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La paradoja del sufrimiento

Sufrir antes de tiempo no inmuniza contra el sufrimiento. Solo consigue que, visto en retrospectiva, descubramos que hemos pasado una holgada parte de la vida luchando contra molinos de viento.

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22
abril
2026

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Hay un tipo de sufrimiento que se padece antes de que las cosas salgan mal. Ocurre en la antesala de los acontecimientos. Es la paradoja del sufrimiento anticipado: sufrir para evitar sufrir. Téngase en cuenta la ansiedad anticipada. No hace falta que un examen haya empezado para que se experimente la angustia por suspender. Tampoco es necesario que el avión atraviese turbulencias para que el pasajero nervioso se figure, con amplio lujo de detalles, el peor de los desenlaces. El malestar se instala como un seguro emocional. Si se está preparado de antemano –susurra una voz interior– tal vez el golpe no sea tan severo.

Pero cuando finalmente acontece lo temido –lo que normalmente no es el caso–, cuerpo y mente reaccionan como si fuera la primera vez. La angustia adelantada no se descuenta, se agrega, y, en consecuencia, el resultado es una doble factura emocional, una por adelantado y otra al contado.

El asunto se complica más cuando la anticipación no es meramente imaginativa. Es lo que pasa, por ejemplo, con los cuernos «preventivos». La «lógica» sería: antes de ser engañado, engaño yo. De esta guisa, si algún día llega la traición, el dolor será más leve porque uno ya habrá jugado su propia baza. El razonamiento parece astuto y, sin embargo, sucede lo opuesto de lo que se pretendía evitar. En lugar de proteger una relación frágil, se la ha destrozado. Lo que comienza como una cabriola defensiva termina generando el daño. Es una profecía autocumplida.

Algo parejo ocurre con la preocupación crónica. Hay quien vive como si la vida fuera una sucesión interminable de catástrofes. Si el hijo tarda diez minutos más de lo habitual en llegar a casa, la mente ya ha peregrinado por el catálogo de desgracias. Si la jefa dice que necesita reunirse, se avecina el despido. La imaginación opera a pleno rendimiento en una dirección sombría, lo que a veces paraliza la propia acción, como cuando alguien no es capaz de declararse amorosamente o presentarse a un puesto de trabajo por miedo al rechazo.

Cuando finalmente se aclara la situación –el hijo estaba hablando con un amigo, la reunión de la jefa no era nada especial–, el alivio dura apenas un instante. Es agua pasada, para a renglón seguido generar una nueva preocupación. El mecanismo no se detiene porque, en el fondo, la preocupación ha mudado en una estrategia. Preocuparse equivale a estar preparado.

Lo paradójico es que ese estado de alerta permanente no prepara, desgasta. Quien se ancla en la ansiedad perpetua avanza a trompicones, reaccionando a peligros inexistentes. Es caminar con el freno de mano puesto.

Lo paradójico es que el estado de alerta permanente no prepara, desgasta

¿Por qué hacemos eso? En parte porque el cerebro humano está modelado para detectar amenazas. Durante buena parte de nuestra historia evolutiva, adelantar un peligro marcó la diferencia entre morir y sobrevivir. Si se confunde una sombra con un depredador imaginario, el coste es pequeño, si acaso un susto. Pero si se ignora una amenaza real, las consecuencias pueden ser fatales. La mente aprendió a pecar por exceso de precaución.

Ese mecanismo sigue funcionando aunque los depredadores hayan sido sustituidos por exámenes o rupturas sentimentales. El sistema de alarma salta con facilidad, incluso cuando el entorno no lo justifica. Tanto es así que, por curioso que resulte, la experiencia cotidiana nos ofrece pistas bastante nítidas sobre la inutilidad actual del sufrimiento anticipado. Cuando finalmente llega el momento difícil, solemos improvisar soluciones que no habíamos previsto o descubrimos que la situación era menos dramática de lo fantaseado.

Con el paso del tiempo se aprende, si bien lentamente, que muchas de las tormentas mentales que atraviesan la cabeza se disipan solas. No hace falta combatirlas todas, muchas se resuelven grácilmente dejándolas pasar. Tal vez ahí se ubique la fuga de esta pequeña paradoja. No en eliminar por completo la preocupación –algo probablemente inviable–, sino en reconocer su tendencia a exagerar. La mente puede seguir haciendo su trabajo de vigía sin que todo aviso se convierta en drama.

Al fin de cuentas, sufrir antes de tiempo no inmuniza contra el sufrimiento. Solo consigue que, visto en retrospectiva, descubramos que hemos pasado una holgada parte de la vida luchando contra molinos de viento. Y que esa, quizá, ha sido la forma más tonta de desperdiciar la tranquilidad.

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