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A la intemperie

Con Rousseau, Arendt y Butler al fondo, el terremoto venezolano se lee como el derrumbe de un mundo común.

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23
julio
2026

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Escarba en los escombros con las manos; solo una lleva guante. No vino a rescatar a nadie: preguntaba por su hijastra, por el marido de ella y por el niño de ambos, y alguien le señaló una loma de concreto donde la víspera había un edificio con ropa tendida.

Han oído golpes bajo las ruinas. Lo informaron. La maquinaria no llega. La mano enguantada aparta el hierro retorcido; la desnuda palpa, porque distingue una viga de un brazo y sangra despacio sin que él lo advierta. Cada golpe puede devolverle a su familia viva o muerta.

Fueron dos sismos separados por treinta y nueve segundos, y ninguno eligió a nadie. Lo elegido mucho antes –materiales baratos y silencios administrativos– fue quién quedaría bajo las ruinas y quién tendría que sacarlo con las uñas. Esa asimetría no la produjo el temblor; solo la puso a la vista. Este ensayo trata de la mano sin guante.

La herida y la palabra

Vulnerable viene de vulnus, herida. Nombra lo que puede ser herido, una piel antes que una coraza. Frágil es el vaso, que cae y se quiebra solo. Vulnerable es el cuerpo, que puede ser herido o sanado por otro cuerpo. El vaso no reclama; el cuerpo sí.

Levinas lo pensó del modo más físico: el sujeto es piel expuesta antes que conciencia, y de esa exposición nace una obligación. MacIntyre añade el reverso: la autosuficiencia es una fábula, pues dependemos de otros al nacer, al morir y cada vez que tiembla el suelo. Las instituciones no corrigen una debilidad excepcional: administran una condición permanente. La vulnerabilidad no se elige, pero sí quién responde por ella: vulnerable es todo cuerpo; a la intemperie queda solo aquel a quien el reparto dejó sin techo.

La vulnerabilidad empezó a pensarse como «reparto» en Lisboa. El terremoto del 1 de noviembre de 1755 arrasó la ciudad, y la polémica que siguió instaló una sospecha: el daño no lo distribuye la naturaleza, sino los hombres. Voltaire hizo del desastre un cargo contra la bondad del mundo; Rousseau le respondió que no había sido la naturaleza quien apiñó allí veinte mil casas de siete pisos. El mal dejaba de ser enigma teológico para volverse expediente administrativo: en Lisboa temblaba la tierra, pero mataban las construcciones humanas.

Entre la falla tectónica y el cuerpo hay siempre algo interpuesto y con autoría. El 24 de junio de 2026, en Venezuela, la onda recorrió doscientos kilómetros y llegó atenuada; lo que decidió el número de muertos fue lo que encontró al llegar.

Los autores del reparto

Lo que encontró la onda sísmica tenía autores. Judith Butler separa lo que la lengua confunde: la precariedad de todo cuerpo y esa otra, inducida por la política, que decide de antemano qué vidas serán resguardadas y cuáles, al perderse, serán siquiera contadas. Quedémonos con esa última palabra: contadas.

En Venezuela, la decisión está fechada y firmada: en 2005, la cooperación japonesa entregó a Hugo Chávez un estudio del riesgo sísmico de Caracas: un sismo como el de 1967 dejaría cuatro mil novecientos muertos; con el reforzamiento propuesto, cuatrocientos. Ninguna de esas cifras contó a los muertos del 24 de junio; contaron lo que costaba no hacer la obra. Nunca se ejecutó, y veintiún años después Caracas lo leyó en sus propias ruinas.

Vino la Gran Misión Vivienda: el Colegio de Ingenieros pidió durante años, sin éxito, sus planos y memorias de cálculo. Al exministro de Petróleo, Tareck El Aissami, lo procesan por el caso PDVSA-Cripto, un desfalco de más de dieciséis mil millones de dólares.

En Venezuela, la corrupción no fue un desorden contable, sino una operación física

El déficit de vivienda no empezó con este gobierno: nació del boom petrolero de los años cuarenta y cincuenta: el éxodo rural llenó sus laderas de una ciudad sin plan, y para 1998 más de la mitad de los venezolanos ocupaba suelo sin título. La deuda sísmica era igual de antigua: sin norma antisísmica moderna hasta 1967, endurecida solo en 1982 tras un terremoto que probó insuficientes los códigos previos.

La corrupción no fue un desorden contable, sino una operación física: cada soborno, una inspección omitida; cada certificación falsa, una varilla que no se puso. Pero bajo buena parte de los escombros no hubo soborno: casi un tercio de los venezolanos vive en la ladera que nadie inspeccionó, en la casa que levantó un domingo con lo que tenía. Al edificio público le sustrajeron el acero; al del barrio, el inspector, el ingeniero y la norma: no mata el azar, sino el presupuesto dilapidado y lo que nunca se supervisó.

El cerco

El reparto, sin embargo, no tiene un solo autor. Las sanciones de 2017 y el embargo petrolero de 2019, de diseño quirúrgico y efecto indiscriminado, expulsaron al país de la banca internacional. El PIB cayó más de un tercio en 2019, y esa misma reticencia frena hoy las divisas y los materiales que la reconstrucción necesita. Se les atribuyen decenas de miles de muertes, pero una estimación no es un recuento. Puede fecharse, en cambio, el orden: el informe se engavetó cuando no existía sanción alguna y el barril rozaba máximos. El cerco no abrió la intemperie; la cerró por fuera.

Culpar solo al bloqueo es una coartada; ignorarlo, una ceguera cómplice. Pero repartir responsabilidades no es igualarlas: quien deja caer un edificio y quien estorba su reconstrucción no responden de lo mismo, pues solo uno tenía las llaves de la ciudad. El 25 de junio, Washington autorizó por licencia las transacciones de socorro: hasta remover escombros necesitó permiso.

El mundo común

Suele celebrarse la resiliencia del venezolano, y sobrevivir con nada tantos años es una proeza. Pero admirar la resistencia a lo insoportable convierte en virtud lo que es despojo: ya no se exige al mundo que proteja, sino al sujeto que aguante. Admirar la cicatriz es no mirar el filo.

Reconocer la propia exposición es reconocer la ajena. Pero el socorro dura lo que dura un cuerpo, y la solidaridad del 24 de junio no protegerá a nadie del próximo sismo. El rostro obliga a quien lo mira; solo una institución obliga a quien no estaba allí.

Hannah Arendt llamaba mundo no a la Tierra, sino al artificio que interponemos entre ella y nosotros

Hannah Arendt llamaba mundo no a la Tierra, sino al artificio que interponemos entre ella y nosotros. La Tierra es lo dado: el suelo, la falla, la gravedad. El mundo es lo hecho: casas, puentes, códigos, catastros, tribunales. No lo define su utilidad, sino su durabilidad: sobrevive a quienes lo hicieron.

Aquí Rousseau y Arendt se dan la espalda: para el primero, en Lisboa mató el artificio; para la segunda, el artificio nos salva de la intemperie. Ambos aciertan, porque lo que decide no es la materia de lo interpuesto, sino quién responde por ella: la primera obra del mundo no es el muro, sino el destinatario a quien reclamarlo antes de que caiga.

Arendt llamaba pérdida de mundo a la desposesión extrema: el apátrida pisaba la Tierra, pero había perdido el sitio donde sus palabras contaban, y reclamaba el derecho a tener derechos. Eso ocurría en Venezuela antes del 24 de junio: no faltaba suelo, faltaba mundo. Millones vivían sin plano ni registro, apátridas en su propio país.

Lo que se derrumbó no fue la tierra, sino el mundo. Un plano es una viga de papel; una inspección, un pilar; una sanción, un sismo. Un edificio se derrumba dos veces: la del 24 de junio fue la segunda; la primera, años antes, en una oficina con aire acondicionado. Solo la primera admite remedio.

Conservar el mundo, el amor mundi de Arendt, no es un sentimiento, sino una obligación.

El informe japonés no ofrecía inmunidad, sino cuatrocientos muertos en lugar de cuatro mil novecientos: promesa modesta y enorme.

Un informe engavetado, una obra sin auditar, una sanción firmada a cinco mil kilómetros. Entre la falla y el muerto siempre media una decisión humana. Mientras no se tomen medidas, el próximo temblor encontrará el mismo país: enterrando a los suyos, buscando entre los escombros a los que nadie contó. Cavando con las manos enguantadas a medias.

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