Medio Ambiente

Tierras raras, ¿la fiebre del oro verde?

Este conjunto de elementos químicos, imprescindibles para el desarrollo de energías renovables y dispositivos electrónicos, ha tomado el control de la transición ecológica. Su extracción masiva, sin embargo, es profundamente problemática: está provocando la destrucción de los ecosistemas en distintos lugares del mundo.

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03
Mar
2022
tierras raras

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Las llamadas «tierras raras», en realidad, ni son tierras ni son particularmente extrañas. Esta denominación es simplemente el nombre común que agrupa a 17 metales de la tabla periódica: el escandio, el itrio y los restantes 15 tipos de lantánidos. Su sobrenombre, eso sí, ilumina parte del problema inherente con esta clase de materiales: a pesar de su abundancia en la naturaleza, estos metales no aparecen en grandes cantidades, algo que sí ocurre, por ejemplo, con el oro. A ello se suma, además, que tras su extracción han de someterse a procesos técnicos de alto coste para lograr una pureza mínima. No obstante, es otro de sus nombres el que permite deducir su relevancia: a estos metales también se les conoce como «oro verde» por su valor económico y su estrecha relación con la transición ecológica. No es sorprendente: el futuro del desarrollo sostenible depende notablemente de ellas.

Estos elementos son extraordinarios conductores eléctricos, pero lo que destaca especialmente en ellos son sus propiedades magnéticas: permiten crear imanes permanentes de alta intensidad y personalizar su comportamiento mediante la variación de sus aleaciones, lo que abre un amplio abanico de posibilidades en tecnología. Es por ello que la demanda de tierras raras no ha parado de crecer desde mediados del siglo XX, ya que van de la mano con cualquier proceso de digitalización. Actualmente, por ejemplo, se utilizan para fabricar baterías, smartphones, paneles solares, turbinas eólicas, equipamiento médico y toda clase de objetos que hoy en día consideramos esenciales en el mundo occidental.

El último gran impulso en la demanda se produjo durante la pandemia de la covid-19, cuando se dispararon las ventas de ordenadores, tablets y otros dispositivos electrónicos. A pesar de que el mundo contiene unas 120 millones de toneladas, si las grandes empresas pretendían conseguir entonces una mayor cantidad debían ponerse en contacto con su mayor dueño: China.

China produce entre un 70 y un 86% de toda la tierra rara del mundo

Desde los años noventa, el gigante asiático domina el mercado. Otros países como Brasil o Vietnam también disponen de una buena reserva de esta clase de materiales, pero China posee entre un 70% y un 86% de toda la tierra rara del mundo. Este monopolio supone una evidente fuente de ingresos para el país, así una amenaza para los enemigos diplomáticos, como Estados Unidos. De hecho, según el diario británico Financial Times, China lleva tiempo tanteando la idea de limitar el suministro de estos minerales a sus rivales, lo que afectaría negativamente al desarrollo de proyectos «verdes», al sector de la defensa y, en general, a la capacidad tecnológica de la gran potencia americana.

Durante el año 2021, China incrementó un 20% su extracción de tierras raras con respecto al año anterior, lo que produce unas fuertes expectativas respecto a la expansión de las energías renovables y la cultura de la sostenibilidad. Estas aún podrían crecer con más ímpetu en el futuro: la demanda podría aumentar hasta un 300% en menos de 10 años, según las predicciones del banco de inversión suizo UBS. Además, de acuerdo con los datos del Instituto para el Análisis de Seguridad Global (IAGS), los polémicos estándares medioambientales del país asiático les ha permitido minar el oro verde por un tercio de lo que pagan sus competidores internacionales.

Pero la gestión de las tierras raras es paradójica: si bien son materiales utilizados para adaptar nuestra vida a las exigencias climáticas, su extracción genera controversia, ya que precisan químicos muy agresivos con el medio ambiente. Hablamos de procesos que dañan severamente la vegetación del territorio, causan erosión y acidificación en los suelos y contaminan el aire. No solo eso: también es común que estos elementos se encuentren en lugares cercanos a otros minerales radioactivos.

La revolución por la neutralidad climática –y la consecuente fiebre del oro verde– nos ha traído resultados contrapuestos: si bien facilita el camino hacia la transición ecológica –durante los últimos cinco años la participación de energía solar y eólica en el mercado ha crecido un 15% a nivel mundial–, la codicia por la explotación de los recursos naturales nunca ha traído un final feliz. Las tierras raras podrían conseguir llenar el planeta de coches eléctricos, sí, pero ¿no serán inútiles si no tienen a nadie a quien llevar dentro?

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