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Sócrates, Platón y la inmortalidad

Ante la cicuta y la condena injusta, Sócrates muere sereno mientras Platón convierte su final en una poderosa defensa filosófica de la inmortalidad del alma.

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13
febrero
2026

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Expuesto en el Museo Metropolitano del Arte de Nueva York, La muerte de Sócrates (Jacques-Louis David, 1787) plasma el momento en que unos llorosos discípulos contemplan cómo su maestro, un Sócrates iluminado por los rayos del sol, termina con su vida bebiendo cicuta. De este dramático final sabemos que el filósofo había sido condenado a muerte por «corromper a los jóvenes». Sabemos igualmente que, a la vista de una sentencia estimada como injusta, se arregló una huida en barco. Pero parece que Sócrates optó por permanecer en prisión, a la espera de la muerte.  

En Fedón, su discípulo más famoso, Platón, narra sus últimos momentos. Esos en los que impávido, sin verse afectado por el dolor de su esposa ni de sus seguidores, Sócrates les recrimina su actitud. Él, alega, no morirá, pues la muerte solamente afecta al cuerpo, no al alma. Para convencerlos, expone algunos argumentos en favor de la inmortalidad, aunque es probable que la autoría de los mismos corresponda más al discípulo que describe la escena que al viejo maestro.

Manteniéndose en una tradición que se remonta a las epopeyas de Homero, Platón sostiene que los seres humanos somos un compuesto de cuerpo y alma. Hay en nosotros, sin duda, una parte carnal, llena de sangre, huesos y cartílago. Pero no todo nuestro ser se reduce a ella porque, para empezar, nuestro yo no podrá ser hallado en ninguno de sus recovecos, ni en el corazón ni en el cerebro. A partir de este dualismo antropológico, Platón deriva tres argumentos en favor de la inmortalidad del alma.

El primero se corresponde con el argumento de los contrarios. Su premisa establece la dependencia de los polos opuestos: dormir es una posibilidad únicamente para quien está despierto, así como el despertarse lo es para lo dormido. Lo caliente pasa a ser frío y lo frío caliente. El hijo es hijo por poseer una madre. No hay día sin noche y, así, puede morir quien está vivo. Ahora bien, por la misma regla, según Platón, lo vivo ha transitado de un estado previo que no puede ser confundido con la nada ya que de allí nada surge. El alma ya preexistió al cuerpo, y eso mismo hará, continuar sus andaduras, una vez el cuerpo empodrezca.

Platón plantea tres argumentos en favor de la inmortalidad del alma

La segunda razón en favor de la inmortalidad es de naturaleza epistemológica. Hay ciertas cosas que todos conocemos de forma innata. Por ejemplo, las certezas matemáticas (como que dos más tres es igual a cinco) no proceden de ninguna enseñanza. Hay personas, asegura Platón por boca de Sócrates, que nunca han gozado de ninguna educación y, sin embargo, a poco que reflexionen son capaces de reconocer dichas evidencias.

Esta teoría de la reminiscencia –acorde a la cual conocer es recordar algo que el alma ya poseía– remite a una existencia previa. Potencialmente, como semillas que esperan para germinar, los humanos cobijamos en nuestra alma todas las verdades posibles. ¿Cómo sería posible tal proeza si el alma surgiera junto al cuerpo? La respuesta es contundente. El alma ha tenido que adquirir tales conocimientos antes del nacimiento del cuerpo, lo que abre la puerta a su pervivencia cuando este mismo cuerpo deje de funcionar.

El tercer y último argumento hace referencia a la naturaleza del alma, que no es otra que abstracta y, en consecuencia, eterna. El paso del tiempo solo hace mella en las cosas materiales, como la madera o el vapor. Son ellas las que se corrompen y cambian de estado. En tanto objeto físico, el cuerpo no es una excepción. Nuestro envejecimiento constata esta progresiva decadencia de lo que está sometido al yugo del tiempo.

No así con nuestra alma, sede de nuestra identidad, del yo. Ella es una realidad abstracta y, como todo lo abstracto –piénsese en los números o en las verdades matemáticas–, su dimensión es eterna. Lo semejante tiende hacia lo semejante y, así, dado que el alma es «divina, inteligible, indisoluble […]», con la muerte del cuerpo el alma se dirigirá hacia lo abstracto, hacia esa dimensión eterna incorruptible, mientras que el cuerpo se deshará para seguir formando parte del mundo material.

En el Fedón, Sócrates se contenta con estos motivos para concluir que el veneno no diluirá su alma, pues nada puede hacerlo. Y así, presto, el filósofo apura el brebaje y comienza a pasear. Al poco, siente desfallecer sus piernas y se acuesta. El verdugo se aproxima y le palpa un pie. Le pregunta si lo siente, a lo que Sócrates responde que no. El veneno pronto llegará a su corazón, le advierte.

Y así acontece. Tras despachar con Critón una deuda pendiente, Sócrates se queda callado, con la mirada fija. Y con estas palabras, su discípulo Platón, convencido de la inmortalidad del maestro, concluye su Fedón: «He aquí […] cuál fue el fin de nuestro amigo, del hombre, podemos decirlo, que ha sido el mejor de cuantos hemos conocido en nuestro tiempo; y por otra parte, el más sabio, el más justo de todos».

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