Tolerar los límites de la condición humana
Parte del malestar contemporáneo proviene de la dificultad para aceptar experiencias normales de la vida, como la tristeza, la incertidumbre, el fracaso, la soledad, la pérdida o la enfermedad.
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Un hombre de 36 años acude a una consulta por ataques de pánico. Se trata de una persona exitosa que dedica gran parte de su tiempo a optimizar distintos aspectos de su vida: el trabajo, la salud, el ejercicio físico o las finanzas. Tras cometer un error laboral, comienza a experimentar un intenso miedo a volver a equivocarse, llegando a consultar a diferentes médicos para descartar problemas de atención o posibles deficiencias vitamínicas que pudieran explicar una supuesta pérdida de rendimiento. Más allá del error concreto, lo que le resultaba intolerable era la posibilidad de sentirse vulnerable. Este caso ilustra una problemática cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea: la dificultad para aceptar los límites inherentes a la condición humana.
La crisis de salud mental puede entenderse, al menos en parte, relacionada con esto. Parte del malestar contemporáneo proviene de la dificultad para aceptar experiencias normales de la vida, como la tristeza, la incertidumbre, el fracaso, la soledad, la pérdida o la enfermedad. Cuando toda experiencia dolorosa se interpreta como algo anómalo, la vida se vuelve más difícil de soportar. Así, situaciones inevitables como una ruptura amorosa, un error en el trabajo o un conflicto con un amigo se viven como injusticias o fracasos personales que deben resolverse de inmediato o corregirse. Según la psicóloga Olalla Martínez Rubín, muchas personas que consultan por ansiedad crónica o somatización presentan una dificultad para aceptar experiencias humanas dolorosas, pero normales. El malestar no proviene únicamente de estas experiencias, sino del esfuerzo constante por evitarlas, corregirlas o encontrar una explicación que las elimine.
Parte de esta situación puede explicarse por la forma en que la cultura contemporánea nos enseña a relacionarnos con los límites. En las últimas décadas se ha reforzado la idea de que cada persona puede construir su identidad, controlar su destino y alcanzar cualquier meta si se esfuerza lo suficiente. Sin embargo, la realidad sigue imponiendo límites inevitables como la biología, la enfermedad, el envejecimiento, las circunstancias sociales, la suerte o la propia muerte. Por supuesto, existen límites injustos que requieren ser cambiados —como la discriminación, la pobreza o la falta de derechos—, pero también otros que no pueden eliminarse, como la vulnerabilidad, la dependencia, el sufrimiento, la incertidumbre o la muerte. La madurez individual y colectiva reside en saber diferenciar ambos.
Muchas personas que consultan por ansiedad crónica o somatización presentan una dificultad para aceptar experiencias humanas dolorosas, pero normales
Anteriormente, la cultura ofrecía referencias compartidas para interpretar la realidad y afrontar los límites. Elementos como la religión, la espiritualidad, las costumbres, la amistad, la familia, las redes de apoyo, las leyes o las instituciones proporcionaban normas y relatos que ayudaban a comprender experiencias dolorosas. Aunque estos marcos impusieran responsabilidades, también ofrecían orientación, sentido y pertenencia. Además, ahora hay una tendencia a pensar que el individuo puede depender solo de él. Sin embargo, cuando la experiencia se interpreta únicamente desde la perspectiva subjetiva, puede resultar más difícil tolerar la crítica, el desacuerdo o la frustración.
Pese a los avances científicos y tecnológicos, siguen existiendo límites en la naturaleza que no pueden eliminarse por completo. La enfermedad, el envejecimiento, la pérdida o la muerte nos recuerdan que existen aspectos de la vida que escapan a nuestro control. Los avances científicos han mejorado enormemente la vida humana, pero a veces también alimentan la expectativa de que todo problema tiene una solución inmediata. Por ejemplo, algunas personas viven el envejecimiento exclusivamente como un fallo que debe corregirse, en lugar de asumirlo como una dimensión inevitable de la vida humana.
La falta de aceptación de los límites también se traduce en que se ha perdido capacidad de espera. La cultura contemporánea fomenta la satisfacción inmediata de los deseos y las redes sociales refuerzan esta gratificación instantánea. El tiempo se ha convertido en un límite difícil de tolerar, y se tiende a exigir resultados rápidos en las relaciones o en la búsqueda de bienestar. Sin embargo, muchas de las experiencias más valiosas de la vida —como la amistad, el amor, el conocimiento, la madurez o la confianza— requieren tiempo, esfuerzo sostenido y compromiso. Del mismo modo, la frustración ha dejado de entenderse como una experiencia normal del desarrollo personal. Aprender implica equivocarse, trabajar supone afrontar dificultades, convivir exige aceptar conflictos y querer a alguien conlleva el riesgo de la pérdida.
Incluso el tiempo y la espera se han convertido en límites difíciles de tolerar
Además, elegir implica renunciar. No se educa en la idea de que toda elección implica una pérdida. Esta abundancia de alternativas genera la ilusión de que siempre existe una opción mejor, lo que puede dificultar el compromiso. Elegir una pareja implica renunciar a otras relaciones posibles; elegir una profesión supone descartar otros caminos; y elegir un proyecto vital significa abandonar múltiples oportunidades. En este sentido, la dificultad contemporánea no reside solo en elegir, sino en aceptar lo que inevitablemente se deja atrás. Toda elección supone un límite, ya que implica renunciar a vivir todas las vidas posibles.
Como señala Martínez Rubín, desde una perspectiva terapéutica, el trabajo consiste en aceptar que equivocarse, sufrir, cansarse o rendir menos, en determinados momentos, es inevitable. También consiste en ayudar a la persona a reconocer y tolerar estos aspectos inevitables de la vida en lugar de mantener una lucha permanente contra ellos. Además, aceptar los límites es compatible con comprometerse —en una relación, una profesión, una familia, una amistad o una comunidad— ya que implica renunciar a otras posibilidades. Enfoques terapéuticos como la terapia de aceptación y compromiso actúan en esta línea. Estas terapias ayudan a adoptar una posición intermedia respecto a la libertad humana. Como ya señalaba Epicuro, algunas cosas dependen de nosotros, otras están determinadas por circunstancias que no controlamos y otras ocurren de manera imprevisible. La madurez consiste en reconocer simultáneamente nuestra capacidad de actuar y los límites que condicionan nuestras decisiones.
Esto no supone renunciar a la transformación social, sino recuperar una comprensión más realista de la existencia humana: reconocer que no todo depende de nosotros, que el sufrimiento forma parte de la vida, que existen condicionantes biológicos y sociales, que necesitamos a los demás y que toda elección implica una renuncia.
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