Energía

El día que China domine el mundo (de las renovables)

La historia de la modernidad es un relato de competición entre potencias por reafirmar su hegemonía mundial. Actualmente, la lucha contra el cambio climático ha reabierto el instinto por liderar la batalla del siglo. En el tablero inicial, China y Estados Unidos encabezaban la carrera por las fuentes limpias antes de que este último se retirase y dejase la puerta abierta al gigante asiático, que ya domina el sector de las energías renovables. Pero también, el del carbón.

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Carla Lucena
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19
Ago
2019
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Carla Lucena

«La nación que gane la competición de las energías renovables liderará la economía global del siglo XXI». Era octubre de 2009 y el líder del «Yes, we can», recién aterrizado en la Casa Blanca, se dirigía con estas palabras al expectante auditorio del Instituto de Tecnología de Massachussets (MIT), al que acabó de seducir con su promesa de hacer de América esa victoriosa nación. Lo que en su momento fue solo una declaración de intenciones, poco después se convirtió en uno de los ejes vertebradores del Gobierno de Barack Obama. Desde el inicio de su primer mandato y hasta el final del segundo apostó y firmó históricos pactos internacionales por la inversión para el desarrollo de las energías limpias. Sin embargo, las ambiciosas intenciones del entonces presidente no eran exclusivas de Estados Unidos. Desde el punto cardinal contrario, la República Popular de China también asomaba como potencia portadora del estandarte de la revolución verde. Una década después, el gigante asiático encabeza la carrera por las energías renovables y adquiere cada vez más velocidad. Pero ¿ha conseguido realmente el mayor consumidor de carbón del mundo dominar el mapa de las energías limpias?

Según el estudio Global Trends in Renewable Energy Investment 2018, elaborado por Naciones Unidas y Bloomberg, en 2017 China llegó a copar un 45% del mercado de las energías limpias en términos de inversión, fabricación, innovación y consumo. Estos resultados vinieron acompañados de una potente inyección económica por parte del Partido Comunista Chino (PCC), que anunció que destinaría 360.000 millones de dólares en el sector de cara a 2020. Lejos de ser una coincidencia, ese mismo año, el presidente estadounidense Donald Trump dio un portazo a los avances de su predecesor: abandonó el Acuerdo de París y dejó vía libre a la nación asiática en su camino a liderar la lucha contra el cambio climático. «China es un gran país y asume su responsabilidad internacional para el Acuerdo de París y con la Agenda 2030 de la ONU», pronunció en ese momento el primer ministro chino, Li Keqiang. Pero sustituir a su principal competidor internacional en lo que es ya «la causa del siglo» no es su único aliciente, sino un motivo más para acelerar unas políticas medioambientales orientadas a solucionar algunos de los problemas nacionales más graves. Entre ellos, acabar con los altos índices de polución.

La ciudad de Pekín es el centro cultural, social y político del Estado, y la ciudad más poblada de China. Es también la zona más contaminada de la región, donde frecuentemente los edificios desaparecen del horizonte inmersos en una densa nube tóxica y sus ciudadanos se ven obligados a esconderse tras una mascarilla facial. No es para menos: los índices de contaminación rebasan por mucho las recomendaciones de la Organización de Naciones Unidas, que cifra ya en 1,6 millones las personas que mueren prematuramente cada año en el país por este motivo.

China es todavía el país más contaminante del mundo y el que más carbón consume

Para neutralizar la situación, el Partido Comunista Chino ha decretado en múltiples ocasiones la alerta roja por la alta densidad de partículas PM2.5 –las más pequeñas y dañinas, por su capacidad de penetrar en las vías respiratorias–. Se han cerrado guarderías y colegios, se ha restringido el tráfico y se ha recomendado a los pekineses reducir las actividades al aire libre en momentos puntuales. Incluso se han tomado agresivas medidas, como la de eliminar calentadores de carbón de las casas y negocios. Pero para la ciudadanía no ha sido suficiente y las protestas contra lo que algunos ya han bautizado en las redes sociales como «airpocalypse» –por la unión de las palabras aire y apocalipsis– se han acentuado en los últimos años.

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«La presión y crispación social es uno de los factores que ha llevado al Gobierno de Xi Jinping a apostar por las energías verdes», sostiene el investigador del Real Instituto Elcano, especialista en relaciones internacionales de Asia Oriental, Mario Esteban. No es el único motivo. Según el experto, el boom económico que ha experimentado el país en las últimas cuatro décadas le ha llevado a buscar nuevas vías para reafirmarse como potencia hegemónica. «Cuando el nivel de desarrollo económico es más bajo, puedes crecer rápidamente con solo copiar lo que hacen los otros, como hizo el líder Deng Xiaoping en los años 70 con una revolución agraria e industrial que abrió la economía china al mundo. Sin embargo, a medida que la sociedad se va desarrollando y la calidad de vida aumenta, el margen para crecer es menor y tienes que innovar», explica Esteban. Así, China, hija del modelo comunista, pero abierta a la regulación del mercado económico mundial, ha reforzado su participación en actividades con mayor valor añadido en un momento en el que su economía desacelera.

Por el momento, sus esfuerzos por convertirse en un coloso tecnológico mundial están dando sus frutos. A inicios de año, la Administración Nacional de Energía china informó de que ya el 38,3% de la capacidad energética del territorio procedía de las renovables. Con lo que supone un crecimiento anual del 12%, se ha posicionado como el mayor exportador e instalador de paneles solares, turbinas eólicas, baterías y vehículos eléctricos, según la Comisión Global de Geopolítica de la Transformación Energética.

Sin embargo, estos datos optimistas contrastan con el último informe publicado por la Agencia Internacional de la Energía, que sitúa al país como principal responsable, seguido de EE. UU. e India, del aumento global de las emisiones de dióxido de carbono. ¿El motivo? El aumento de la demanda energética mundial y, concretamente, el repunte del uso del carbón en el país asiático.

En 2018, el 38% de la energía procedía de fuentes limpias

Para la república China, este combustible fósil ha sido vital durante prácticamente toda su historia: es la principal fuente energética y representa la mitad del consumo mundial. De hecho, posee el 12% de las reservas planetarias. Aunque el uso de este recurso alcanzó su techo en 2013 para luego caer de manera sostenida gracias al cierre de minas y la paralización de plantas, en los dos últimos años su producción ha aumentado, según datos del observatorio de contaminación Global Carbon Project. «La capacidad de energías renovables instalada no es suficiente para cubrir el crecimiento en la demanda global de energía y, por eso, se ha visto cómo plantas térmicas en China que funcionaban por debajo de lo normal han aumentado su producción», apuntan desde la organización. Las perspectivas de futuro tampoco se presentan halagüeñas: se espera que el carbón domine el sistema energético chino durante la próxima década.

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Para Samuele Furfari, profesor de Geopolítica de la Energía en la Universidad Libre de Bruselas y consejero de la Comisión Europea en materia de energía, el futuro energético de China no depende solo de la transición verde, sino de que haya o no un cambio sustancial. «Mientras siga siendo la primera en inversión de carbón y nuclear, su apuesta por las renovables no tendrá una repercusión real», aclara. En esta línea, el experto achaca el aumento de producción del carbón a la imposibilidad actual de garantizar el suministro a una población en crecimiento, como lo es la china, con energías intermitentes como la solar o la eólica. Se trata, pues, de una carrera entre el avance de la tecnología y el de la sociedad que, aunque para Furfari no son incompatibles, requieren que la apuesta por las renovables se convierta en una obligación regulada. Aparece, por tanto, un haz de luz entre lo que todavía es niebla.

El país asiático es el más contaminante y el que más carbón consume del mundo. El escenario está lejos de ser perfecto. Pero, a día de hoy, China es clave en el contexto internacional. El Acuerdo de París marcó el inicio de la cuenta atrás para alcanzar ese mundo descarbonizado, que acabó de definirse con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Sin embargo, ir a contrarreloj nunca ha sido sencillo. De ahí que los esfuerzos de China por convertirse en líder de la batalla contra el cambio climático estén todavía buscando equilibrar la balanza. La Agencia Internacional de la Energía sitúa el punto óptimo en 2040: China será el principal productor de las energías renovables. Cabe calibrar si, el día que el gigante asiático domine totalmente el mundo de las energías renovables, priorizará también la lucha contra el cambio climático frente a la ley de la oferta y la demanda.

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