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«El Green Deal va a jugar un papel fundamental en la reconstrucción de Europa»

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08
Abr
2020
Teresa Ribera

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Implacable, el COVID-19 ha impactado como un meteorito en la línea de flotación de la agenda global. En esta entrevista exclusiva a Ethic, la primera que concede tras la irrupción del coronavirus en nuestras vidas, la vicepresidenta del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica Teresa Ribera apuesta por el Green Deal –ese plan impulsado por Ursula von der Leyen para descarbonizar la economía y reconciliar el progreso con la salud del planeta– como palanca para impulsar la reconstrucción de Europa y amortiguar el impacto que esta crisis ya está teniendo en las clases más desfavorecidas.


La emergencia del coronavirus ha paralizado el mundo, pero ya vivíamos una emergencia climática cuyas consecuencias, según reitera la comunidad científica, también pueden ser devastadoras. ¿Cómo interactúan estas dos crisis, la sanitaria y la ecológica?

Hay muchos elementos que se comparten o que tienen conexión. El primero de ellos, propiamente ambiental, es el que ponen de manifiesto los investigadores en materia de biodiversidad: la destrucción de los hábitats genera nuevos problemas en los equilibrios de nuestros ecosistemas, liberando o facilitando que se puedan producir determinadas distorsiones, ya sea a través de nuevos vectores de transmisión de enfermedades o del debilitamiento o el sobrecrecimiento de determinadas especies. Esto altera los equilibrios fundamentales para que la naturaleza pueda funcionar y de los que nos beneficiamos todos. Esos cambios pueden generar problemas como el que estamos viviendo. Los expertos también denuncian el riesgo que supone el rapidísimo deshielo del permafrost en los polos, que libera bacterias y virus que han estado confinados durante cientos de años y que desconocemos lo que pueden representar. La primera alerta sería proteger nuestra biodiversidad, nuestros ecosistemas, ya que el equilibrio del planeta nos ayuda a vivir en el estado de previsibilidad que conocemos. La destrucción de esos hábitats, el tráfico con especies salvajes –animales que viven en libertad o en zonas donde no se producen los controles veterinarios necesarios–, no se sabe lo que podría suponer de cara a nuevas amenazas. Es decir, nos genera otro tipo de problemas para los que no siempre estamos preparados en términos de respuesta.

«El COVID-19 reafirma la necesidad de una economía baja en carbono»

La segunda cuestión tiene que ver con la mayor o menor dificultad a la hora de generar dinámicas favorables a la dispersión o a las debilidades de nuestros sistemas inmunológicos, asociados a problemas de contaminación del aire que respiramos o de nuestro entorno. Todo apunta a que la contaminación produce una situación de fragilidad de las personas que nos hace más vulnerables a episodios de liberación de virus o bacterias que generen otro tipo de problemas. También está directamente asociada a otro tipo de dificultades de salud, como los episodios coronarios o enfermedades respiratorias.

La tercera cuestión, muy importante, es de naturaleza geopolítica y está asociada a la gobernanza. Esta crisis nos ha hecho ver cómo hay problemas globales que ponen de manifiesto lo interdependiente, sofisticado y frágil que es el mundo en el que vivimos y del que disfrutamos con sensación, probablemente falsa, de seguridad. Hay cuestiones que en realidad no conocen fronteras y que requieren una cooperación extraordinaria por parte de todas las autoridades y de todos los operadores económicos si queremos abordarlas con éxito. Es muy difícil pensar que vayamos a estar bien en un determinado sitio si en otro no lo están, porque el malestar en otro lugar genera consecuencias inmediatas o de medio- largo plazo en nuestro propio bienestar. Antes lo sabíamos en términos de clima, ahora lo sabemos en términos de epidemias. El COVID-19 no conoce fronteras. Si nosotros resolvemos a escala nacional esta crisis, pero no se le pone fin en los países vecinos –o en sitios remotos–, al final, en un mundo en el que todos viajamos y la movilidad está presente en la vida cotidiana, acabaría volviendo de una u otra forma. Necesitamos responder de manera que todos podamos estar a salvo. Si lo hacemos pensando solamente desde una perspectiva local, o si decidimos no responder, generaremos problemas tanto en nuestro entorno como en aquellos ajenos al nuestro.

Este año estaban previstas dos cumbres medioambientales de Naciones Unidas de gran relevancia: la Conferencia sobre el Cambio Climático y la Conferencia sobre la Biodiversidad. ¿Cómo está afectando esta crisis a la agenda medioambiental y climática?

Es importante diferenciar dos cuestiones. Primero, el modo en el que nos relacionamos y en el que nos ponemos de acuerdo. Hemos venido desarrollando una línea de trabajo que promueve grandes citas globales para tratar estos aspectos, pero ahora eso nos falla. En un año en el que nos ha estallado la crisis del COVID-19 se hace imposible poder imaginar cómo nos vamos a encontrar tantas personas, procedentes de tantos sitios, con plena confianza de que no aparezcan nuevos riesgos. Sabemos que no lo vamos a poder hacer, de la misma manera que ya ha habido otras grandes citas que se han suspendido en este primer trimestre del año. Se trataba de espacios donde se consolidaba el diálogo, el intercambio de impresiones, de fórmulas de gobernanza, se abordaban problemas concretos y se daban respuestas generales a cómo mejorar nuestra acción conjunta. Sin embargo, creo que no debe suponer un parón en la acción que todos tenemos que llevar a la práctica. Quizá este es el punto más importante de todos: no es aceptable que imaginemos que la incidencia social y económica que la crisis sanitaria está teniendo en nuestras vidas pueda ser empleada como excusa para plantear cualquier modelo de crecimiento irresponsable con el medio ambiente y con el entorno. Tenemos lecciones de sobra a lo largo de la historia del inmenso error que esto supone para la sociedad, para las desigualdades, para la viabilidad en el tiempo de la actividad productiva, de la economía, del bienestar de las personas y, por supuesto, para el estado de salud de nuestro medio ambiente. Tenemos que trabajar sobre las hipótesis que conocemos, porque las grandes tendencias están ahí. Del mismo modo que hay quien pone de manifiesto que esta crisis sanitaria tendrá salida una vez que tengamos un sistema de vacunas, una capacidad diagnóstica y médica de respuesta, sabemos cuál es la capacidad de respuesta, las vacunas y el tratamiento que requiere nuestro medio ambiente. Eso sí, si avanzamos en su destrucción hasta un punto de no retorno, ni las vacunas ni el tratamiento funcionarán. Tenemos que impedir a toda costa entrar en una UCI de la que no hay salida. Este es un espacio fundamental que entienden todos los ciudadanos y la mayor parte de los actores económicos y que nos encuentra en mejor situación que en 2008. Hoy sabemos que la transformación de nuestros sistemas productivos y sociales requiere integrar de forma congruente los límites ambientales. No podemos despistarnos y buscar atajos donde no los hay, como a veces parece que algunos quieren, porque no es cierto: simplemente sería alargar o empeorar una enfermedad en la que todos saldríamos perdiendo.

«El impacto de esta crisis no es excusa para plantear un modelo de crecimiento irresponsable»

Deduzco por su respuesta que teme que los avances conseguidos en los últimos años puedan retroceder y que la agenda climática pueda pasar a un segundo plano.

No tengo un temor concreto. Estoy convencida de que en nuestro entorno hay una voluntad firme de trabajar por hacer lo que tenemos que hacer. En todo caso, también se da una gran oportunidad para la recuperación de la actividad económica, del empleo y de la modernización de nuestra industria. Quizá, incluso, con lecciones añadidas que hemos aprendido, como la flexibilización de nuestros marcos de trabajo –introduciendo pautas de teletrabajo y de movilidad que pueden ser recuperadas para bien en otros contextos–, o quizás aplicadas a la resiliencia en muchos entornos de nuestra actividad económica, de nuestras urbes, para facilitar la preparación de cara al cambio climático. Quizás estemos ante una oportunidad de estimular aquellos ámbitos de actuación en los cuidados, en el bienestar de las personas y de nuestras ciudades, en la transición ecológica, en la eficiencia, en la digitalización o en la transformación energética, que son enormemente atractivos para recuperar ese pulso de nuestra economía, de nuestro empleo y de nuestra sociedad. Pero hay que permanecer atentos. Hemos leído en estos días, en periódicos económicos de primer orden, opiniones muy interesantes con respecto a cuáles son las lecciones que podríamos proyectar sobre el capitalismo, el liberalismo económico o la recuperación de lo colectivo. Estas son oportunidades de reflexión sobre cómo construimos una sociedad más satisfactoria para todo el mundo y una economía productiva más sostenible en el tiempo, y todo apunta a que deberíamos estar en condiciones de hacerlo. Soy optimista al respecto, pero no podemos bajar la guardia: siempre puede haber dificultades para plantear esos escenarios de salida correctamente o tendencias que pretendan reducir o alterar esa agenda de salida y consolidarse en espacios del pasado que ya sabemos tienen poco recorrido.

Teresa Ribera Greta Thunberg

Teresa Ribera junto a Greta Thunberg durante la pasada COP25, celebrada en Madrid el pasado mes de diciembre

Europa tiene además el objetivo de descarbonizar su economía en el año 2050. ¿Qué papel debe jugar el Green Deal –ese plan que apuesta por reconciliar la economía con la salud del planeta y con la de sus habitantes– en la era posCOVID-19?

Uno fundamental. La mayor parte de los Estados se pronuncian en esa misma dirección, al igual que la mayoría de los comisarios, de los operadores económicos y de las sociedades, lo que no significa que no haya dificultades concretas. Nosotros estamos convencidos de ello. De hecho, es una situación un poco peculiar porque habíamos paralizado los plazos de tramitaciones administrativas para garantizar la posibilidad de ejercer todos los derechos por parte de aquellos ciudadanos que quisieran intervenir. Por ello, nos quedamos con una balanza ambiental estratégica a medio camino en el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC), que ha sido reconocido, trabajado, comentado y mejorado durante más de un año. Optamos por transmitir a la Comisión Europea el plan aprobado definitivamente por el Consejo de Ministros, con la salvedad hecha de que no había superado el procedimiento ambiental estratégico por la claudicación de nuestros plazos. Otros veinte Estados habían transmitido el suyo sin considerar que este debiera ser un trámite imprescindible. Hicimos saber que, una vez que se recupere la normalidad administrativa, si tenemos alguna conclusión que hubiese que entregar como cambio en el PNIEC se lo remitiríamos a la Comisión. Me llamó inmediatamente la comisaria de Energía para poner en valor este pronunciamiento por parte del Gobierno, dejando claro que ese es el horizonte que busca Europa, que esa es la reflexión que hay que hacer. Es una opción importante de cara a las estrategias de salida en la construcción de una economía y un sistema energético distintos en ese primer tramo que tenemos que recorrer entre 2020 y 2030. De nuevo, es el tratamiento más importante que sigue primando en las estrategias de la Comisión y a nivel europeo en el tiempo por venir. El COVID-19 lo que hace es reafirmar la necesidad de una economía mucho más cuidada y congruente como la que requiere un escenario de lucha contra el cambio climático; no una economía que vuelva al pasado, en la que los factores ambientales, la contaminación o los problemas que representa la economía fósil pudiera ser vista como una tentación a corto plazo. Por eso el Green Deal es fundamental. Una economía baja en carbono, circular, respetuosa con los ecosistemas, que pone de manifiesto que las soluciones basadas en la naturaleza son buenas también para las personas y para la generación de resiliencia frente al cambio climático. Es una economía mucho más sólida, mucho más segura y mucho más estable en el tiempo.

«Si avanzamos en la destrucción del planeta hasta un punto de no retorno, ni las vacunas ni el tratamiento funcionarán»

Esta crisis sanitaria está reflejando también tensiones y divisiones importantes dentro de la Unión Europea. ¿Cree que la UE está demostrando la suficiente unidad y fortaleza que se requieren para recorrer un camino tan complejo como el de la descarbonización?

La Unión Europea es un sistema extraordinariamente complejo que avanza y que se ha consolidado cada vez que ha tenido una crisis delante, pero hay veces que no lo ha hecho de la manera más inteligente posible. Todos tenemos presentes las dificultades de la crisis del 2008 y los errores cometidos en la capacidad de respuesta colectiva para gestionarla. En estos momentos, lo que observamos es una tensión con respecto a opciones más nacionalistas o localistas donde prima el interés de quien no se siente afectado por el problema, una preocupación y una reflexión potente con respecto a lo tonto que resulta esa respuesta. Es difícil pensar que la Unión Europea pueda salir de esto levantando muros en las fronteras. De hecho, lo que estamos viviendo hoy es una Europa en la que Schengen se ha diluido: no hay vuelos, no hay movilidad y sí hay fronteras. Solo se mueven las mercancías, no las personas. Si queremos recuperar las libertades básicas que están en el origen de la Unión, es fundamental pensar en la respuesta común y en la dosis de credibilidad y de empatía de los ciudadanos europeos con un proyecto común. Pretender que se pueda vivir al margen de ello es absurdo. En ese proceso de construcción de respuestas adecuadas, puede que haya habido algún comentario desacertado, pero mi impresión es que poco a poco se va recuperando el sentido de lo europeo en las instituciones, tanto en las económico-financieras como en las de construcción y gestión política y confío en que esta tendencia se consolide. Estamos en las semanas críticas en las que tanto el Eurogrupo, las instituciones financieras, la propia Comisión y el Parlamento tienen que encontrar la fórmula de construir Europa y no de deconstruir espacios europeos. Tiene que ser así para articular esa respuesta global que todavía está pendiente y consolidar los mensajes de la cooperación como la mejor herramienta para responder a este tipo de desafíos.

Esta crisis, como todas, va a golpear con más fuerza a los más vulnerables. Desde la perspectiva de una transición ecológica justa, ¿cómo se puede amortiguar el golpe de la desigualdad?

Es un tema que genera una inmensa preocupación en el Gobierno. Siento que vivimos en una sociedad mucho más concienciada, con operadores económicos mucho más sensibilizados ante las cuestiones de la desigualdad, fácilmente identificable en multitud de espacios. Para ellos, tenemos que pensar en cuál es la capacidad de políticas públicas, de medidas que reduzcan esa vulnerabilidad. Hemos intentado hacerlo así desde el primer día, a veces con más acierto y, otras, viendo que no llegábamos a todo aquello a lo que teníamos que llegar. Pero hay otros espacios que no son tan fáciles de identificar y cuestiones que nos han aterrorizado a todos: ver cómo la vulnerabilidad de nuestros mayores no encontraba las respuestas adecuadas, cómo hay personas que viven en situaciones complicadas y que pierden su empleo, o cómo afecta a las familias que están en una situación irregular desde el punto de vista laboral o de residencia en España… De repente, nos encontramos con que las vías oficiales de ayuda no llegan a esos espacios, que dependen además en gran medida de la economía social y de las organizaciones no gubernamentales. Hay una acumulación de situaciones de vulnerabilidad y desigualdad que no nos podemos permitir, que hay que responder buscando cuáles son las respuestas más adecuadas en cada momento, pero, además, intentando ser lo más ágiles y lo más eficaces posibles. Por definición, una persona que está en una situación de vulnerabilidad tiene mucho más difícil el poder aguantar en el tiempo y, en ese contexto, el trabajo de las instituciones, de los tres niveles de respuesta de la administración, es fundamental. Muchas veces son los servicios sociales de los ayuntamientos los que conocen mejor a esas familias o personas que tienen más dificultades. En otras ocasiones, necesitan una respuesta global que proporciona el Estado a través de las distintas acciones departamentales. Debemos combinarlo todo. Hemos intentado hacerlo con algunas cuestiones, como los abastecimientos básicos en nuestras primeras viviendas o las medidas de acompañamiento desde el punto de vista social o económico a los sectores de la economía más vulnerable, los autónomos y las pymes. Pero no basta. Hay que ir mucho más al detalle y para mí resulta especialmente doloroso y traumático lo que está ocurriendo con nuestros mayores, con nuestros centros hospitalarios saturados –afortunadamente ya un poquito menos–, que viven dramas humanos muy impactantes.

¿Cómo afecta esta crisis a la Ley del Cambio Climático, que es uno de los objetivos centrales de la legislatura?

«Hay una acumulación de situaciones de vulnerabilidad y desigualdad que no nos podemos permitir»

Tenemos el anteproyecto de ley preparado, cerrado, pasó por el Consejo de Estado y por toda la tramitación. Con una situación anómala en el Parlamento, en la que el conjunto del Gobierno estamos centrando toda nuestra atención en la crisis sanitaria es razonable que la dejemos esperar hasta el momento en el que recuperemos una cierta normalidad. También confío que, en cierta medida, esta situación pueda ser un referente de construcción y reconstrucción, no solamente económica y social, sino de encuentro de las distintas sensibilidades políticas. Hasta la fecha, salvo muy contadas excepciones, el respaldo al reforzamiento de la acción climática y de contar con una ley marco que nos permita trabajar conjuntamente ha sido prácticamente total en el conjunto del arco parlamentario.

¿Puede haber cambios en la Ley del Cambio Climático motivados por esta emergencia sanitaria?

En principio, no. Esa pregunta que antes comentábamos con respecto a cómo dar respuesta a las desigualdades reforzando los servicios públicos, facilitando una lectura anticipada de dónde pueden estar los riesgos, las mayores vulnerabilidades, quién se puede ver más afectado, cómo podemos construir las oportunidades… afecta también a las cuestiones del clima que, por definición, generan más desigualdad y mayor resiliencia de las capas de la sociedad mejor preparadas. Sin embargo, generan, por razones físicas, de infraestructura, mucha más vulnerabilidad en colectivos más expuestos. Esta cuestión tenemos que reforzarla pero, en principio, el texto de la norma está bastante cerrado, sin perjuicio de que pueda haber mejor criterio cuando vaya a la última lectura del Consejo de Ministros antes de remitirla al Parlamento y de las mejoras que se puedan producir en la tramitación parlamentaria, que son siempre bienvenidas.

«Es difícil que Europa pueda salir de esta crisis levantando muros en las fronteras»

Hay un discurso que enfrenta lo privado a lo público como si fueran dimensiones antagónicas. ¿No cree que esta crisis evidencia que hay que proteger, por un lado, el Estado del bienestar y, al mismo tiempo, seguir reforzando, como defienden los Objetivos del Desarrollo Sostenible, la colaboración público-privada?

Hay que evitar las lecturas simplistas. Hay una lección que podemos extraer de esta crisis y es la trascendencia de contar con buenas capacidades colectivas y públicas, como un buen sistema de salud, de acompañamiento social… Lo que no significa que esto deba ser interpretado como un elemento de contraposición a una buena gestión y posicionamiento de lo privado, ya sea la economía social o actores tradicionales. También en el conjunto de los operadores económicos tradicionales se ha producido un cambio importante que explica por qué muchas de las publicaciones académicas y de investigación de corte más liberal en el mundo anglosajón –que, por definición, quizás ha sido el que ha tenido una tendencia más liberal en lo económico durante décadas– subrayan la trascendencia que tiene pensar en lo público y en el valor de las sociedades como parte de los objetivos de cualquier operador privado también. Al final, todos somos seres sociales, vivimos en entornos colectivos, somos personas y organizaciones que debemos integrar en nuestro comportamiento cotidiano una valoración de pertenencia al grupo. Eso facilita mucho un tipo de soluciones. Evidentemente, plantearnos las cosas como «lo colectivo está tutelado por lo público, pero en realidad cada uno individualmente hace lo que le da la gana y yo me puedo olvidar de los demás» sería una lectura completamente errónea. Hoy esa lectura ya no es válida para la mayor parte de los actores y todos entendemos que hay que contribuir de manera importante al beneficio y al bienestar colectivo, no solamente pensando en el corto plazo o sin importarnos lo que les ocurra a los demás. Estamos todos en el mismo barco. Hay que contribuir a la mejora colectiva y creo que la gran mayoría de la sociedad y de los operadores lo entienden así.

Desde la perspectiva de la defensa del medio ambiente y de la transición ecológica, ¿qué mensaje lanzas a los ciudadanos en estos días de incertidumbre?

El mensaje más importante es que el medio ambiente es lo nuestro, lo colectivo, lo que debemos cuidar, a lo que aspiramos, lo que entendemos. Es lo que echamos en falta en estos días de confinamiento y de vida en nuestras casas: poder salir y disfrutar de la naturaleza y del entorno. Llegará una recuperación verde no solamente porque las estructuras económicas lo sean cada vez más, sino porque también disfrutaremos de nuevo de ese contacto y esa satisfacción que nos producen nuestros ecosistemas, nuestra naturaleza, nuestros paisajes, nuestras montañas, nuestras costas… Es una línea de esperanza y de optimismo. A veces, cuando se nos cae la casa encima es cuando entendemos esta relación con los demás y con el medio ambiente. Y estoy segura de que lo recordaremos una vez que salgamos de esas cuatro paredes que nos confinan.

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