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Crisis de la vida comunitaria, una crisis del tiempo

La escasez real de tiempo, o simplemente la percepción de no disponer de él, deteriora nuestros vínculos con la familia, con el barrio, con las amistades y con la comunidad.

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03
septiembre
2026

Llegas con unas amigas de vacaciones a Asturias y, al entrar en el hotel, os preguntan si tenéis cinco minutos para explicaros el mapa de la zona. La respuesta es: «No tenemos tiempo». Repetimos esta frase una y otra vez para justificar una comida que aplazamos, una llamada que no devolvemos, una reunión vecinal a la que no asistimos o una quedada con amigos que nunca termina de concretarse. La escasez real de tiempo, o simplemente la percepción de no disponer de él, deteriora nuestros vínculos con la familia, con el barrio, con las amistades y con la comunidad, como señala Daniel Fernández de Miguel, profesor de la Universidad Carlos III y organizador del ciclo «Sin tiempo: filosofía de la vida apresurada», celebrado en el Ateneo de Madrid. ¿Y si la crisis de la vida comunitaria y democrática fuera, en realidad, una crisis del tiempo?

Vivimos en una paradoja. Nunca habíamos contado con tantas herramientas para ahorrar tiempo y, sin embargo, nunca habíamos repetido con tanta frecuencia que no lo tenemos. Disponemos de transportes más rápidos, inteligencia artificial, compras instantáneas, teletrabajo y acceso inmediato a la información. La tecnología nos ha liberado de muchas tareas, pero el tiempo que ganamos suele ocuparse de inmediato con nuevas exigencias. Respondemos correos fuera del horario laboral, convertimos el ocio en una oportunidad para producir o evadirnos en exceso y llenamos cualquier espacio vacío con un nuevo estímulo. Y estos comportamientos están lejos de apostar por lo comunitario. Hemos ganado velocidad, pero no necesariamente disponibilidad para los demás.

La sensación, real o percibida, de falta de tiempo no depende solo de la agenda, sino también de una forma de estar en el mundo. Hartmut Rosa afirma que la característica central de las sociedades contemporáneas es la aceleración permanente de nuestro ritmo de vida. Saltamos de una notificación a otra, de un mensaje a otro, de una pestaña a otra. La multitarea se ha convertido en nuestra forma habitual de funcionamiento, con un elevado coste cognitivo para nuestro cerebro. Cuando la atención se fragmenta, también se fragmenta la posibilidad de procesar lo que vivimos. Estamos informados, pero dispersos. Conectados, pero distraídos. Ocupados, pero ausentes. Y esta aceleración acaba entrando en nuestro diálogo interior. Como señala Byung-Chul Han, ya no necesitamos que alguien nos vigile desde fuera. La exigencia se ha interiorizado. Aparecen pensamientos como «no llego», «debería hacer más», «tengo que aprovechar mejor el tiempo.

Quizás, la pregunta correcta no sea cuánto tiempo tenemos, sino qué estamos haciendo con él y cómo lo experimentamos, como señala Alejandro Cencerrado, investigador del Instituto de la Felicidad de Copenhague. Dos personas pueden disponer exactamente de las mismas horas libres y vivirlas de manera completamente distinta. La experiencia subjetiva del tiempo es tan importante como la cantidad objetiva de tiempo disponible. Una puede dedicarlas a actividades significativas y compartidas; otra puede invertirlas en distracciones constantes. Muchas personas tienen la sensación de que hacen cada vez más cosas y, sin embargo, saben menos hacia dónde se dirigen. José Antonio Marina ha insistido en que una vida humana necesita dirección. Uno de los problemas de nuestra época es la dificultad para construir un proyecto que otorgue continuidad y sentido a nuestras acciones. Los días dejan de formar parte de una historia coherente. Perdemos profundidad. Nos cuesta tolerar el aburrimiento, la espera y el silencio. Nos cuesta estar presentes. La vida se llena de actividad y se vacía de significado.

En las consultas de psicología aparecen personas cuya principal dificultad es una agenda imposible y falta de tiempo; y otras cuyo principal problema es la ausencia de vínculos significativos. No son necesariamente problemas distintos. A veces, el problema es no tener con quién compartir el tiempo. O no saber para qué emplearlo. Quizá por eso determinados acontecimientos transforman radicalmente nuestra relación con el tiempo. Una enfermedad propia, la enfermedad de un ser querido, una pérdida importante o incluso experiencias colectivas como la pandemia tienen la capacidad de interrumpir de golpe la lógica de la aceleración. De pronto, aquello que parecía urgente pierde relevancia y lo verdaderamente importante —el cuidado, la presencia, los vínculos— recupera su lugar.

La amistad, la vida vecinal, las asociaciones, el voluntariado o el simple hábito de conversar requieren tiempo compartido

Una de las grandes víctimas de esta aceleración es la comunidad. La amistad, la vida vecinal, las asociaciones, el voluntariado o el simple hábito de conversar requieren tiempo compartido. Requieren presencia. Exigen encuentros repetidos, atención y disponibilidad emocional. Cuando la aceleración convierte el tiempo en un recurso escaso, esos vínculos empiezan a deteriorarse. Cuidar deja de verse como una necesidad humana básica y comienza a percibirse como un lujo. Además, el poco tiempo libre que nos queda suele estar ocupado por otras exigencias o por formas de ocio que difícilmente generan sensación de pertenencia, como estar con los teléfonos móviles, consumir series o engancharse a plataformas digitales. No se trata de demonizar estas formas de ocio, sino de preguntarnos qué ocurre cuando una parte creciente de nuestro tiempo libre deja de ser un tiempo compartido.

El problema no es únicamente que tengamos poco tiempo, sino que cada vez disponemos de menos tiempo no instrumentalizado: tiempo que no tiene que servir para producir, consumir, avanzar o entretenernos. La comunidad necesita precisamente ese tiempo. El de una conversación que se alarga, el de una reunión vecinal que no parece eficiente, el de acompañar a alguien, el de conocer al vecino o simplemente el de estar disponibles para los demás.

Y lo que ocurre con la comunidad también ocurre con la democracia. La crisis del tiempo puede convertirse también en una crisis de participación democrática. La democracia necesita ciudadanos que dispongan de tiempo para informarse, deliberar, organizarse y confiar unos en otros. Participar en la vida pública exige tiempo para asistir a reuniones, colaborar con otros y sostener proyectos colectivos. Cuando la experiencia cotidiana está marcada por la prisa permanente, la ciudadanía corre el riesgo de convertirse en una mera espectadora.

Las soluciones deben plantearse en varios niveles. Necesitamos medidas estructurales que protejan el tiempo para cuidar, convivir y participar: políticas de conciliación reales, organizaciones laborales saludables y medidas que reconozcan el valor social del tiempo. Necesitamos también una recuperación de los espacios comunitarios, como asociaciones, iniciativas vecinales, lugares de encuentro y proyectos compartidos. Pero hay una dimensión personal que tampoco podemos ignorar. Recuperar conversaciones, reservar tiempo para los vínculos, poner límites, definir prioridades, aprender a centrar la atención en lo importante y recuperar la presencia.

La comunidad necesita tiempo compartido, atención y vínculos. No todo encuentro tiene que ser útil, no toda conversación tiene que llevar a alguna parte y no todo tiempo compartido es tiempo perdido. Tal vez construir comunidad consista en estar disponibles para los demás sin sentir que estamos perdiendo el tiempo.

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