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Sociedad

Los hijos de los boomers

La precariedad, los salarios míseros y la falta de acceso a la vivienda son la carcoma silenciosa que nos explotará en la cara más pronto que tarde: se ha condenado una generación entera a vivir de la buena voluntad de sus padres y, probablemente, de la dependencia del Estado cuando sean mayores.

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06
agosto
2026

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Nací y crecí en una familia normal y corriente, como tantas otras de los años noventa. Era lo que entonces se conocía como una familia trabajadora: nadie en mi casa era universitario ni se dedicaba a otros oficios intelectuales. Sin embargo, aquella familia humilde, de la mayoría social de España, creía profundamente en una idea que hoy a algunos les sonará antisistema, rebelde, incluso revolucionaria: la cultura del esfuerzo como forma de progreso.

Mis padres creían que si uno se preparaba y trabajaba debía ser capaz de ganarse una vida digna. Pensaban –y siguen pensando, ya casi jubilados– que echarle horas a cualquier tarea era la única manera de sacar adelante un proyecto vital. De tener una hija, mi hermana, pasaron a traer al mundo a la segunda, una servidora. De vivir en un cuarte de la Guardia Civil pasamos a tener un piso propio de protección oficial. De poseer un viejo coche de segunda mano, muy trotado, logramos comprarnos dos nuevos, aunque normativos.

El caso es que mis padres no eran ricos ni streamers huidos a Andorra o magnates de la criptomoneda; al contrario: nunca nos faltó lo necesario, pero tampoco nos sobraba. Con el tiempo descubrí que las renuncias también eran parte del proceso de forja del carácter de los humildes, bajo la promesa de obtener un mayor bienestar a largo plazo. La dignidad estaba en el sentimiento de estar conquistando la propia vida; el premio, en saberse capaz de lograr ciertos sueños.

Nada de eso ocurre ya en España. Fabricamos jóvenes antisistema que no se sienten vinculados con el orden actual porque este no les ha permitido existir con dignidad ni autorrealizarse. La precariedad, los salarios míseros y la falta de acceso a la vivienda son la carcoma silenciosa que nos explotará en la cara más pronto que tarde: se ha condenado una generación entera a vivir de la buena voluntad de sus padres y, probablemente, de la dependencia del Estado cuando sean mayores. Es una generación con una profunda frustración, una generación perdida, para la cual el contrato social ha reventado. Según Eurostat, en 2025 España lideraba el ranking de paro juvenil de 15 a 29 años entre los países de la Unión Europea con un 18,8%. Además, en 2024 un joven debía destinar un alrededor del 92% de su salario al alquiler si quería vivir solo, según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España. ¿Qué vida digna se puede construir con esos posibles?

Asistimos a una absoluta normalización y enmascaramiento de la pobreza

Lo alarmante es que no solo hablamos de jóvenes: la clase media cada vez existe menos en España. Asistimos a una absoluta normalización y enmascaramiento de la pobreza, fruto del hundimiento económico que desató la crisis de la austeridad de 2010 y cuyas heridas llegan hasta nuestros días. Los jóvenes no son solo el presente, sino los adultos de mañana: a través de sus dramas silenciados podemos ver la foto de nuestro país a futuro, que no podría ser más desesperanzadora.

En consecuencia, los que todavía sostenemos ideales firmes sobre la sociedad que queremos debemos alzar la voz. Mis padres quizás no lo sepan, pero me criaron en la ideología más especial de todas, y es la que defenderé: nací y crecí en la ideología de la clase media española.

Claro que esta es una ideología. Garantizar un grueso de ciudadanos que no sean ni muy ricos ni muy pobres fue lo que, no casualmente, consolidó la democracia y el Estado del bienestar en Occidente. La clase media es un motor del avance civilizatorio, la medida óptima de todas las cosas. Permite tener aspiraciones, soñar con un mañana mejor, levantarse cada día con un incentivo. Esa esperanza en el futuro es lo que induce a pulsiones moderadas: gente que no quiere reventar el sistema porque lo siente legítimo y es capaz de proyectar en él sus ambiciones.


Este texto es un extracto de ‘Los hijos de los boomers’ (Destino), de Estefanía Molina.  

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