TENDENCIAS
Pensamiento

Filosofía de la belleza

¿Qué cualidades descubrimos en aquello que consideramos bello? ¿Por qué algo destaca entre sus iguales y suscita en nosotros un intenso placer, un altísimo deleite, una entrega capaz de cambiar nuestra relación con el mundo? La filosofía ha intentado adentrarse en el misterio de la belleza para entenderla y explicarla.

Artículo

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
04
septiembre
2026

Artículo

El Discóbolo de Mirón. O la Victoria de Samotracia. El Adagio para cuerdas de Barber. Notre-Dame. El Cántico espiritual, de San Juan de la Cruz. Algunos versos. «Ningún hombre es una isla». La escena final de Blow up! Los Lagos de Plitvice. El rostro de Greta Garbo. El de Gary Cooper. Pero también El Jardín de las Delicias. Las pinturas de Bacon. Las tormentas de Turner. Las Variaciones para orquesta, de Schönberg. Las performances de Marina Abramović. Lo bello. Sus manifestaciones.

Por muchos que sean los objetos, los paisajes, los semblantes o los gestos vitales que calificamos como bellos, por numerosas ocasiones en las que utilicemos este adjetivo, la dimensión de misterio a propósito de qué es la belleza permanece intacta, aunque no siempre hemos pensado igual acerca de ella.

Si bien las culturas más antiguas fueron sensibles a la belleza (basta reparar en la cantidad de obras de arte que nos legaron) es en la Antigua Grecia cuando, por vez primera, se reflexionó sobre ella, distinguiendo la experiencia sensible de lo bello de la idea de belleza.

Platón, de nuevo y siempre. El origen del pensamiento occidental. En su diálogo Hipias Mayor, conocido como ¿Qué es lo bello?, Sócrates lo define tanto como lo que resulta agradable a los ojos (kalós) como aquello que es útil y cumple su cometido. De ahí que «un puerto es bello». Y de lo concreto, de la belleza como conveniencia o placentera para los sentidos, a lo bello en sí, cuestión que queda irresuelta en la conclusión socrática de que «lo bello es difícil». Siglos después, el poeta Antonio Gamoneda añadirá un exquisito matiz: «La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes». En otro de sus diálogos, El banquete, Sócrates cuenta cómo la sacerdotisa Diotima le enseñó que el amor existe para hacernos gozar de la belleza. Es en este texto en el que se forja la trinidad indisoluble entre belleza, bien y verdad. Para Platón, finalmente, la belleza se desliga de la servidumbre de los sentidos, perteneciendo al mundo de las ideas, eternas e inmutables.

Lo bello, según Pitágoras, reproducía el cosmos e imitaba la música de los cuerpos celestes al moverse

De entre los clásicos, Pitágoras reflexionó mucho a propósito de la belleza, para quien era una cuestión de proporción, armonía y orden numérico. Lo bello reproducía el cosmos, y al hacerlo imitaba la música que engendraban los cuerpos celestes al moverse. Para los pitagóricos, la belleza no es subjetiva, sino el resultado de una combinación numérica proporcionada.

El concepto de belleza aristotélico supone una síntesis entre el idealismo platónico y la dimensión matemática de Pitágoras: se expresa en un equilibrio que puede formularse en número y, al tiempo, contiene una gracia que lo distingue (Barthes, siglos después, lo llamaría punctum, esa resonancia íntima que no sabríamos explicar). «Es bello lo que es valioso por sí mismo y lo que a la vez nos agrada», apunta Aristóteles.

La dimensión sagrada de lo bello

Plotino argumenta que la belleza es un encuentro entre quien mira y lo mirado. En ese encuentro ambos participan del ideal, de lo divino. Lo bello adquiere, pues, una dimensión religiosa, que será retomada más tarde, durante la Edad Media, cuando la belleza vuelve a despertar el interés de los pensadores.

Con la cristiandad como sistema de cohesión en la Europa occidental, la belleza queda de nuevo ligada al triunvirato propuesto por Platón. Lo bello tiene que ser, por naturaleza, lo bueno, y al tiempo, lo verdadero. Eso argumenta, siglos después, Simone Weil, para quien la belleza es el camino que conduce a lo sagrado, al amor puro, a la verdad.

Del Renacimiento es la metáfora de la belleza como claritas, es decir, como resplandor, capaz de mostrar la proporción de las partes respecto del todo, o sugiriendo lo sagrado como «una presencia real» en aquello que se nos muestra bello. George Steiner retomará más tarde este concepto, «presencias reales», para demostrar que el lenguaje mismo conduce a Dios.

Será en el siglo XVIII cuando se distinga la belleza autónoma, fruto de una experiencia subjetiva, de la belleza normativa

Lo bello. Ese nescio quid, ese «no sé qué» que Petrarca toma de San Agustín para definirlo. Esa noción implica un sujeto preocupado por descubrir el enigma. Un concepto nuevo se asoma: el gusto. Y una concepción distinta se asienta: la belleza en estrecha relación con el arte, sintetizada por Leon Battista Alberti, que recoge las ideas formuladas por Dante, Boccaccio o el propio Petrarca y que dignifica el papel del artista como hacedor de lo bello. Lo bello se comienza a desvincular de lo divino. Es el artista quien, de manera casi mediúmnica, encuentra la gracia, ese no sé qué, y es capaz de plasmarla en su obra.

Será en el siglo XVIII, con la publicación de un ensayo de Baumgarten, padre de la estética moderna y discípulo de Leibniz, cuando se distinga la belleza autónoma, fruto de una experiencia subjetiva, de la belleza normativa, aquella que responde a un ideal codificado por determinadas reglas y convenciones.

La belleza que hiere

Stendhal visitó en 1817 la basílica de la Santa Croce en Florencia. La disposición y altura de sus naves góticas, la conjunción renacentista de pinturas y esculturas, las tumbas que custodia en su interior (Galileo, Miguel Ángel) provocaron al escritor francés taquicardias, mareos, ansiedad, originando el síndrome que lleva su nombre. Lo bello en exceso enferma. La belleza hiere.

El filósofo romántico Burke, en su libro De lo bello y lo sublime, apuntala una faceta hasta entonces desconocida de la belleza, su dimensión sobrecogedora, casi monstruosa. Es el reverso de lo bello que, no obstante, también es bello. Los naufragios. El borde de un acantilado. El mar de noche. El fuego cuando devora.

Eugenio Trías sitúa la belleza en un espacio fronterizo entre lo visible y lo oculto, lo luminoso y lo siniestro

Kant observa que lo bello se escapa, tozudo, de cuanto quiera clausurarlo, así que sabiendo que no puede incurrir en la relatividad de la belleza (ha de haber algo que la universalice), propone que el juicio estético, lo que determina que algo es o no bello, no sea determinante sino «reflexionante». Al no encontrar fuera de sí un principio que le permita alcanzar la necesaria universalidad, la facultad de juzgar vuelve sobre sí para pensarse ante lo bello, lo que nos permite entender el juicio de otro, aunque no coincida con el nuestro. Lo bello, pues, es una convención, «es lo que place sin interés y sin concepto, y es objeto de una satisfacción necesaria, no en virtud de sus características formales, sino por el modo en que nuestras facultades de ponen libremente de acuerdo entre sí». Por esto, para Hegel no tiene sentido hablar de la belleza fuera del mundo del arte. Es el «contenido espiritual» de la obra lo que le interesa. Ya intuía la banalización del arte. De la belleza.

Entrados en el siglo XX, destaca la reflexión de Heidegger, quien vincula la belleza a la verdad. Esta surge cuando la obra de arte revela «el mundo». Benjamin, por su lado, explica que lo que da cuenta de la belleza es el aura, concepto que recuerda a la gracia medieval y que define como «la aparición única de una lejanía». Belleza áurica.

Eugenio Trías sitúa la belleza en un espacio fronterizo entre lo visible y lo oculto, lo luminoso y lo siniestro. Lo siniestro, condición y límite de lo bello. La experiencia de la belleza no puede desanudarse de cuanto parece negarla. De ahí que siempre cite los versos de Rilke: «Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar».

No lo siniestro sino lo vulgar. Esto es, a juicio de Javier Gomá, lo que define nuestra época. Lo vulgar. La antítesis de lo bello. De ahí que para Byung-Chul Han, la belleza esté en crisis, al haber sido sustituida por una estética de lo pulido, de lo falseado, que persigue únicamente el consumo rápido de un placer chato. Tal vez sea el momento de seguir la recomendación de André Maurois: «Cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar intensamente una cosa bella».

ARTÍCULOS RELACIONADOS

La filosofía del amor

Esther Peñas

La búsqueda de lo sublime, motor del sentido... Desde la Grecia Antigua ha sido motivo de cavilación de los filósofos.

Filosofía de la naturaleza

Esther Peñas

Diversos pensadores, a lo largo de los siglos, han reflexionado sobre la relación del ser humano y la naturaleza.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME