Democracia y coronavirus

En una crisis sanitaria de este tipo, no importa tanto el régimen político como la eficacia del Estado y la administración pública.

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19
Mar
2020
democracia y coronavirus

En condiciones normales, el aserto churchilliano de que la democracia es la mejor forma de gobierno posible una vez ensayadas todas las demás nos parece solo una fina y brillante ironía de ese político heterodoxo que fue Winston Churchill. Pero en circunstancias como las actuales, cuando las democracias luchan por sobrevivir a una crisis sanitaria global, la pregunta de si son más o menos eficaces que los sistemas autoritarios cobra toda actualidad.

Tomemos el caso de China. Su respuesta inicial fue lenta porque a pesar de tener un gran aparato estatal y mucha autoridad, no sólo dejó pasar la crisis de largo sino que incluso sancionó por difundir falsedades a los médicos que dieron la alarma. Con ello, confirmó algo que Amartya Sen había ya demostrado hace tiempo sobre por qué las hambrunas tendían a ser más agudas en los regímenes autoritarios: la ausencia de medios de comunicación, opinión pública y elecciones regulares hacía menos responsables y más lentos en reaccionar a políticos y funcionarios. Es algo que vimos también en la URSS con motivo del accidente nuclear de Chernóbil: las dictaduras despojan de autoridad a técnicos y profesionales y a cambio les infunden temor hacia los políticos, lo cual tiende a empeorar las crisis por el miedo a las represalias.

«En Europa, pese a tener sistemas democráticos y recursos económicos, no teníamos una experiencia anterior a la que referirnos»

Sin embargo, tampoco podemos decir que las democracias hayan reaccionado mejor. EE.UU. y el Reino Unido, cunas de la democracia liberal, están siendo caóticos y desorganizados en su reacción, y España e Italia han reaccionado tarde y mal, no anticipando con tiempo ni el impacto sanitario, ni el social ni económico. Los chinos taparon los casos al principio, pero una vez que se movilizaron lo han hecho con una eficacia demoledora –incluso atemorizadora–, en cuanto al nivel de control social que han demostrado ser capaces de ejercer gracias a la tecnología. Mientras, muchas democracias están demostrando haber perdido un tiempo precioso para reforzar sus sistemas sanitarios cuando aún estaban a tiempo.

Muy probablemente, la conclusión sea que, en una crisis sanitaria de este tipo, no importa tanto el régimen político como la eficacia del Estado y la administración pública. China, Singapur y Japón, con sistemas que varían mucho entre sí –autoritario, iliberal y liberal– han reaccionado bien por dos razones: tienen estados que funcionan y ya había pasado por una crisis similar, el SARS, que les había dejado una serie de lecciones y protocolos de actuación. En Europa, por el contrario, pese a tener estados capaces, sistemas democráticos y recursos económicos, no teníamos una experiencia anterior a la que referirnos así que no solo se ha improvisado, sino que se ha aplicado una respuesta inicial de normalidad pensada para ataques terroristas cuando la situación era exactamente la contraria. Así que el jurado no ha dado todavía su veredicto sobre quién es más eficaz.

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