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Cultura

Scrollear como un cultureta

En redes ha aparecido una figura que se parece menos al ‘influencer’ tradicional y más al prescriptor cultural, que no centra su contenido en ser aspiracional sino en compartir referencias intelectuales.

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28
agosto
2026

Poco a poco, algunas cuentas están demostrando que también se puede hacer scroll para aprender, descubrir libros, entender una idea o escuchar una conversación que exige algo más que unos segundos de atención. El fenómeno tiene incluso nombre: intellectual influencer, el creador que construye su audiencia alrededor del conocimiento, las obsesiones culturales o la especialización.

Durante años hemos hablado de las redes sociales como si fueran sinónimo de superficialidad. Instagram fue asociado a la imagen perfecta; TikTok, al vídeo rápido y al entretenimiento; X (antes Twitter), a la opinión instantánea. Pero las mismas plataformas que distribuyen vídeos de bailes, memes y compras compulsivas también han convertido la literatura, la filosofía, la historia, la ciencia o el pensamiento político en contenidos capaces de encontrar audiencias masivas.

Del ‘smoothie’ a la filosofía

Durante mucho tiempo, la cultura de las redes ha estado ligada a una determinada idea de aspiración. El feed enseñaba qué ropa comprar, qué restaurante visitar o qué cuerpo conseguir. La influencia se construía alrededor de un estilo de vida que podía ser fotografiado y, sobre todo, consumido.

Ese modelo no ha desaparecido, pero empieza a convivir con otro, la aparición de una nueva generación de creadores intelectuales que se diferencian precisamente porque su contenido se apoya en conocimientos, intereses muy específicos y experiencia, en lugar de hacerlo principalmente en la apariencia o el estilo.

Cuando todo parece publicidad, la especialización empieza a tener valor. Cuando podemos pedirle a una inteligencia artificial que genere en segundos una explicación sobre cualquier tema, también puede resultar más atractivo encontrar a una persona que no se limita a proporcionar información, sino que selecciona, interpreta y recomienda.

Ahí aparece una figura que se parece menos al influencer tradicional y más al prescriptor cultural. Puede ser alguien que recomienda novelas, explica filosofía, habla de arte contemporáneo, analiza cine, divulga ciencia o comparte referencias históricas. Su producto ya no es necesariamente una imagen aspiracional. Es su criterio.

No queremos menos Internet, queremos mejor Internet

Quizá una de las claves esté en la sensación cada vez más extendida del cansancio digital. El problema para muchos usuarios ya no es tener acceso a demasiada información, sino enfrentarse continuamente a contenido que parece intercambiable.

El problema ya no es tener acceso a demasiada información, sino que esta información sea intercambiable

La saturación también afecta a la publicidad. Cuando un usuario recibe constantemente recomendaciones de productos, enlaces de compra y contenidos patrocinados, empieza a distinguir entre quien quiere venderle algo y quien parece tener algo que decir. Esa diferencia es importante para entender por qué la autoridad cultural puede convertirse en una nueva forma de influencia.

No es exactamente una huida de Internet. Es una huida de una determinada manera de estar en Internet. Queremos seguir conectados, pero quizá no queremos sentir que cada conexión tiene como objetivo vendernos algo, conseguir un clic o convertirnos en espectadores pasivos. Queremos recomendaciones, pero de alguien cuyo criterio nos importe. Queremos descubrir cosas, pero también tener la sensación de haber encontrado algo.

El algoritmo también puede encontrar a los culturetas

Existe además una paradoja importante. El auge de estos contenidos no demuestra que los algoritmos hayan dejado de premiar la rapidez. Demuestra que la profundidad también puede adaptarse a los mecanismos de recomendación.

Una explicación de tres minutos sobre Hannah Arendt puede generar comentarios, guardados y compartidos. Una recomendación de un ensayo puede convertirse en una conversación colectiva. Una persona explicando por qué merece la pena leer a un determinado autor puede conseguir que miles de usuarios busquen después ese libro.

En este sentido, las redes no funcionan únicamente como escaparate. Funcionan también como redes de descubrimiento.

Un estudio publicado en Computers & Education defendía precisamente que las redes sociales pueden utilizarse como herramientas de aprendizaje cuando se diseñan y utilizan de acuerdo con objetivos educativos. La investigación propone entender estas plataformas no solo como espacios de entretenimiento, sino también como entornos capaces de apoyar procesos de aprendizaje y participación.

El nuevo estatus de saber cosas

Hay otra explicación menos tecnológica y más cultural. Durante años, las redes premiaron la exposición de la vida personal. Ahora parece ganar peso una nueva forma de identidad digital: mostrar aquello que uno sabe, descubre o le interesa.

Leer se convierte así en parte de la identidad. También saber de cine, conocer a un filósofo, recomendar una exposición o explicar un concepto económico. No necesariamente porque queramos parecer más inteligentes, aunque esa dimensión exista, sino porque las redes siempre han sido espacios de construcción de identidad.

Leer o interesarse por la cultura se ha convertido en parte de la identidad y en un símbolo de prestigio

Antes se enseñaba el viaje. Ahora también se enseña el libro que se lleva en la maleta. El cambio supone pasar de una influencia basada principalmente en «mira cómo vivo» a otra basada en «mira lo que he descubierto».

Eso explica también la proliferación de clubes de lectura, recomendaciones culturales y comunidades temáticas. NielsenIQ observaba en 2025 que el descubrimiento de libros a través de redes sociales y vídeo compartía espacio con un aumento de las recomendaciones entre amigos, familiares y clubes de lectura.

La cultura vuelve a ser conversación. Solo que ahora esa conversación también ocurre mientras hacemos scroll.

Profundidad no significa calidad

Conviene no convertir este fenómeno en una historia demasiado complaciente. Que un vídeo hable de filosofía no significa que sea filosóficamente riguroso. Que alguien recomiende cien libros al año no significa necesariamente que los haya leído con atención. Y que un contenido tenga millones de visualizaciones no convierte su argumento en verdadero.

La cultura de la recomendación tiene sus propios riesgos. La simplificación excesiva, la lectura superficial, las frases descontextualizadas y la transformación de autores complejos en una colección de citas fácilmente compartibles pueden terminar reproduciendo el mismo problema que supuestamente queríamos superar. El peligro es sustituir el contenido vacío por una apariencia de profundidad.

Quizá, al final, las redes no sean ni frívolas ni profundas. Son un amplificador de aquello que consigue nuestra atención. Y si cada vez hay más personas utilizando ese amplificador para hablar de literatura, filosofía, ciencia o pensamiento, quizá la pregunta ya no sea por qué Internet se ha vuelto cultureta.

La pregunta es qué dice de nosotros que, después de años de smoothies, outfits y tutoriales de cinco pasos, también queramos hacer scroll para pensar.

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