La arquitectura del Museo del Prado
En la actualidad, el Museo del Prado es uno de los mayores exponentes de la arquitectura neoclásica madrileña, junto con la Puerta de Alcalá y el Jardín Botánico, obras de Francesco Sabatini.
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Las plantas, los pasillos y las bóvedas que salvaguardan obras como el tríptico del Jardín de las delicias de El Bosco, Las hilanderas de Diego de Velázquez, La bacanal de los andrios de Tiziano, las Pinturas negras de Francisco de Goya o el San Sebastián de Guido Reni son vestigios de una enorme historia de más de 200 años, un armazón de cambios invisibles pero sustanciales ante la mirada de cualquier visitante.
El Museo del Prado, que en la actualidad es una de las pinacotecas más importantes del mundo, fue concebido para ser el Gabinete de Ciencias Naturales por mandato del conde de Floridablanca, bajo el reinado y la orden de Carlos III. Para llevar a cabo el proyecto, el rey contrató a su arquitecto predilecto, Juan de Villanueva (1739-1811), autor del Parque del Retiro o la Real Academia de la Historia.
Pese a que le encargaron el proyecto a Villanueva en 1785 , el destino final de la construcción no se aclaró hasta que Fernando VII, impulsado por su esposa la reina María Isabel de Braganza, decidió destinar el edificio a la creación de un Real Museo de Pinturas y Esculturas, inaugurado el 19 de noviembre de 1819.
El edificio resume la arquitectura de la Ilustración, concebido en tres partes con funciones y accesos independientes
El edificio resume la arquitectura de la Ilustración, concebido en tres partes con funciones muy distintas entre sí: en primer lugar, como galería y museo de Historia Natural, en planta alta; en la planta baja, las escuelas de botánica y química; y, cruzando ambos niveles, el Salón de juntas de las academias (de las Letras, de las Ciencias, de las Artes). Estos tres usos en un solo edificio, con accesos independientes, son una representación arquitectónica que refuerza la razón y la ciencia para consolidar la intelectualidad del país.
La propia ubicación del proyecto supuso una inspiración para Villanueva, puesto que se encuentra en la pendiente del Paseo del Prado. Esta inclinación le sirve para dividir los accesos al edificio: construye la Puerta de Murillo, que es el acceso sur, de orden corintio. También edifica la puerta lateral y colosal del Salón de juntas, ubicada en el Paseo del Prado, de orden dórico. En lo alto de la pendiente del Prado se encuentra la fachada norte, la planta superior a la que se accedía mediante una rampa (actualmente desaparecida), con un pórtico jónico. En el siglo XIX se excava esta zona, se crea una plaza y se adosa la escalera por la que ahora se accede a la puerta de Goya del museo.
La entrada de la galería central está coronada por una cúpula monumental, que ilumina a todo visitante. La galería central se concibió como un sinónimo de museo ilustrado, como edificio institucional, sin que se ideara únicamente como un gabinete de arte. Las bóvedas de cañón que presenta el museo son símbolo de una continuidad que se ha alterado en obras posteriores, como la de Pedro Muguruza en la década de 1920 (por ejemplo, para sustituir materiales combustibles que amenazaban a la propia estructura del edificio en caso de incendio). En estas obras se sustituyeron las bóvedas encamonadas, hechas con armazones de madera revestidos de listones o cañas, que se cambiaron por el hormigón armado que se mantiene hoy en día. También se mantuvieron los lucernarios, que permiten dar luz natural al museo y que instalaron los discípulos de Villanueva en el siglo XIX. Esta mezcla de intervenciones, pero en las que apenas se deforma la concepción original, muestra la intuición del arquitecto Villanueva cuando ideó del edificio.
Se han registrado un número elevado de intervenciones en todo el edificio, realizadas por más de 20 arquitectos, tratándose de una obra colectiva. Una de las más conocidas es la ampliación de los Jerónimos, ingeniada por Rafael Moneo, que une el edificio histórico del museo (conocido como «edificio Villanueva») con un complejo formado con una planta nueva y el Claustro de los Jerónimos.
Hasta 1868 el edificio no pasó a denominarse Museo Nacional de Pintura y Escultura para ser patrimonio nacional, con casi 8.000 pinturas, 9.000 dibujos y 1.000 esculturas, y en 1872 adquirió el nombre oficial de Museo del Prado. En la actualidad, es uno de los mayores exponentes de la arquitectura neoclásica madrileña, junto con la Puerta de Alcalá y el Jardín Botánico, obras de Francesco Sabatini.
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