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Los bloques cebra y el paisaje urbano español

Parece simplemente una moda arquitectónica, pero la proliferación de edificios modernos con franjas blancas y negras podría estar asestando una puñalada a la identidad local de las ciudades.

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03
febrero
2026

Estás a las afueras de tu ciudad. O quizá no tan a las afueras. Ves un edificio construido recientemente. Su fachada alterna bandas oscuras, donde se concentran las ventanas, con otras blancas en los paños ciegos. Miras alrededor y encuentras otros similares. Son los denominados «bloques cebra» y no son únicos de tu localidad. Los puedes encontrar, exactamente iguales, en cualquier otra población española. Aunque, a primera vista, resulten indiferentes (los bloques cebra no son tan «feos» como algunas de las aberraciones del urbanismo de los años 80), los arquitectos critican, precisamente, su falta de personalidad. Como explican desde la cuenta @bloque_cebra: «La cebra no se diseña: se tramita».

Detrás de este perfil de Instagram se encuentra un grupo de arquitectos anónimos que sostienen que estos edificios no solo son anodinos, sino que representan un modelo inmobiliario dañino, que prioriza la rapidez y la rentabilidad sobre la calidad arquitectónica y el urbanismo responsable. Así, los criterios de diseño prescinden de la creatividad para basarse en parámetros económicos y normativos rígidos, clonando en serie un mismo edificio sin atender al entorno (ignorando, entre otras cuestiones, el clima, los materiales tradicionales o el contexto paisajístico de un lugar).

¿El resultado? Las ciudades se vuelven cada vez más iguales, borrando cualquier rastro de identidad local. Además, muchos arquitectos critican que este tipo de edificaciones degrada el espacio público a través de plantas bajas cerradas que fomentan barrios dormitorios y aislamiento peatonal, con manzanas impenetrables que reducen la cohesión social.

Las críticas a los bloques cebra sostienen que estos ignoran el clima, los materiales tradicionales y el contexto paisajístico

No obstante, este tipo de construcción ofrece indudables ventajas económicas que explican su proliferación en España: favorece una construcción rápida gracias a la prefabricación e industrialización de las fachadas (con hormigón polímero, paneles lacados…) lo que reduce costes y tiempos. La estandarización y la repetición en serie abaratan la fabricación. Desde un punto de vista funcional, el diseño estandarizado también facilita el cumplimiento de las regulaciones sobre eficiencia energética, ventilación o aprovechamiento de la luz natural.

Además, saben venderse bien. Incorporan pequeños detalles que aportan una sensación de sofisticación: un revestimiento que imita la textura de la madera, césped artificial en la terraza, a veces también piscina o pista de pádel comunitaria… Porque, como ya vimos, uno de los grandes problemas que se achaca a esta arquitectura es que se construye «de espaldas a la calle». Se trata de urbanizaciones valladas que ofrecen múltiples servicios en el interior, prescindiendo de bajos comerciales y orientando las vistas hacia los patios internos, anteponiendo la privacidad sobre la convivencia. La publicidad inmobiliaria traslada el discurso de la pertenencia local al lujo asequible, equiparando torres y fachadas modernas con progreso.

Como explica el arquitecto Javier Couto al periódico Metropolitano: «El bloque cebra es la deshumanización completa de la ciudad, le roba la identidad». Algo que viene a exacerbar un proceso continuo de deshumanización experimentado por las ciudades en los últimos años, donde la arquitectura hostil, la gentrificación o la privatización de los espacios públicos, expulsan a los habitantes y homogenizan los paisajes.

En este contexto, los bloques cebra son una herramienta más para generar barrios intercambiables, menos reconocibles y en los que es menos probable que brote el sentimiento de comunidad. Una manifestación de lo que el geógrafo Francesc Muñoz denominó  «urbanalización» (uniendo los términos urbanización y globalización): las ciudades se transforman en productos consumibles estandarizados y producidos en masa, donde las singularidades son mercantilizadas y el resto de la ciudad se convierte en un paisaje canjeable.

Estos procesos no solo provocan la degradación urbana y la pérdida de identidad, sino que además convierten un lugar que debería ser de encuentro en un espacio impersonal, que desconecta al individuo y erosiona los lazos comunitarios, impactando de forma directa en el bienestar psicológico de los ciudadanos.

Para hacerle frente, es preciso apostar por un urbanismo a escala humana, que sitúe a las personas en el centro del diseño de las ciudades, priorizando la interacción social y la calidad de vida sobre la eficiencia técnica o el lucro económico. A través de calles estrechas y peatonales, edificios singulares de pocas plantas, plazas multifuncionales con bancos amplios y sombra o fachadas activas. Una propuesta que se sitúa en las antípodas de los bloques cebra.

Y, sobre todo, es preciso recordar que la deshumanización de las ciudades no es una realidad inevitable, sino que responde a decisiones políticas y económicas concretas. Por eso, puede cambiar si los residentes se organizan y exigen participar en el diseño urbano.

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