COVID-19: la hora de la reconstrucción

Antes de la pandemia, el mundo giraba con prisa y sin pausa. Ahora, el coronavirus ha puesto en una nueva órbita a la humanidad, que busca a contrarreloj las soluciones para volver a su movimiento eterno y constante. Quizá, eso sí, a otra velocidad.

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Javier Muñoz
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06
May
2020
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Javier Muñoz

En enero de 2020, el planeta parecía bailar al son de un nuevo compás. Con la reminiscencia latente de la felicidad y locura que vivieron nuestros antepasados exactamente un siglo antes, estrenábamos una nueva década. Los países, inmersos en la culminación de una Agenda Global para la prosperidad y con la revolución digital como telón de fondo, parecían contar con el escenario idóneo para ensayar nuevas y urgentes vías de desarrollo sostenible para el planeta y sus habitantes. De pronto, como si un director de orquesta marcase el final abrupto de un intenso movimiento, el COVID-19 entró en escena despojándonos, incluso, de la batuta. Se ha hecho el silencio. Los Gobiernos han cerrado sus fronteras, paralizado casi todas las industrias y puesto en cuarentena a una sociedad que espera de la ciencia una respuesta. Si en el número anterior de Ethic nos preguntábamos cuáles serían las tendencias que harían rotar el mundo en 2020, en apenas dos meses el coronavirus ha puesto a la humanidad en una nueva órbita.

Los primeros seísmos se produjeron en Wuhan, una ciudad de la provincia china de Hubei. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recibía el aviso de la aparición de un brote epidémico por un nuevo tipo de coronavirus de rápido contagio, que recordaba a otras afecciones respiratorias mortales de finales del siglo pasado como el SARS y el MERS. Siguiendo los protocolos habituales, fue bautizado como COVID-19. Días después, las autoridades chinas impusieron el aislamiento de los más de once millones de habitantes de la región en lo que, fuera de ella, fue visto como una medida excesivamente dura. Sin embargo, que el mundo cambiara de opinión fue cuestión de semanas. Fue la metáfora perfecta de lo que el aleteo de una mariposa puede provocar en un mundo globalizado. De manera asincrónica y desigual, los países comenzaron a activar medidas –más o menos drásticas, pero extraordinarias al fin y al cabo– para protegerse contra el coronavirus, mientras todos se preguntaban cómo no lo vieron venir. Pero esa cuestión no se limita al momento en que la potencia asiática dio la voz de alarma, sino a mucho tiempo antes.

Hace apenas dos años que se cumplió el centenario de la –mal– llamada gripe española, la gran pandemia de 1918 que acabó con la vida de más de 50 millones de personas en un mundo enfangado en la Primera Guerra Mundial. Exactamente un año después de esa triste efeméride, la OMS presentó una nueva Estrategia Mundial contra la Gripe 2019-2030. En ese momento, el director general de la organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, lanzaba el primer aviso: «La amenaza de una pandemia sigue presente. El riesgo de que un nuevo virus de la gripe salte de los animales a los seres humanos y se propague es constante y real. La cuestión no es saber si habrá una nueva epidemia de gripe, sino cuándo ocurrirá. Debemos mantener la vigilancia y prepararnos, porque el coste de un nuevo brote será muy superior al de la prevención».

Fernando Valladares: «Luchar contra el cambio climático es ir al corazón de los problemas de la humanidad»

Aunque ahora puedan parecer nuevas, las declaraciones de Adhanom Ghebreyesus solo recogían las advertencias que la entidad llevaba reiterando desde 2015. El Panel de Monitoreo para la Preparación Global –un grupo de expertos internacional convocado por el Banco Mundial y la OMS– se mostraba aún más tajante en el informe World at Risk 2019. En él se avisaba de que la amenaza de una pandemia de gripe a nivel mundial no solo causaría pérdidas humanas, sino que «trastocaría las economías y desestabilizaría el orden social». También la última edición del Global Risk Report, presentado este enero por el World Economic Forum, recordaba que los antiguos éxitos de la humanidad al superar grandes desafíos en materia de salud no garantizaban estar a salvo en el futuro. «Hoy ningún país está completamente preparado para manejar una epidemia», concluía.

Si bien sus advertencias eran ciertas y la humanidad había sobrevivido a otras grandes y devastadoras pandemias –la lepra, la peste bubónica, la fiebre amarilla, el tifus o el ébola–, también lo era que nunca habíamos contado con tantas herramientas de prevención y curación como ahora. Entonces, ¿cómo hemos llegado a esto?

«Hemos vivido una época de prosperidad sin precedentes y los alardes de la tecnología han sido tan fabulosos que ahora nos parece que es todopoderosa», señala el filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina, para quien la atmósfera de progreso y bienestar que define nuestra era ha podido neutralizar en cierto modo la percepción real de las amenazas. Y remite a la tesis que plantea Yuval Noah Harari en su obra Homo Deus de que los grandes miedos que asolaron antes a la humanidad –como el hambre, la guerra y la peste– han sido superados y sustituidos por objetivos como la felicidad, la inmortalidad y el convertirnos en dioses. «Ese no es el mejor estado de ánimo para pensar en riesgos», concluye Marina.

Por su parte, el filósofo Fernando Savater traslada ese error a la política y señala el infantilismo como uno de los grandes males arraigados en los hombres y algo capaz de nublar mecanismos de actuación frente a problemas colosales como este. Si bien el mismo Harari reflexionaba en un artículo publicado en The Financial Times que «no había ningún adulto en la habitación que supiese gestionar la situación cuando se desató la pandemia», Savater sostiene que, sencillamente, no estábamos dispuestos a creer lo que veíamos. «La comunidad científica llevaba ya años advirtiendo sobre la posibilidad de que se diese esta situación y hemos hecho caso omiso», recuerda el pensador, que reclama la aparición de personas «que puedan afrontar la seriedad de la vida desde un punto de vista adulto».

Recordar para construir

Para ello, la tesis que defiende el sociólogo Steven Pinker de avanzar a través el conocimiento para detectar y eliminar los errores se erige como un faro de esperanza. El humanismo, la ciencia y la razón son para él un motor del progreso y ahora también nos sirven de guía en la lucha contra la pandemia presente y las futuras. A estas alturas, las mayores esperanzas y expectativas residen en la comunidad científica.

Adela Cortina: «En emergencias como esta, necesitamos una hospitalidad cosmopolita»

A corto plazo, los epidemiólogos esperan que las medidas más rígidas ayuden a aplanar, reducir e invertir la curva de contagios. Mientras, laboratorios de todo el mundo investigan a contrarreloj el desarrollo de una vacuna que ayude a controlar futuros brotes. Pero para eso habrá que esperar al menos un año, según las estimaciones más optimistas y, aún así, acabar del todo con esta pandemia no será posible.

Según confirma Alberto García-Basteiro, investigador del Instituto de Salud Global (ISGlobal) que encabeza uno de los estudios del Hospital Clínic de Barcelona contra el COVID-19, se darán nuevas pandemias en el futuro, aunque no se sabe cuándo. El alcance, a su juicio, dependerá de las actuaciones tras esta crisis. «La ciencia y la tecnología son disciplinas que ven resultados a largo plazo, porque desarrollar una vacuna o un tratamiento suponen años de trabajo. Por eso hay que invertir en investigación, para poder ser rápidos cuando se produce una emergencia», señala el experto.

Coincide con él Fernando Valladares, biólogo e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), que sostiene que un primer paso es evitar que los árboles nos impidan ver el bosque… de manera literal: no solamente se trata de combatir el virus, sino de garantizar un medio ambiente que minimice el riesgo de una nueva pandemia. Asimismo, el experto recuerda que esta crisis sanitaria no deja de ser la expresión de otra emergencia sobre la que la comunidad científica lleva décadas advirtiendo: la climática.

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Son muchas las investigaciones que conectan la destrucción de los hábitats y los desequilibrios de nuestros ecosistemas con la salud. Hace poco más de una década, un grupo de expertos de las universidades de Princeton y Cornell y del Bard College publicaron en la revista Nature un extenso estudio que concluía que la pérdida de biodiversidad era un catalizador para la expansión mundial de gérmenes patógenos. A fecha de hoy, vamos camino de perder un millón de especies animales y vegetales en los próximos años como resultado de la actividad humana y del cambio climático, según datos del la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES). Sus consecuencias también nos vuelven vulnerables ante virus como el CO- VID-19, debido a la variación en las migraciones de especies por cambios en los ecosistemas o a la reaparición de enfermedades infecciosas atrapadas durante siglos bajo el hielo de un Ártico que ahora se derrite.

José Ignacio Torreblanca: «Si quieren, las democracias son capaces de tratar con una pandemia de forma eficaz»

«Nuestras actividades producen gases que aceleran el efecto invernadero del mismo modo que empobrecen los procesos ecológicos. Estamos transformando la biosfera, convirtiéndola en un lugar inadecuado para nuestra propia especie. El cambio climático hará cada vez más difícil mantener las condiciones globales para que la humanidad pueda subsistir y hacerlo con niveles adecuados de salud y bienestar», sostiene Valladares, que concluye que «luchar contra la crisis principal, la del cambio climático, es ir al corazón mismo de los problemas que enfrenta la humanidad».

La conexión entre esta crisis sanitaria y la ecológica recuerda los estrechos lazos que unen los colosales retos a los que nos enfrentamos como humanidad. Y para eso ya teníamos un protocolo de actuación: la Agenda 2030, esa hoja de ruta para el desarrollo sostenible que firmaron los miembros de Naciones Unidas en 2015, se construyó precisamente con el fin de hacerles frente. Ahora, a solo diez años de su cumplimiento, esta guía parece haber quedado relegada a un segundo plano ante la urgente amenaza del coronavirus.

El renacer verde de Europa

Por un lado, existe el temor de que las consecuencias económicas de esta crisis sanitaria lleven a ralentizar –o paralizar– el avance de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y con ello rebajar la ambición climática de algunos países. Las sospechas no son del todo infundadas: la Cumbre del Clima, que iba a celebrarse el mes de noviembre en Glasgow y en la que los países debían presentar sus planes de recortes de emisiones, ha sido aplazada hasta 2021.

Pero Europa mantiene que no ha olvidado su objetivo de liderar la lucha contra la emergencia climática. De hecho, con prácticamente todo el continente en estado de alarma, ha nacido la Alianza Europea para una Recuperación Verde. Se trata de una agrupación de más de 180 representantes políticos, grandes empresarios, sindicatos, oenegés y expertos, que han exigido a la Comisión Europea que utilice el Green Deal –el gran acuerdo del Viejo Continente para descarbonizar la economía– como herramienta para salir de la crisis económica que, se augura, será peor que la de 2008.

Emilio Ontiveros: «Si se asumen las restricciones medioambientales, la recuperación será más rápida y más sana»

«El Green Deal será fundamental para la reconstrucción de Europa». Así lo avanzaba a Ethic la vicepresidenta del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica, Teresa Ribera. «El coronavirus reafirma la necesidad de una economía mucho más cuidada y congruente como la que requiere un escenario de lucha contra el cambio climático. No queremos una sociedad que vuelva al pasado, en la que los factores ambientales, la contaminación o los problemas que representa la economía fósil pudiera ser vista como una tentación a corto plazo», sostiene.

Que en el futuro no habría crecimiento posible sin un desarrollo sostenible tampoco es nuevo: ya se firmó en los Acuerdos de París. No obstante, ante una crisis como esta –que golpeará con más fuerza a los más vulnerables–, la activación de los mecanismos de una transición justa será esencial. «El impacto de esta crisis no es excusa para plantear un modelo de crecimiento irresponsable. Tenemos lecciones de sobra a lo largo de la historia del inmenso error que esto supone», advierte la vicepresidenta, que señala a la economía baja en carbono como única vía para garantizar un progreso más justo y equitativo, además de rentable.

La mirada cortoplacista que apostaba por el crecimiento desorbitado es la que durante años ha alimentado una dinámica de producción y consumo desmedido que ahora amenaza la prosperidad global. Por eso, el economista Emilio Ontiveros sugiere que es ahora más que nunca cuando el Green Deal tiene que ser esa gran palanca. «El Pacto Verde es esencial porque permite corregir ese exceso de destrucción de las condiciones de vida en el planeta y también porque significa invertir en tecnologías sostenibles. Ahora no tenemos más remedio que generar inversiones que hagan el planeta más habitable. No hay que esperar, ya llegamos tarde. Hagámoslo ya».

En este sentido, Ontiveros rechaza la tentación de dejar la descarbonización para más tarde y seguir creciendo sin pisar el freno. «Si se asumen las restricciones medioambientales y las inversiones consecuentes con las mismas, la recuperación no solo será más rápida, sino que será más sana», señala.

El peligro de un repunte nacionalista

Al menos desde la presentación del Green Deal, Europa se ha convertido en buque insignia de la nueva era verde. Sin embargo, este se ve temporalmente varado por el resurgir de tensiones en plena pandemia. Ha sido la dificultad inicial de la Unión Europea para afrontar la crisis con rapidez y unidad lo que ha despertado viejos temores y malos augurios sobre el futuro de la institución. Para el politólogo José Ignacio Torreblanca, la actitud de países como Holanda y Alemania –que a priori se han mostrado reticentes al rescate de sus vecinos más afectados, como Italia y España– ha reabierto una brecha emocional entre el norte y el sur: es imposible no acordarse de la gran crisis de 2008, cuyos ecos aún resuenan, que dejó un escenario terrible en el que se reavivaron los prejuicios nacionales y los estereotipos más viejos, improductivos y dañinos.

Alberto García-Basteiro: «Hay que invertir en investigación para poder ser rápidos cuando se produce una emergencia como esta»

El cierre de las fronteras para evitar la expansión del contagio fue el primer indicio de algo contra lo que Europa lleva tiempo librando un pulso: el triunfo del brexit en Reino Unido, el ascenso de Marine Le Pen en Francia, el separatismo en Cataluña… Lejos de ser nueva, se trata de una dinámica conocida. «En los orígenes del proyecto europeo estábamos huyendo o alejándonos del nacionalismo y, sin embargo, cada vez que nos encontramos con una crisis –sea de refugiados, sea económica, sea como en este caso sanitaria–, aparece el instinto de replegarse», explica el politólogo. Pero el experto se muestra optimista y considera que, quizá, la manera de evitar que esa separación resurja es dándonos cuenta de que esta emergencia no entiende de fronteras y nos afecta a todos por igual.

Ante este posible escenario de desunión, la filósofa Adela Cortina recuerda que estos riesgos –y los que vendrán– no existen solamente en cada una de nuestras sociedades y naciones. «Somos un universo donde estamos entrelazados, unidos y somos interdependientes, por lo que los problemas debemos enfocarlos desde un punto de vista mundial. Es precisamente en emergencias como esta cuando nos damos cuenta de que es más necesaria que nunca lo que yo llamo hospitalidad cosmopolita», receta la pensadora.

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El problema no solo está en Europa: la sombra de la desunión se alarga más allá del Viejo Continente. Estados Unidos, que en crisis anteriores asumió un papel de liderazgo mundial, ahora ha renunciado a él y ha dinamitado toda posibilidad de recuperarlo. Tras intercambiar acusaciones con su homólogo chino –y rival comercial–, Xi Jinping, a inicios de la pandemia, el Gobierno de Donald Trump prohibió de manera unilateral y sin previo aviso los vuelos con Europa. Luego intentó, sin éxito, comprar los derechos de una vacuna a un laboratorio alemán y, recientemente, ha acusado a los países europeos de aprovecharse de Estados Unidos.

«El gobierno estadounidense ha dejado bien claro que la grandeza del país le importa mucho más que el futuro de la humanidad», sentenciaba Harari en su artículo del Times. Pero esta no es la primera vez. En 2017, la potencia norteamericana ya rechazó llevar el estandarte de la revolución verde al abandonar los Acuerdos de París. Sin embargo, si bien en aquella ocasión la República Popular China se ofreció a liderar la carrera por las energías renovables, su rol en el nuevo orden mundial deja más dudas que certezas.

Un nuevo orden mundial

Aunque China fue el origen del contagio y la primera potencia en reaccionar, sus drásticas medidas de contención han logrado frenar rápidamente la curva de contagios. La eficiencia de su gestión ante la crisis ha abierto un debate sobre los límites de los modelos de gobernanza existentes y en el que voces como la del filósofo surcoreano Byung-Chul Han sugieren que modelos autoritarios como el chino están actuando mejor que las potencias democráticas de Occidente. Esto, alertan, podría poner a prueba el sistema de libertades y de defensa del estado del bienestar en el que están basados países como los de la Unión Europea. Pero ¿hasta qué punto esta tensión entre autoritarismo y democracia podría influir en la construcción del mundo de después de la pandemia?

Para José Ignacio Torreblanca, no se trata tanto del régimen político como de la eficacia del Estado y la Administración Pública. Basta dirigir la mirada a sociedades democráticas que también han actuado con éxito en esta crisis sanitaria como Taiwán, Corea del Sur o Japón. «Son países que saben cómo hacer frente a una crisis como esta. Las democracias son perfectamente capaces de tratar con una pandemia de forma eficaz si quieren y si han decidido hacerlo así, de la misma manera que Trump o Boris Johnson decidieron lo contrario hace unos meses», explica el politólogo.

José Antonio Marina: «Los alardes de la tecnología han sido tan fabulosos que nos parece todopoderosa»

Sin embargo, la tentación autoritaria es probable que nos acompañe en los próximos años. Así lo expone el profesor de Filosofía del Derecho y exsecretario de Estado de Cultura y Agenda Digital José María Lassalle en un artículo en el que reconoce que, a pesar de las dudas iniciales, acabaremos por darnos cuenta de que China no es un ejemplo a seguir. «Derrotaremos la tentación porque habremos vencido a la pandemia sin dejar de ser lo que somos. Una sociedad adulta que quiere vivir con las dificultades, las tensiones y los errores propios de una estructura básica de libertad desde la que saldrán, también, soluciones, aciertos y mejoras que, a partir del talento, la cooperación y la solidaridad nos harán vencer esta pandemia y los retos que nos irá planteando la globalización. Ganaremos esta batalla sin asumir los costes totalitarios de un régimen de mentira, vigilancia y represión que trata como esclavos a sus habitantes», escribe.

De hecho, el uso que ha hecho China de su más innovadora tecnología –drones, robots inteligentes, aplicaciones de rastreo y una estructura de control masivo a través de dispositivos móviles y datos personales– para frenar la oleada de contagios ha sido el detonante de este debate y de otro igual de complejo: los peligros y oportunidades de la era del big data. «Esta crisis sanitaria pone de manifiesto que la tecnología ayuda. Eso sí, siempre y cuando seamos vigilantes de las reglas de uso. Debe ponerse en el centro a las personas con el fin de mejorar el bien común de la humanidad», aclara Elena Pisonero, presidenta ejecutiva de Taldig y fundadora de Relathia.

No obstante, hace ya años que la revolución tecnológica avanza sin pedir permiso. Aunque eso ya lo sabíamos. Quizá, la acumulación exponencial de conocimiento que dejan las crisis, como apunta el filósofo de la ciencia Thomas S. Kuhn en La estructura de las revoluciones científicas, ayude a acelerar un proceso histórico en el que ya estábamos inmersos: la transformación digital.

Antes del coronavirus ya vivíamos una era compleja, donde la innovación y la sostenibilidad parecían señalar un camino de baldosas amarillas –eso sí, con baches– que tendría en el progreso su destino. El virus puede haber dejado al mundo suspendido en un trágico silencio, pero aun sin música, este no ha parado de girar. A qué ritmo lo haga ahora dependerá de las decisiones que tomemos durante y tras la crisis. Siempre ha sido así. La única certeza que nos queda es que, en la coda final, todos los instrumentos de la orquesta tendrán que ejecutar su parte de forma virtuosa. Al fin y al cabo, el progreso nunca fue una obra para solistas.

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