es uno de los goznes sobre los que debería girar la educación y la enseñanza en la actualidad, es decir, la capacidad para poder imaginar otras formas de ser y de estar en un mundo que nos exige una sola vía para medrar: rapidez, inconsciencia, gestión emocional, productividad, eficiencia. Dar vacaciones a nuestros imperativos: hacerlos nada, vaciarlos de sentido. ¿Qué tipo de realidad se nos presentará si solo pensamos en ser eficientes y dejamos de pensar en el Bien, en la Justicia, en la Verdad y en la Belleza? Es la máxima platónica: debemos tener la valentía de no olvidar lo inolvidable, lo que nos hace trascender el universo meramente productivo. La libertad no es una propiedad, es una acción, una praxis, y exige esfuerzo, denuedo, constancia: la libertad exige su continuo ejercicio. Las vacaciones tienen relación con un tiempo «libre» que nos ha sido arrebatado, con un tiempo propio. A mi juicio, educar también supone enseñar que no debemos estar permanentemente disponibles, que podemos decir no, que podemos elegir. Y que debemos hacerlo.
Habla de la necesidad de recuperar la tradición oral y el arte de la narración de historias. En un mundo cada vez más audiovisual puede sonar casi como algo que nos hace retroceder en el tiempo…
El conocimiento está perdiendo peso en las aulas porque se supone que debemos transmitir competencias, habilidades y destrezas que nos ayuden a bregar en un mundo crecientemente tecnologizado. Ahora bien, sin el conocimiento, solo somos herramientas competenciales al servicio de sistema productivo, que únicamente desea tener nuevas piezas o engranajes dispuestas a cumplir con las funciones que nos son encomendadas para generar riqueza económica para que la rueda financiera no cese nunca. Por tanto, recuperar ese arte al que te refieres no significa retroceder, sino reconquistar una dimensión olvidada: la narración, la palabra compartida, la lectura en común, todo ello genera comunidad, urdimbre. Somos las historias que nos contamos, somos memoria construida y horizonte por construir y caminar.
Dice que la tarea del docente es habitar el aula. Estar. Siendo la profesión de docente una de las más denostadas por la sociedad («trabajan muy poco», «tienen muchas vacaciones», etc.), resulta llamativo que usted le reserve un papel tan pasivo.
Antes de tener un teléfono móvil en nuestras manos deberíamos ayudar a los estudiantes a desarrollar un locus de control interno lo suficientemente fuerte como para que sepan y puedan elegir. Esa es la clave de nuestro tiempo histórico: seguir siendo poseedores de la potencia para elegir qué queremos hacer, y saber que nuestra voluntad está siendo constantemente espoleada por un sinfín de dispositivos tecnoeconómicos cuyo único cometido es el de desapropiarnos de nuestra capacidad de agencia y, por tanto, de nuestra capacidad de elección. La cuestión no es poder elegir entre muchas posibilidades, sino saber por qué elegimos lo que elegimos, reconquistar nuestra libertad. En este sentido, la presencia del profesorado ayuda. Ese «estar» al que aludes y que defiendo en el libro es un acto radical, un acto político. El docente no es un mero transmisor de contenidos, mucho menos un animador (como pretenden que seamos). El profesorado sostiene un espacio que cuida un tiempo insustituible, el del aprendizaje, y acompaña en procesos de pensamiento complejos, en el descubrimiento intelectual del mundo. Por eso, antes de llenar las aulas de dispositivos, necesitamos espacios donde alguien invite a pensar, a parar, a decidir con criterio propio. Si no animamos a desarrollar la capacidad para decidir, otros decidirán por nosotros.
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