Buenísimas personas que se burlan de enfermos
La prodigalidad y crudeza con la que se ríen de las taras ajenas justifica, paradójicamente, sus discursos concienciados. Dado que son incapaces de comportarse con un mínimo de educación, ellos mismos son la prueba de que necesitamos un lenguaje políticamente correcto, con normas estrictas y sanciones ejemplares.
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Quienes hayan leído La piel sabrán que padezco una enfermedad autoinmune llamada psoriasis que, tras muchos bálsamos de Fierabrás y un historial clínico más grueso que los Episodios nacionales, ha desaparecido de la superficie para pasar a la clandestinidad. Ya no se deja ver. Ya no hay manchas, ni placas, ni cicatrices, ni picores. Pero persiste en los huesos. Huyendo del acoso farmacológico, se ha refugiado en las articulaciones, mutando en espondilitis y una forma de artritis reumatoide degenerativa y sin cura que mis reumatólogos apenas contienen con una imaginativa medicina de vanguardia. Para ayudar un poco y que no se diga que me limito a recibir pinchazos de compuestos biológicos carísimos, me he agenciado un entrenador personal especializado en personitas como yo. Gracias a sus tablas y consejos, hay días, si el brote lo permite, en que me parezco más a una persona que a un clic de Playmobil.
No cuento esto por victimizarme (verbo reciente, que añade un matiz social a la locución individualista «hacerse la víctima») ni por empezar una segunda parte de La piel titulada Los huesos. Llevo estos dolores bastante mejor que la psoriasis (gracias por preguntar). Como nunca desaparecen del todo, me he acostumbrado a vivir con ellos y a adaptar mi vida y mis movimientos a estas limitaciones. Me he vuelto torpe, se me caen las cosas y no me dan las rodillas para agacharme a recogerlas, no entro en coches bajitos y, a según qué horas y en según qué ambientes, parezco Robocop, pero gracias al apoyo de mi hijo, que me ha colgado los motes de Lisiadito y Tullido, lo llevo bastante bien.
Lo cuento porque esta condición mía me ha ayudado a apreciar un aspecto de la personalidad de algunos empáticos profesionales en el que no habría caído si mis articulaciones tuviesen la flexibilidad de Anna Pavlova.
Al menos tres personas que han ocupado cargos públicos relevantes se han reído de mis limitaciones cuando he cruzado saludo con ellas en algún sarao. Una incluso me imitó después de que yo fracasara en mi empeño de torcer el cuello para ver quién me llamaba. Otra, una escritora tremendamente moralista que acostumbra a abroncar a sus lectores, me gritó riéndose en una cena literaria bastante concurrida: «¡Ey, que estoy aquí, mira pacá, que no te enteras! ¡Deja de beber vino!». El caso era que no me daba el giro de las cervicales para atender a su saludo, pero ella prefirió llamarme borracho delante de cincuenta desconocidos. A todas estas personas les causaba una gran diversión asistir a mi torpeza y lentitud, y cuando les expliqué a qué se debían, ninguna se disculpó. Tan solo asintieron y siguieron riéndose.
No pasaría nada si esas personas no fuesen activistas y políticos que abogaban desde sus tribunas y sillones contra la discriminación y la intolerancia hacia los débiles y los diferentes. Venían de condenar la gordofobia o el capacitismo, presentaban documentales y exposiciones para concienciar a sus electores sobre la situación de las personas con diversidad funcional y leían discursos cuidadosamente purgados de cualquier frase hecha discriminatoria: jamás dirían que montaron un circo y les crecieron los enanos, ni presumirían de ser tuertos en el país de los ciegos. Ni siquiera acusarían de miope a un rival político, por no ofender a la minoría miope. Pero ante una persona con evidentes y dolorosas dificultades motoras no tenían inconveniente en chotearse a gusto y hacer el Cuasimodo.
Quizá no haga falta sufrir una espondilitis severa para desvelar la hipocresía política, pero ayuda bastante.
En las redes sociales también abundan las bellísimas personas con un triángulo rojo en su perfil —a veces, incluso un arcoíris— y un historial de militancia vivaz en el lado correcto de la historia que, ante la menor desavenencia con una opinión mía, me llaman gordo o me comparan con algún animal, casi siempre de la familia de los suidos, más raramente de los primates. Gente que horas antes había perorado sobre la disforia, los trastornos alimentarios o la tiranía que el patriarcado impone a las mujeres por su aspecto físico no dudan un segundo en insultar aludiendo al cuerpo de quien suponen rival ideológico (aunque ni siquiera lo sea, la mayor parte de las veces).
Las risotadas y los insultos que recibo de estos apóstoles de la bondad son manifestaciones del desdoblamiento
La prodigalidad y crudeza con la que se ríen de las taras ajenas justifica, paradójicamente, sus discursos concienciados. Dado que son incapaces de comportarse con un mínimo de educación, ellos mismos son la prueba de que necesitamos un lenguaje políticamente correcto, con normas estrictas y sanciones ejemplares. Ellos lo necesitan. La mayoría de la gente no. Porque la mayoría de la gente no se burla de alguien torpe y dolorido.
¿Por qué ellos sí? Mi hipótesis es que se han acostumbrado a vivir tan lejos de su teoría que ni siquiera perciben la disociación. Han naturalizado tanto predicar algo y hacer lo contrario que pocos se extrañan cuando se descubre a un depredador sexual en una organización feminista. La política moralista exige una puesta en escena tan ejemplarizante que muchos la resuelven recurriendo al dilema de persona y personaje con el que Íñigo Errejón se defendió en las primeras fases de su ordalía. Los viejos curas conocen bien el asunto: llevan siglos practicando la doble, triple y cuádruple moral.
En otro nivel menos siniestro, las risotadas y los insultos que recibo de estos apóstoles de la bondad son manifestaciones de este desdoblamiento. Hablar en privado con algunos políticos de la izquierda a la izquierda consiste en refutar casi todo lo que dicen en público. En el off the record se permiten unos modales y unas brutalidades que jamás exhibirían en una cámara o ante un micrófono, y a veces parece que les va la vida en ello, como quien se afloja la corbata, se quita los zapatos y suspira de alivio. Quienes no distinguimos tanto nuestra persona de nuestro personaje no podemos evitar alejarnos un poco, con inquietud y defensa.
No es extraño que haya cierta disonancia entre el yo público y el privado. Todos la tenemos. Las modulaciones de la personalidad admiten incluso más de dos yoes, complicando las fronteras entre lo privado y lo público con cien subdivisiones regionales. No somos la misma persona ante nuestra madre que ante nuestro amigo que ante el interventor del tren que ante un primo lejano que ante un hijo. Pero todas esas variaciones, en una personalidad sana, forman parte de un mismo tema reconocible siempre. Somos un poco diferentes según el contexto, pero no tan diferentes como para que nuestra madre no nos reconozca en una reunión de trabajo, y viceversa. Cuando parecemos personas completamente distintas según dónde estemos, si en la tribuna o en el sofá o en la fiesta, tenemos un problema de hipocresía gravísimo. Algo en nosotros está fatalmente roto y se presenta como falso.
Mi impresión es que la falsedad viaja en un sentido doble entre lo público y lo privado. Es fácil denunciar la hipocresía del predicador que se burla del tullido una hora después de inaugurar un centro de rehabilitación para personas con discapacidad, pero el zafio que se burla también está impostando la voz. Tal vez no sería tan garrulo si no se viese obligado a ser tan formal en su vida política. Tal vez no sentiría la necesidad de desahogar la brutalidad que reprime. Si el político no fuera político, seguramente me saludaría con normalidad y sin hacer el Cuasimodo. Como hace casi todo el mundo, por otra parte.
Dice Edu Galán en La máscara moral que el moralista no quiere resolver ninguna injusticia, sino convencer al mundo de que le duele la injusticia. Para ello, representa un papel indignado que le otorga prestigio entre los militantes de una determinada causa. Por eso conviene despegarse de quienes presumen de buenos. No solo porque el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, sino porque las buenas intenciones, si se exhiben con letras grandes y pancartas, casi nunca son otra cosa que vanidad mal encauzada.
Yo acepto gustoso la chanza de cualquiera siempre que sea coherente con su personalidad. Acepto las burlas de mi hijo no solo porque sea mi hijo, sino porque son fruto de un ingenio empático, de una persona que no quiere restregar su bondad a nadie ni le preocupa caminar siempre por el lado correcto de la historia (y en procesión, para que todo el pueblo los vea). También las acepto de mis amigos y de todos los que no hacen cálculos antes de abrir la boca para contar un chiste. En cambio, a los predicadores y a los curas no les paso ni una. Si quieren jugar a este juego, deberán empezar por el púlpito. Si no, que se atengan en privado a lo que predican ante su grey.
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