Innovación

La ética del ‘big data’

La revolución tecnológica avanza sin pedir permiso. En la economía digital se encuentran, como piedras cifradas, las claves para plantar cara a los grandes desafíos de nuestra época.

Artículo

Pablo Blázquez
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28
Mar
2018

El cambio climático y la escasez de recursos, las migraciones y las megaciudades, la ética y los robots, la ciberseguridad, la posverdad y la democracia, las bolsas de desigualdad económica, la educación del futuro o la innovación sanitaria. La enormidad de esos desafíos conecta con lo místico, pero también convive con oportunidades y riesgos tangibles que necesitan de soluciones precisas. «Los retos a los que nos enfrentamos como especie no los podemos afrontar sin la ayuda de la tecnología. La clave es que desarrollemos toda esa innovación desde un punto de vista ético y justo», explica a Ethic Nuria Oliver, doctora por el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

Luis Neve (Gesi): «Las TIC pueden reducir un 20% las emisiones de CO2 para 2030 y extender la atención sanitaria online a 1.600 millones de personas»

Vivimos en un planeta complejo, con una banda sonora poliédrica, y muchas veces disonante. Existen en nuestro mundo robots que componen música clásica y hay quien dice que la música que trazan en sus pentagramas suena como un aria para piano compuesta por Bach. Cuando contemplamos la naturaleza, sentimos que el planeta es un lienzo soberbio que debemos proteger. Y, cuando paseamos por ciudades como Tokio o Shangai, caemos en la cuenta de que ese lienzo es también un holograma en 3D. A esa unión de lo físico y lo digital, algunos tecnólogos la han bautizado como figital, aunque el nombre sea lo de menos. Un equipo de cirujanos le salva la vida a un niño a través de un quirófano ubicado a miles de kilómetros de la cama en la que yace el enfermo. Una app nos avisa a través del móvil de que en nuestro barrio preferido hay un piso en alquiler que podemos pagar: vamos a visitarlo y, como nuestra pareja está de viaje, hacemos una videollamada para que pueda verlo a través de la pantalla de su teléfono. El piso tiene mucha luz y es espacioso: cerramos el contrato. Ahora toca hacer la mudanza.

En el mundo, habrá 50.000 millones de objetos cotidianos conectados a Internet en 2020. «La revolución ecológica y la revolución tecnológica van hoy de la mano. La tecnología es una gran fuente de innovación frente al cambio climático y hay que aprovechar todas esas sinergias. Pero los cambios se están produciendo muy rápido y también es muy importante que tengamos conciencia crítica y una gran capacidad de adaptación, porque existen efectos que ni siquiera somos capaces de imaginarnos», advierte Teresa Ribera, directora del Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), con base en París. En los próximos años, prácticamente cualquier cosa que se nos ocurra formará parte del Internet of things (IoT). El coche familiar. La bicicleta con la que sales a pasear con tus hijos. La nevera. La cafetera de la oficina. El dispensador de medicinas. La farola que alumbra la calle. Tus gafas. Tu reloj. Tus zapatillas para correr. La fuente del parque en la que te paras a echar un trago. «En la evolución hacia el ‘todo conectado’, obtendremos una gran eficiencia y ahorraremos recursos al mismo tiempo que reducimos los costes. Pero también debemos tener en cuenta el creciente panorama de vulnerabilidades, que no dejan de aumentar en número y complejidad. Todos esos dispositivos pueden ser hackeados y el eslabón más débil siempre son las personas, por lo que la ciber-seguridad jugará un papel fundamental», explica a Ethic David de San Benito, director de Responsabilidad Social Corporativa en Cisco España.

Tras el baile electrónico de sensores y redes inteligentes, el potencial transformador de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) funde su relato en el informe System Transformation, que marca, a partir de la visión de la industria, una hoja de ruta conectada con esos Objetivos de Desarrollo Sostenible que los líderes mundiales firmaron en la ciudad de Nueva York hace tres años, es decir, antes de que Donald Trump asaltara los cielos de la Casa Blanca y desempolvara la bandera del negacionismo climático. «Las TIC pueden reducir un 20% las emisiones de CO2 a nivel mundial para 2030, generar más de 11 billones de dólares en nuevos beneficios económicos, extender la atención sanitaria online a 1.600 millones de personas de todo el mundo e incrementar un 30% los rendimientos agrícolas», explica Luis Neve, presidente de la Global e-Sustainability Initiative (Gesi), una especie de quinta columna internacional de empresas tecnológicas por el desarrollo sostenible.

El ‘green data’ puede reducir el consumo de energía y agua de las ciudades

Más allá de los datos, los informes de Gesi lanzan un mensaje que supondría nada más y nada menos que la cuadratura del círculo de esa batalla abierta que hoy se libra contra el cambio climático: si optimizamos el uso sostenible de tecnologías disruptivas y de la inteligencia artificial, superaremos, al fin, esa tensión entre desarrollo económico e impacto medioambiental que heredamos del siglo XX, como quien hereda de sus padres un bello caserón en ruinas. «Ya existen demostraciones empíricas: la tecnología ha conseguido desacoplar bienestar e impacto medioambiental. Por ejemplo: por primera vez en la historia, disfrutar de más opciones de movilidad no está relacionado con un mayor consumo de energía», apunta José Luis Blasco, socio global de Sostenibilidad de KPMG.

La investigación Smarter 2030 defiende una auténtica revolución, que solo podrá llevarse a cabo si somos capaces de interpretar y dar forma a toda esa masa de información que atraviesa la infinitud de los números para narrar los días de la vida moderna: el big data. Es posible que cada generación tenga la sensación, casi la certeza, de que en ninguna época anterior los cambios se habían producido de forma tan vertiginosa. Pero algunas parcelas de nuestra realidad quedan talladas en el interior de esas máquinas que hemos diseñado: en solo dos días del año 2017, generamos más datos que durante los últimos 2.000 años. Más allá de la sofisticación del marketing, convertido casi en un arte por esos nuevos amos del mundo que son Google, Facebook, Apple y Amazon, esa cantidad brutal de información sirve también para aliviar el cansancio de un planeta que se queda sin recursos. El green data —es decir, el big data aplicado a la sostenibilidad medioambiental— puede reducir el consumo de energía y agua de las ciudades. Puede ayudarnos a gestionar los procesos de reciclaje. Puede disminuir las emisiones de CO2 de las empresas. Puede medir y mejorar la calidad del aire. Puede transformar, en definitiva, la forma en la que el ser humano se relaciona con el planeta. «Una de las claves es asegurar la transparencia: que los ciudadanos sepan y controlen para qué se usan todos sus datos», explica Luis Neve. El presidente de Telefónica, José María Álvarez-Pallete, se expresaba así en una conferencia pública: «Los datos van a desplazar al petróleo como la materia prima más valiosa».

Las fronteras de lo posible

Luis Atienza llegó a la presidencia de Red Eléctrica de España en 2004, tras haber sido ministro del último Gobierno de Felipe González. Tenía un objetivo claro: fortalecer la capacidad del sistema eléctrico español para maximizar la integración de renovables de forma segura. «Entonces, el objetivo de la compañía era llegar a 10.000 megavatios de energía eólica para 2010 y me encontré con una gran resistencia por parte de nuestros técnicos, que consideraban que era imposible superar esa cifra. Es normal tener miedo a lo desconocido cuando tienes que garantizar el suministro eléctrico de un país», explica Atienza a Ethic. El entonces presidente de Red Eléctrica quería «traspasar las fronteras de lo posible» para alcanzar un nivel de penetración de las energías limpias que en aquella época no existía a nivel internacional. «Creamos un centro de control y los desarrollos tecnológicos y los protocolos de comunicación nos permitieron saber, en tiempo real, cómo se comportaba la generación de energía renovable», recuerda. Cinco años después, la producción eólica superaba los 20.000 megavatios anuales y el centro de control de energías renovables de REE se había convertido en un referente mundial. «Las tecnologías de la información fueron una herramienta extraordinaria para impulsar un sistema eléctrico con una muy elevada penetración de renovables. Y ahora vamos hacia un aprovechamiento masivo de la digitalización y de las TIC que lleve aún más lejos las fronteras de la descarbonización del sistema eléctrico», explica.

Emilio Ontiveros, catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente de Analistas Financieros Internacionales, reflexiona, en conversación con Ethic, sobre el impacto de las tecnologías de la información en la economía. «No cabe ninguna duda que esta nueva revolución industrial tiene un saldo positivo. El principal beneficiario es el ciudadano. Es lo que se conoce como excedente del consumidor: obtenemos más cosas que antes por el mismo precio. También aumenta la eficiencia de las empresas. Y las posibilidades de aprendizaje a escala internacional son enormes. Que yo me pueda conectar esta tarde a las clases del MIT tiene un valor brutal en términos de conocimiento», explica. Pero en toda revolución industrial hay ganadores y perdedores, y estos últimos «son aquellos cuyas habilidades han quedado desfasadas». Existen profesiones que están seriamente amenazadas por la digitalización de la economía. «Hasta el día de hoy ha sido más visible la destrucción que la creación de empleo. Pero claro que emergerán nuevos trabajos. En toda discontinuidad tecnológica a lo largo de la historia han aparecido nuevos empleos que han compensado las pérdidas», argumenta Ontiveros.

Si el mismísimo Platón recelaba de la escritura porque consideraba que la filosofía y otras fuentes del saber dejarían de aprenderse, ¿cómo no vamos a sentir vértigo el resto de los mortales ante los cambios que provoca la gran eclosión tecnológica que estamos viviendo? «Los seres humanos tendemos a tener miedo a lo desconocido y, por eso, estamos viviendo ahora mismo un movimiento creciente que cuestiona el progreso tecnológico y que, en parte, está fomentado porque desconocemos aquello de lo que estamos hablando», opina Nuria Oliver, una de las más prestigiosas expertas en inteligencia artificial de nuestro país. Blasco, que ha sido secretario del Comité Nacional del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, tira de historia para recordarnos que «los malthusianos, en el siglo XIX, decían que nos íbamos a matar porque no iba a haber alimentos para todos. Frente a estas posiciones, la tecnología nos ofrece una visión más optimista y soluciones concretas. Representa el Yes, we can ante los grandes desafíos a los que nos enfrentamos».

Retos globales

Los efectos del cambio climático empiezan a tener consecuencias humanitarias de dimensiones trágicas y nunca podremos decir que la ciencia no nos lo había advertido. Más de 20 millones de personas se han desplazado por catástrofes naturales, es decir, en el mundo existen más refugiados por causas climáticas que por guerras. Y los informes del Panel Intergubernamental de Naciones Unidas, donde una legión de prestigiosos científicos de todo el mundo lleva a cabo sus investigaciones, concluyen que apenas hemos empezado a sentir las consecuencias: el clima se revolverá con más dureza en las próximas décadas. Como una avalancha de nieve que acaba provocando un mortífero alud, la inercia industrial del siglo XX resulta fatal en este contexto. Y, dentro de esta inercia, existen tendencias tan contraproducentes como la obsolescencia programada, que consiste en acortar la vida de un producto para romper el techo de consumo y vender más unidades. Uno de los mayores delirios de la sociedad consumista. Y no es cosa del pasado.

Ghana y Francia vs. Apple

Las imágenes de los basureros digitales de Ghana son el retrato en el que Dorian Grey contemplaba el horror de su alma, mientras que la Fiscalía de Francia, donde existe una de las legislaciones más avanzadas contra la obsolescencia programada, investiga estos días a Apple por acortar la vida útil de los iPhone a través de sus actualizaciones. «Las máquinas controlan información, pero no manejan valores. Si se acorta su vida, es lógicamente porque el ser humano las ha diseñado así. Hoy día, el debate no está en quién gestiona la información: nosotros tenemos una velocidad de lectura de 600 palabras por minuto y las máquinas de 600 millones de páginas por segundo. El debate es quién va a tomar determinadas decisiones», apunta el filósofo José Antonio Marina, que durante años ha centrado su labor investigadora en el estudio de la inteligencia.

Vivimos en un mundo en el que imágenes paradisíacas se proyectan en un rascacielos flanqueado por nubes y polución. Hace tres años, en la Universidad de Harvard se matricularon, por primera vez en su historia, más alumnos de ciencias y tecnología que de humanidades. Un signo de los tiempos, qué duda cabe. Pero es precisamente en los headquarters tecnológicos donde se está produciendo una suerte de movimiento de resistencia: las empresas con sello Silicon Valley buscan, cada vez más, perfiles humanistas para ocupar los puestos de sus centros de decisión. El CEO de AlphaMedia, Steve Yi, lo explica muy bien: «Alguien con formación humanista sabe gestionar la subjetividad y la ambigüedad, dos habilidades que son necesarias en un sector en continuo cambio como es el tecnológico. En nuestras empresas, es necesario contar con profesionales técnicos, pero no es extraño que los puestos de gestión y de toma de decisiones los ocupen otros perfiles, enfocados en la visión de futuro y en la capacidad de adaptarse a los cambios sociales». El pensador Fernando Savater apuntala esta idea con el sentido común que le caracteriza: «La tecnología es necesaria, pero, si no se le da contenido, ¿de qué sirve? Y el contenido lo dan quienes vienen de carreras humanistas, quienes dominan las letras y el pensamiento crítico».

Hacia una economía circular

En tiempos de incertidumbre, consuela saber que las respuestas más sofisticadas pueden encontrarse allí donde siempre ha descansado la belleza. La economía circular, quizá la estrategia más ambiciosa para revertir la crisis climática, observa la naturaleza para avanzar en su objetivo: convertir en recursos los ingentes residuos que generamos. En Europa, por ejemplo, cada ciudadano usa una media de 16 toneladas de recursos al año. «¿Por qué no inspirarnos en el conocimiento acumulado en la naturaleza durante millones de años para seguir creando riqueza?», se pregunta el economista belga Gunter Pauli, autor del libro La economía azul.

Fernando Savater: «La tecnología es necesaria, pero, si no se le da contenido, ¿de qué sirve?»

Eiji Nakatsu es un ingeniero de la compañía ferroviaria japonesa JR-West que que se inspiró el martín pescador, un ave que cuando se sumerge en el agua en busca de comida apenas genera onda expansiva, para rediseñar el tren bala de Shinkansen. Gracias a su morro de acero de 15 metros, aumentó su velocidad, al mismo tiempo que reducía el consumo de energía en un 20%. También para minimizar el uso de energía, la empresa Regen diseña electrodomésticos cuyo funcionamiento sigue el mismo algoritmo que el de las colmenas de las abejas. Son solo algunos ejemplos de lo que se conoce como biomímesis: se han inventado turbinas eólicas que se inspiran en las aletas de las ballenas jorobadas, células solares que calcan la fotosíntesis de las hojas, captadores de agua de la niebla que replican funciones del caparazón de los escarabajos del desierto o sistemas de ventilación que reproducen la estructura de los termiteros africanos. «El diseño es estrategia: si diseñamos la tecnología y los productos para mejorar el mundo, lograremos los objetivos de la Agenda 2030. Hoy jugamos con ventaja: la sensibilización ecológica avanza a un ritmo imparable y los grandes inversores empiezan de verdad a tomar conciencia», señala Aino Hanttu, experta en design thinking de id.real y profesora de la IE University.

Activismo en red

La Universidad Gallaudet es una referencia internacional y la única del mundo diseñada para persona sordas. En 1988, el campus vivió una intensa ola de protestas. Los alumnos se movilizaron con un objetivo: que una persona sorda dirigiera, al fin, este centro universitario fundado hace más de 150 años en Washington para que las personas con discapacidad auditiva pudieran acceder a una formación universitaria. Grandes canales de televisión, como CNN o Fox News, se hicieron eco y las protestas funcionaron: en Gallaudet se inició una nueva etapa en la que los rectores de esta icónica universidad también podían ser, como la mayor parte de sus alumnos, personas sordas. Casi treinta años después, y a 6.458 kilómetros de distancia, Victoria Tarrada, una chica con discapacidad auditiva de Villafranca del Penedés, subía una petición a la plataforma Change.org para que en España las televisiones públicas y privadas subtitulasen sus películas. La petición se viralizó y consiguió cientos de miles de firmas: Televisión Española y Atresmedia incluyeron en su parrilla películas accesibles para personas sordas. De Washington DC al Alto Penedés, estos dos ejemplos ilustran cómo los medios y las nuevas tecnologías son herramientas muy poderosas para derribar barreras y construir una sociedad más justa. «La suma de adhesiones en red genera poder ciudadano y posibilita que muchas peticiones se conviertan en pequeñas-grandes victorias. Es el reencuentro de un nosotros desde la nueva individualidad comprometida y consciente», apunta Antoni Gutiérrez-Rubí, impulsor de apps4citizens y autor de El ecosistema de la democracia abierta. Una idea que conecta con la teoría de los micropoderes enunciada por el economista venezolano Moisés Naim: millones de ciudadanos conectados y convertidos, hoy más que nunca, en agentes clave para el cambio. «Internet y las redes sociales son importantes, pero no nos olvidemos de que son instrumentos y tienen detrás a usuarios con motivaciones. Internet es la tecnología de la liberación, sobre todo en las dictaduras. Pero también ha servido para la represión. En Cuba y en Irán, por ejemplo, se está usando para oprimir a la población», matizaba Naim en una entrevista concedida a Ethic. El jurista Antonio Garrigues ve un saldo «claramente positivo» y augura grandes avances: «La tecnología beneficia a la democracia. El voto digital, por ejemplo, se traducirá en un gran aumento de la participación ciudadana».

En la era de la perplejidad, la innovación revoluciona nuestras vidas y transforma el modo en el que conocemos y nos relacionamos con el mundo. Siempre ha sido así. Con cada gran paso, con cada gran progreso. El fuego. La rueda. La escritura. La imprenta. El telégrafo. La máquina de vapor. Las computadoras. Nuestra conciencia ha evolucionado con esas disrupciones. Y lo seguirá haciendo. En esta sociedad del enjambre, como la denomina el filósofo coreano Byung-Chul Han, la inteligencia artificial es el viento que separa los mares y traza el camino que recorren hombres y máquinas. La esperanza es quizás el sentimiento más humano, el telón de fondo de cada gran cambio. Y, aunque rindamos culto al apocalipsis Blade Runner, o precisamente por eso, sabemos que en realidad esto no va de robots. Esto va de cómo nosotros, los humanos, hacemos las cosas. Esto va de decisiones. De ética. De saber usar las increíbles herramientas que hemos creado para forjar un futuro mejor.

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