Eva Millet
«Nos han hecho creer que para ser buenos padres debemos estar todo el día encima de nuestros hijos»
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Se les puede ver en cualquier calle y, por supuesto, en las puertas de cualquier colegio, centro de extraescolares o espacio de deporte de base, son padres y madres hipercentrados en sus criaturas, que podrían escribir una tesis doctoral al momento sobre los beneficios de una metodología de crianza frente a otra o que gestionan un atiborrado Google Calendar de actividades. Sufren de ‘Hiperpaternidad’, el mal al que Eva Millet puso nombre en el título de su primer libro. El ensayo cumple este año una década, pero sus conclusiones siguen siendo válidas.
Hablas en el libro del concepto de «managers de nuestros hijos». Es como si los padres y madres se hubiesen convertido en el equivalente a los agentes de los famosos, que les llevan la agenda, les buscan oportunidades y están siempre hipervigilantes para que a su celebridad no le pase nada.
Sí. Como padres debemos proteger a nuestros hijos, quererlos y atenderlos, pero, debido a una serie de circunstancias, como un mercado brutal de la crianza, una sobreinformación y la influencia de las redes, nos han hecho creer que para ser buenos padres debemos estar todo el día encima de nuestros hijos, ejerciendo de padres mayordomo, de madres chófer, de padres manager, de madres asistentes personales y de padres helicóptero. Ese era el punto de partida de mi libro y esto sigue en alza. Y, en esta última década, la influencia de las redes sociales ha ido en aumento y esto también está repercutiendo en la forma de criar.
«La influencia de las redes sociales ha ido en aumento y está repercutiendo en la forma de criar»
¿Se olvida que las redes sociales muestran un mundo de color de rosa, en el que no se ve el momento de la rabieta?
Para empezar, las madres y padres influencers hacen una cosa horrible, que es mostrar la vida de los niños desde el momento en el que son concebidos. Cuelgan la ecografía del bebé. Ya en 2016 hablaba del sharenting y decía que se debía respetar la privacidad de los niños. Este tema se empieza ahora a tratar más. Aunque se está intentando regularlo, me sorprende que siga ahí, erre que erre. Por otro lado, las redes sociales son un poco como como el ¡Hola!, que una semana están en portada muy felices y al mes están divorciados. Te están dando una visión curada, editada, de una familia que no tiene nada que ver con la realidad. El problema es que esto crea sensación de inseguridad en muchas madres, de que no pueden hacerlo tan bien. Es esa cultura de la comparación del hipercapitalismo, que resulta muy nociva para criar a un niño, porque todos los padres intentamos hacerlo lo mejor posible. La perfección en la crianza es la mejor receta para la infelicidad, porque la perfección no existe.
En el libro mencionas una cuestión muy conectada con esto que es la obsesión actual por los niños perfectos, el niño que va a violín, la niña que es un as del fútbol y todos sacan buenas notas y hablan mandarín.
La pregunta es la de qué apareció antes, si el mercado o la demanda. Hoy, existe un hipermercado de la crianza en el que te ofrecen todo tipo de productos, de expertos, de cursillos o de escuelas para hacer de tu hijo lo que tú quieras. Existe la idea de modelar al niño desde el minuto cero. Creo que es muy perjudicial, porque cada niño es su propia persona. Debemos ayudarles a encontrar su camino, no dictárselo. Por un lado, está esta megaoferta, pero por otro está el narcisismo parental, esa idea de la hiperpaternidad de que el hijo es tu reflejo, que sus triunfos son un reflejo de los tuyos como padre o como madre. Ahí están los hiperniños, con todo lo que supone ser criado con tantas expectativas y presión. Crea una ansiedad bastante notable.
«La perfección en la crianza es la mejor receta para la infelicidad, porque no existe»
Al final se olvida que la mayor parte de la gente somos término medio y que es estupendo.
Claro, perfectamente. Esa idea de que nuestros niños son especiales. Cuando tienes a tus bebés, claro que se te cae la baba, pero esto no quiere decir que todo el mundo deba compartir esa devoción. En la historia de la humanidad ha habido muy pocos genios. Siempre abogo por lo que decía Donald Winnicott, el ser una madre lo suficientemente buena. Winnicott se dio cuenta de que, en los años 50, las madres anglosajonas tenían mucha presión por hacerlo muy bien y él abogaba por una relajación, por aspirar a hacerlo lo suficientemente bien. También abogaba por empezar a frustrar un poco al niño, para que comience a tolerar la frustración. Esto ahora es casi como una herejía, porque la madre debe estar al servicio del niño todo el tiempo, razonarle todo y nunca decirle no.
Cuentas de hecho en Hiperpaternidad que existen un montón de niños y niñas frustrados porque no saben gestionar, justamente, ese sentimiento y que sus padres explican que tienen «baja tolerancia a la frustración».
La primera vez que lo oí fue en un parque, cuando un niño me dio un puñetazo en el estómago. Lo cierto es que todos tenemos de serie baja tolerancia a la frustración. La vida (crecer, madurar) es aprender a tolerar esa frustración. Es imposible que no tengamos frustraciones. No se trata de educar como los espartanos, pero sí que hay que empezar a educarlos en tolerarla porque no todo sale como uno quiere en la vida. Al no enseñárselo, estás creando personas mucho más vulnerables.
«Existe un hipermercado de la crianza en el que te ofrecen todo tipo de productos, expertos, cursillos, para hacer de tu hijo lo que tú quieras»
Has identificado en los parques una figura muy española, la del padre, madre o abuelo bocadillo, que persigue a su criatura bocadillo en mano para que coma. ¿Esto demuestra que esta hiperpaternidad es un problema global, aunque siempre lo asociemos a Estados Unidos? Esto es, ¿ha pivotado ya cómo se educa en España?
Sí, total. Empecé a interesarme por estos temas, como madre y periodista, hace décadas. Siempre he seguido la prensa anglosajona y allí se empezaba a hablar a principios de 2000 del hyperparenting y de los helicopter parents. Mi primer artículo en La Vanguardia sobre esto se titulaba Debemos dejarlos en paz y tuvo tanto éxito que de ahí salió el libro. Al principio, hablaba de esto como un fenómeno que nacía en Estados Unidos, pero lo cierto es que se ha trasladado a nuestra cultura con la misma rapidez con la que lo hace todo lo que se gesta allí. A nivel cultural nos exportan sus hábitos, como el Black Friday y las fiestas de graduación. La hiperpaternidad latina tiene sus características propias, como los padres bocadillo, que radica en nuestro miedo a que, si no meriendan, se morirán de hambre. Se le sostiene pacientemente el bocadillo al niño, que está jugando o hablando con sus amiguitos y de vez en cuando se digna cual príncipe y gira, da un mordisco y sigue con su actividad. En este gesto, le estás diciendo al niño que «sin mí tú no puedes comer el bocadillo». Ni el último emperador de China tenía a alguien así. Abogo por, si no comen, que hagan lo que me dijo una madre en una charla, que se lo comía ella. El bocadillo lo puedes traducir por esos padres que atan los cordones de sus hijos de 10 años o los que les siguen cortando la carne o pelando la fruta, cosas que ellos ya deberían ser capaces de hacer. Educar es ir dejando ir poco a poco y conseguir gente que sea autónoma e independiente, porque, si uno no es autónomo y no es independiente, no es feliz. Debes ser libre y ser capaz para llevar tu propia vida. Es muy contradictorio, porque por un lado está esa obsesión de los padres actuales de que su hijo sea feliz y por otro la gente dependiente no lo es.
«Educar es ir dejando ir poco a poco»
¿Y cómo llegó ese modelo a España? ¿Cómo penetró en la cultura popular?
Creo que la primera razón es puramente demográfica. Tenemos cada vez menos hijos y tener uno se convierte en un proyecto muy pensado, porque también los tenemos cada vez más tarde. Ya hemos viajado, ya hemos trabajado y ya hemos vivido. Ahora este niño va a ser el proyecto. Es muy interesante la idea de la madre a tiempo completo, que también llega desde Estados Unidos. Por otro lado, antes había muchos hermanos. Ahora, todas las expectativas están puestas en ese crío. Además, ese crío está rodeado por un mercado enorme que promete hacer de él lo que sea, a nivel escuela, extraescolares o expertos. Ahora es normal que los padres lleven un Excel para hacer una comparativa de escuelas y hay consultores de sueño, de lactancia e incluso de juego. Yo esto lo había leído hace años en un libro sobre las ricas de Nueva York, pero ahora hay personas [en España] a las que les pagas 50 euros y te dicen «mira, juego y naturaleza, eso es lo que debes hacer con tu bebé». Se ha profesionalizado algo que era muy natural, el ser madre o padre. Igualmente es muy interesante el rechazo a las generaciones anteriores, esa ruptura con la forma en la que fuimos criados. Se pierde el apoyo de la familia, que es algo también muy estadounidense. En EE.UU., las familias extensas ya no existen. Aquí está pasando lo mismo, la familia es cada vez más nuclear: los padres, los niños, los expertos y, como remate, los influencers. Además, existe el factor culpabilidad de los padres. ¿Cómo no voy a darle esas vacaciones maravillosas? ¿Cómo no va a ir a esa escuela tan especial a la que va el hijo del vecino o tener ese profesor particular para mejorar sus resultados académicos? A la inseguridad natural de padres y madres se une la angustia de que los otros lo están haciendo mejor (lo ven cada día en las redes) y de que el futuro laboral del hijo es muy complicado y competitivo. Así que la respuesta, que se hace con la mejor de las intenciones, es prepararlo para lo que viene invirtiendo ingentes cantidades de recursos. La hiperpaternidad es un modelo habitual en clases medias y altas. El problema es que en esta carrera por hacer el hijo perfecto y multidisciplinar se están olvidando otras competencias básicas, como la tolerancia a la frustración, la capacidad de esperar (hoy todo es «ya ya») y el ejercicio de la valentía, fundamental para la vida.
«Se están olvidando otras competencias básicas, como la tolerancia a la frustración, la capacidad de esperar y el ejercicio de la valentía»
De hecho, otro dato que comentas en el libro es que se ha generado una generación de niños y niñas muertas de miedo. Recoges el testimonio de una experta que te cuenta que nunca había visto a niños con tantos miedos paralizantes. ¿Ha fallado el mundo hiperseguro que se ha construido para ellos?
El miedo es una emoción fundamental y la necesitamos porque, si no, no hubiéramos sobrevivido hasta ahora. El problema es que, si no te dejan experimentar, si no te dejan enfrentarte a tus pequeños problemas del día a día (me he peleado con un amigo o estudiar solo para el examen) y si no te han dejado nunca empezar a ser autónomo, pues estás lleno de miedos. Otro aspecto fundamental de las crianzas de hoy es que tengan estas agendas de ministro. En parte son debidas a la necesidad de conciliación, por supuesto eso no lo niego. El problema es que los niños de hoy no están jugando. El juego es la mejor actividad infantil para afrontar la vida y te enseña a lidiar con la ansiedad, con el miedo. La falta de tiempo de juego libre, sin estructurar, es un problema del primer mundo.
«El juego es la mejor actividad infantil para afrontar la vida»
Me fascina que las niñas y niños de hoy no sepan aburrirse.
Bueno, es que los padres tampoco sabemos. Es interesante, porque por un lado queremos que sean muy creativos, pero por otro no les dejamos tiempo para que aprendan a serlo. Muchas veces la creatividad surge del propio aburrimiento, de esa tarde sin planificar. El problema actual es que los niños tienen sus vidas superplanificadas porque, y esto es muy interesante y también algo que viene de Estados Unidos, no tener tiempo es un signo de estatus. Si tú dices que un fin de semana no tienes planes, casi es que has fracasado. Esto se está trasladando ya a los niños. Esto crea mucho estrés, algo que también les estamos trasladando, y los niños, cuando son niños, deben dormir, comer, jugar e ir al colegio, que ya son bastantes cosas. Y salir a la naturaleza.
Este modelo es problemático, pero el de hace unas décadas de «al niño hay que verlo, pero no oírlo» tampoco era el más saludable. ¿Cómo se encuentra el equilibrio, el término medio?
Volvamos a Donald Winnicott y a la idea del padre o la madre lo suficientemente buena. Volvamos a la idea de que el amor es fundamental para una buena crianza, pero también lo son los límites. Llevo 20 años escribiendo sobre esto y los límites siempre aparecen como la herramienta fundamental. Hay que estar pendientes de nuestros hijos, pero no hay que estar hiperpendientes. Hay que empezar a dejar ir, observar sin intervenir a la mínima, dejar que se equivoquen y que tomen sus propias decisiones. O sea, hay que ir poco a poco soltando lastre, porque educar es dejar ir. Nuestra tarea como padres es crear personas independientes, siempre sabiendo que nos tienen ahí para un problema serio y para ayudarlos. Es difícil y lleva tiempo. Nos hemos acostumbrado a tenerlo todo a golpe de clic y pensamos que ese niño perfecto va a salir, pero los hijos crecen y te dan sorpresas. Hay que confiar en uno mismo y sus capacidades y en las de los hijos. Y tener paciencia, porque esto es a largo plazo.
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