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Salvemos al soldado Trump

La bala no corrige a Trump. Lo consagra. Le presta una épica que no merece, una sangre que sustituye a los argumentos y una fotografía más eficaz que todos sus mítines.

Fotografía original

Gage Skidmore / Wikicommons
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27
abril
2026

Fotografía original

Gage Skidmore / Wikicommons

Hay preguntas que conviene formular con las manos lejos de la pólvora. Por ejemplo, cuándo resulta legítimo matar a un presidente. La respuesta breve incomoda por su limpieza: casi nunca. La larga obliga a distinguir entre abatir a un jefe de guerra y asesinar a un presidente elegido. Entre un objetivo militar y un crimen civil. Entre Clausewitz y el chiflado que se concede a sí mismo el ministerio de la Historia.

Trump puede parecer muchas cosas, pero no un argumento a favor del magnicidio. Cabe desearle, en la intimidad inofensiva de la imaginación, una retirada por picadura de mosca tse-tsé, un empacho patriótico de hamburguesa, una afonía irreversible o una conversión súbita al silencio. También cabe fantasear con Mar-a-Lago convertido en residencia asistida del narcisismo, entre espejos, gorras rojas y asesores que le aplaudan hasta la digestión. Lo que no cabe, salvo en la cabeza febril del iluminado, es creer que una bala mejora una democracia.

Porque la bala no corrige a Trump. Lo consagra. Le presta una épica que no merece, una sangre que sustituye a los argumentos y una fotografía más eficaz que todos sus mítines. Trump entiende mejor que nadie la liturgia del agravio. Herido, se proclama elegido. Muerto, lo proclaman mártir. Superviviente, funda una religión. Y sus devotos, que ya necesitaban pocas pruebas para sentirse perseguidos, reciben al fin la prueba perfecta, o sea, la cicatriz.

¿Quién garantiza que el cadáver no engendre una tiranía más sentimental, más vengativa y más eficaz?

Otra cosa ocurre en la guerra. Israel liquidando a Jamenei pertenece a una categoría distinta, aunque tampoco conviene perfumarla con la colonia de los comunicados oficiales. En la guerra la moral no desaparece, pero cambia de habitación. Un líder que dirige, inspira o ampara una maquinaria militar ocupa un lugar distinto al de un civil en campaña electoral. Se le llama objetivo estratégico, centro de mando, enemigo combatiente. Son palabras frías, casi quirúrgicas, que no santifican la muerte, pero explican su mecanismo. La guerra mata primero y redacta después.

Lincoln, en cambio, murió asesinado por un civil que quiso vengar una derrota política en el cuerpo de un presidente democrático. Ahí empieza el escándalo. El magnicida civil se arroga una soberanía que nadie le entregó. Vota por todos. Delibera por todos. Condena por todos. Se convierte en Congreso de una sola bala. Y la bala nunca termina en el cuerpo que atraviesa. Sigue viajando por la Constitución, por las calles, por los imitadores y por la posteridad.

El tiranicidio siempre ha seducido a las inteligencias nobles y a los temperamentos peligrosos. Bruto ante César. Los conspiradores contra Hitler. Los teólogos escolásticos midiendo con compás moral la cabeza del tirano. Pero incluso ahí la prudencia se impone como una forma de humillación. ¿Quién decide que ya no queda otro medio? ¿Quién distingue al libertador del fanático? ¿Quién garantiza que el cadáver no engendre una tiranía más sentimental, más vengativa y más eficaz?

Trump no es Hitler, aunque algunos enemigos suyos necesiten creerlo para ahorrarse el esfuerzo de pensar. Trump es algo más vulgar y, por eso mismo, más resistente: un empresario de la cólera democrática. Lo eligieron ciudadanos reales, no una tormenta tropical. Matarlo no refutaría a sus votantes. Los absolvería. Les entregaría una explicación perfecta, una coartada perpetua, una misa con sangre inaugural.

El magnicidio padece una vanidad adolescente: creer que la Historia cabe en un cuerpo. Se mata al hombre y se supone que cae el fenómeno. Pero los fenómenos no sangran por una sola herida. César muerto no restauró la República. Lincoln muerto no curó la posguerra. Kennedy muerto no cerró la fábrica de fantasmas. Trump muerto, herido o convertido en santo patrono de los chalecos antibalas no pacificaría América. La incendiaría con mejor escenografía.

Hay que salvar a Trump no por él, sino contra lo que su muerte desencadenaría

De ahí la paradoja. Hay que proteger a Trump incluso de quienes lo detestan. Salvarlo no por él, sino contra lo que su muerte desencadenaría. Salvarlo por higiene democrática, por egoísmo institucional, por alergia al martirologio. Salvarlo para que responda ante los jueces, ante las urnas, ante sus contradicciones, ante el ridículo de sus excesos. Salvarlo para que no pueda escaparse por la puerta solemne de la tragedia.

La democracia consiste también en negar a los iluminados el privilegio de abreviar los procesos. Votar resulta más lento que disparar. Investigar cansa más que matar. Desmontar una mentira exige más paciencia que perforar un cráneo. Pero esa lentitud constituye la única superioridad moral del sistema. La democracia no garantiza líderes decentes. Garantiza métodos menos criminales para quitárselos de encima.

Por eso el atentado contra Trump no merece una sonrisa clandestina. No por delicadeza hacia Trump, que administra la delicadeza como si fuera un impuesto extranjero, sino por respeto al principio que lo precede y que debería sobrevivirlo. El adversario democrático puede resultar grotesco, tóxico, incendiario, insoportable. Justamente por eso conviene derrotarlo sin regalarle una estatua.

Salvemos al soldado Trump. Salvémoslo de la bala, del fanático y de la tentación pueril de confundir justicia con puntería. Que viva políticamente lo suficiente para perder, declarar, envejecer, repetirse, aburrirnos y quizá terminar derrotado por la más cruel de las armas democráticas, el prosaico recuento de los votos.

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