¿Todo deseo es expresión de una carencia?
Aunque el deseo humano nace de un anhelo por lo que no se tiene, encuentra su mejor expresión en un equilibrio consciente entre conocimiento y disfrute.
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En una entrevista conducida por Fernando Sánchez Dragó (1936-2023), acompañado de Gabriel Albiac (1950) y Luis Racionero (1940-2020), el filósofo Antonio Escohotado (1941-2021) reflexionó hace años sobre el nexo entre deseo y carencia. Para la tarea recurrió a un célebre filósofo ateniense: «Platón decía que todo deseo era expresión de una carencia y que por tanto los afrodisiai, es decir, los dones de Afrodita, que eran comer, beber y fornicar, eran un chapoteo en la finitud y que la única cosa que nos permitiría vivir dignamente era cultivar el saber».
Todo deseo es expresión de una carencia, así lo vio el griego. No se puede anhelar aquello que ya se posee. Queremos lo que no tenemos y resulta que los humanos somos, por decirlo con la expresión de Deleuze y Guattari, «máquinas deseantes». Estamos aquejados por una persistente sensación de incompletitud.
Tal y como destaca Escohotado, para Platón el diagnóstico es claro: el deseo insatisfecho no puede colmarse con lo material, en el aburrido lodazal de lo finito. Quien así lo pretenda, aun sin saberlo, intentará atrapar una sombra con las manos. Será un hámster que corretea sin hallar meta alguna en su rueda. Los dones de Afrodita son parches que oscurecen la verdadera diana del deseo.
El saber, la búsqueda de los principios primeros, eternos y abstractos que conforman el tejido de lo real, he ahí el bálsamo que aplacará el apetito del ser deseoso. Conocimiento y placeres carnales se presentan así en la filosofía platónica como dos ejes antitéticos. Los últimos, sin duda, son los más apetecibles. Los cantos de sirena ante los que cualquier Ulises quisiera sucumbir. No obstante, al menos para el que quiera canalizar adecuadamente su deseo, no habría nada más errado.
Los seres humanos somos, en palabras de Deleuze y Guattari, «máquinas deseantes»
Cuesta no ver en esta postura un alarde de espiritualismo que, arrastrado hasta sus últimas consecuencias, convierte la vida en un ejercicio de renuncia. No es descabellado preguntarse si detrás del desprecio por los placeres no latía cierto odio hacia la impureza de lo humano, una incomodidad ante el hecho de que somos, antes que pensadores, animales. Hay en el platonismo una vocación de trascendencia que resulta, en el mejor de los casos, heroica, y, en el peor, un poco sospechosa. Como si la renuncia al cuerpo fuera en sí misma una virtud, con independencia de lo ganado a cambio.
La intervención de Escohotado no culmina con el espiritualismo platónico, sino que dirige la mirada hacia otros derroteros con los que se muestra más afín: «Luego vino Aristóteles y su discípulo Epicuro a aclarar que no eran nada incompatibles el afán de saber, el cultivo más riguroso de la ciencia, con el disfrute de los afrodisiai, y que comer, por ejemplo, no como un tragón sino como un gastrónomo; beber, no como un alcohólico, sino como un catador; y fornicar con el mayor arte y la mayor imaginación posible, era lo que realmente nos distinguía de las bestias y de las formas más depravadas de la humanidad».
Saber y placer se complementan. Aristóteles y Epicuro coincidían en que el quid no reposa tanto en la renuncia como en la forma. No en qué se hace, sino en cómo se hace y, en especial, con cuánta conciencia se hace. El catador y el alcohólico beben, sí, pero lo que los separa no es el líquido, es la actitud. Uno aprende, el otro huye.
Vale la pena detenerse aquí, porque esta distinción tiene más hondura de la que aparenta. Cuando el consumo está dominado por un batiburrillo de estímulos rápidos y experiencias descartables, la cantidad ha desplazado por completo a la calidad. Se desea sin rumbo, y ya advirtió Séneca que no hay viento favorable para quien desconoce a qué puerto se encamina. El resultado es esa paradoja contemporánea tan bien conocida: nunca hemos tenido acceso a tantos placeres y, sin embargo, raramente nos sentimos satisfechos. Quizá Platón no andaba tan desencaminado en su diagnóstico como en su remedio.
Su desacierto no fue señalar la insaciabilidad del deseo, fue concluir que la solución pasaba por abandonar el cuerpo en lugar de educarlo. Aristóteles y Epicuro propusieron aprender a desear mejor. Esto es, sin la petulancia de quien cree haber superado sus apetitos y sin la ceguera de quien se entrega a ellos sin reflexión. En ese espacio intermedio, estrecho, exigente, tal vez habite eso que los griegos llamaban buena vida. No la vida ascética ni la disoluta. La vida en la que el deseo, la vieja carencia que nos conforma, encuentra una forma digna de expresión.
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