Enamorarse de una idea, no de una persona
Nos gusta pensar que nos enamoramos de personas. Pero, en realidad, casi siempre empezamos enamorándonos de una idea. Y durante un tiempo, eso es suficiente.
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Hubo un tiempo en que amar a una máquina era solo una trama de ciencia ficción. Hoy, lo que planteaba la película Her –esa intimidad con una presencia imaginaria– empieza a aparecer en nuestras consultas: personas que aseguran haber encontrado una conexión emocional con una inteligencia artificial. Más allá de atribuirlo al entusiasmo tecnológico o a una supuesta epidemia de soledad, este fenómeno deja al descubierto algo que nos delata: la facilidad con la que nos enamoramos de una proyección.
Puede parecer un caso extremo, pero algo en esa fascinación resulta más familiar de lo que admitimos. Enamorarse de una idea y enamorarse de una persona comparten la misma estructura. En ambas experiencias hay una idea construida del otro, porque nunca accedemos a alguien de manera completa. Ni al principio, ni después. La diferencia no está en si esa idea existe, sino en el lugar que ocupa para sostener el deseo.
En el enamoramiento, esta construcción imaginaria alimenta la ilusión. Proyectamos para sostener la intensidad de lo que sentimos: leemos su silencio como profundidad, su distancia como misterio y su inaccesibilidad como una promesa. Editamos la realidad del que tenemos delante hasta que se parece lo suficiente a esa imagen que nos permite seguir deseando.
Esta edición no es un error ni un síntoma de inmadurez. Es una condición necesaria. El vínculo no comienza cuando conocemos al otro «en bruto», sino cuando logramos construir una versión de él que nos resulta asimilable. La mente necesita un mapa que rellene los huecos de lo que aún no conocemos, una ilusión de completud que sirva de punto de partida
Al proyectar, situamos al otro en un lugar que nuestra biografía ya tenía preparado
Ese mapa no surge de forma espontánea. Se construye mucho antes del encuentro, a partir del poso de relaciones anteriores, de nuestros propios anhelos y de ese imaginario colectivo que nos ha enseñado cómo desear. Al proyectar, situamos al otro en un lugar que nuestra biografía ya tenía preparado. El amor, en ese sentido, comienza como un acto de imaginación.
Esta dinámica se extiende también a nosotros mismos. Además de idealizar al otro, idealizamos quiénes somos con él. Nos enamoramos del personaje que podemos representar en ese encuentro. Por eso, tras una ruptura, el vacío es doble: perdemos a una persona y, al mismo tiempo, la versión de nosotros mismos que parecía posible bajo su mirada.
En consulta, frases como «al principio era distinto» rara vez señalan una transformación real en la pareja. Suelen indicar el momento en que el otro deja de encajar con la idea que habíamos elaborado. Esa tendencia se ve hoy amplificada por un entorno digital que nos empuja a interactuar con perfiles antes que con personas. Las aplicaciones de citas ofrecen un catálogo de identidades donde la idealización es casi inevitable. Lo que llamamos «potencial» es, a menudo, el nombre que le damos a nuestra dificultad para aceptar a quien tenemos delante tal y como es. Al fijar al otro en esa imagen, lo obligamos a medirse con un fantasma.
Frente a ese fantasma, el vínculo puede tomar dos direcciones. La idea puede flexibilizarse –ajustarse a lo que la experiencia va mostrando, incorporar lo que no encaja– y la relación gana realidad, aunque pierda nitidez. O puede mantenerse rígida y convertirse en una referencia frente a la cual la persona real empieza, inevitablemente, a fallar. No por ser insuficiente, sino por tener la osadía de ser distinta a lo que habíamos imaginado.
Las aplicaciones de citas ofrecen un catálogo de identidades donde la idealización es casi inevitable
Enamorarse de una persona implica pasar por una idea. Enamorarse de una idea implica quedarse en ella. Ese estancamiento tiene un coste: le restamos al otro su derecho a la espontaneidad, a la contradicción y a existir fuera del papel que diseñamos.
Esta rigidez es la que convierte la ruptura en algo tan complejo. En la clínica aparece con frecuencia una frase que lo resume bien: «Me he separado de mi pareja y de la idea que tenía de ella». Esa «separación de la idea» es, muchas veces, el núcleo del duelo. Se pierde a alguien y, con él, la forma que organizaba la experiencia.
En Historia de un matrimonio, el conflicto estalla cuando la realidad de uno ya no cabe en la edición del otro. Lo que se rompe no es sólo la convivencia, sino la narrativa compartida. Aceptar la separación implica reconocer que el otro nunca fue del todo el personaje que sostenía la historia.
La salud de un vínculo no depende de la ausencia de idealización, sino de la flexibilidad de la imagen mental. Una relación madura es la que sobrevive a la caída del guion inicial. Aprender a sostener lo que nos descoloca del otro es lo que permite que el vínculo pase de la fantasía al encuentro. Es el movimiento necesario para dejar de tratar al otro como un objeto que debe completarnos y empezar a reconocerlo como el sujeto que es.
La idea siempre encaja. La persona, no. Y es precisamente en ese desajuste donde empieza la posibilidad de amar.
Rocío Lacasa es psicóloga.
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