ENTREVISTAS

Arturo Pérez-Reverte

«La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida»

Fotografía

Jeosm
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17
agosto
2026

Fotografía

Jeosm

Más que una entrevista, esta charla es, en realidad, la conversación que quedó pendiente después de editar el libro. El proceso de edición de ‘Enviado especial’ (Alfaguara, 2026) me había obligado a convivir manejando una gran cantidad de material, por lo que después de casi un año leyendo crónicas, ordenando guerras, fechas, muertos, hoteles y personajes, me resultaba extraño enfocar una entrevista al uso. Había demasiadas capas de trabajo acumuladas: el reportero que fue, el novelista que vino después y también mi propia mirada; la de quien había tenido que reconstruir todo ese itinerario desde los periódicos viejos, las miles de fotos y las crónicas originales. El recurso me permitía ordenar el aire de la escena, devolver perspectiva y mostrar que, además de las palabras, también estaban ocurriendo otras cosas: silencios, fatigas, ironías, recuerdos que aparecían antes que las respuestas. Por eso decidí, a la hora de escribir esta charla con el autor, alejar mi voz y mirar desde fuera. De alguna manera, esta mirada externa funciona como el último gesto de edición del libro. Después de pasar tantos meses dentro del campo de batalla revertiano, quizás era la única forma posible para mí de contar.


—Escribiendo novelas durante toda mi vida, la guerra ya había ido goteando por todas partes —dice Arturo Pérez-Reverte, acomodándose apenas en la silla—. Había goteado en mis novelas, sobre todo en El pintor de batallas, en Territorio comanche, y también en los artículos que llevo escribiendo desde 1993. Por eso, la idea de una biografía me parecía superflua.

María José Solano sonríe.

—De hecho, nunca la has escrito.

—Nunca he querido hacer una biografía. Está repartida por toda mi obra, tanto periodística como narrativa. Pero hubo una presión amistosa, de editores, de amigos… Así que permití que el libro existiera. Yo no lo he hecho. He dejado que lo hicieran. No participé en la selección ni en los prólogos. Ni siquiera lo he leído entero.

—Eso precisamente te iba a preguntar. ¿Ni siquiera por encima?

Reverte niega lentamente.

—Muy poco. Fragmentos. A veces ni completos. Apenas una quinta parte.

La periodista baja la vista al ejemplar.

Arturo Pérez-Reverte

—Lo curioso es que el epígrafe habla de una biografía. Y tú nunca habías querido reunir los textos de guerra, aunque sí existieran otros volúmenes de artículos. ¿Crees que ese subtítulo es justo?

Reverte tarda unos segundos en responder.

—Ahora creo que sí. Nunca me lo había planteado hasta hace dos o tres semanas, cuando me vi frente a este libro. Y comprendí que ahí estaba mi biografía real. La guerra ha sido el factor que más ha condicionado mi vida. Esta selección permite levantar un mapa cronológico y biográfico de lo que he sido. No es una biografía convencional. Es más fiel que una autobiografía escrita deliberadamente.

—Porque aquí están las fuentes directas.

—Exacto. Hasta ahora el lector tenía la memoria mezclada con literatura y con cuarenta años de distancia. Aquí está el barro original.

«Cada periodista fabrica su propia ética»

Solano asiente.

—Y, sin embargo, hay algo más. En el XL Semanal aparecía otra cosa: memoria, personajes, recuerdos… Ese género híbrido tan tuyo. Mi pregunta es si has sido capaz de mirar con objetividad a aquel reportero.

Reverte sonríe con cansancio.

—No lo he releído apenas. Pero sí he comprendido algo. Antes esa biografía estaba dispersa entre muchas cosas; aquí la guerra queda concentrada. Y eso la vuelve brutalmente visible. Me he dado cuenta de hasta qué punto la guerra construyó al hombre que soy ahora.

—¿Y crees que esos artículos tendrían hoy el mismo valor si no hubieras sido novelista después?

—Para mí no lo sé. Pero para el lector, creo que sí tiene valor. Llevo cuarenta años publicando novelas. Cualquier lector mío encontrará aquí claves fundamentales. Escenarios, personajes, colores, soledades, violencia… Verá que cuando hablo de ciertas cosas no hablo desde la teoría ni desde los libros. Hablo desde la experiencia.

Hace una pausa.

—Comprenderá de dónde sale todo.

La periodista sonríe.

—Durante los meses de trabajo leyendo periódicos enteros para preparar esta edición, percibí de manera muy reconocible un estilo propio. Incluso en las primeras crónicas en La Verdad de Murcia, antes de ser periodista, ya hay una voz distinta. Literatura, memoria… El pasado explicando el presente. ¿Eras consciente de eso?

Reverte se encoge de hombros.

«Los libros eran mis referencias; me ayudaban a ordenar narrativamente el caos»

Yo llegué al periodismo con muchos libros leídos. Siempre digo que cuando hay literatura en un reportaje suele haber mal periodismo. Y cuando hay periodismo en una novela suele haber mala literatura. Pero es cierto que yo ya llevaba una formación literaria muy intensa encima. Había leído mucho para mi edad. Eso se nota inevitablemente en la sintaxis. Y también en la manera de mirar.

—No todos los periodistas tenían esa mirada.

—No lo sé. Lo que sí sé es que eso no me hacía mejor ni peor. Me daba un tono. Un sello personal. Desde el principio, el lector atento podía intuir un poso de lecturas.

Solano sonríe.

—Hay un momento singular en una crónica donde dices sentirte como Fabricio del Dongo en Waterloo. Los ojos de Reverte brillan, divertidos.

—Mi gran ventaja, desde la guerra de Chipre en el 74, fue que proyectaba mis lecturas sobre lo que veía. Cuando veía a un soldado despidiéndose de su mujer, veía a Héctor y Andrómaca. Cuando veía a un padre con su hijo, veía a Príamo llevando el cuerpo de Héctor. Los libros eran mis referencias. Me ayudaban a ordenar narrativamente el caos.

—Y esos libros estaban siempre en la mochila.

—Siempre.

—¿Qué libros recuerdas especialmente?

Plutarco. Jenofonte. Tito Livio. Stendhal. Thomas Mann. Procuraba viajar con obras completas en uno o dos volúmenes porque necesitaba libros que duraran semanas o meses. En Eritrea llevaba a Jenofonte. La montaña mágica viajó conmigo media vida. Se ríe. —Llegar a un hotel miserable, sacar el cepillo de dientes, el jabón y el libro… Eso era mi hogar.

—¿Y el Plutarco que salvaste en Eritrea?

Reverte asiente lentamente.

—Tuve que tirar casi todo para cruzar a Sudán. Pero el Plutarco sobrevivió. Lo tengo todavía.

María José Solano lo observa unos segundos antes de continuar.

—Sin embargo, cuando haces referencia a tus maestros hablas tanto de escritores clásicos como de reporteros franceses.

—Yo quise ser reportero de guerra desde los catorce años. Me preparé para eso. Buceador, paracaidista, lector obsesivo. En Francia existía el gran reportaje internacional. Paris Match era extraordinario. Yo estudiaba aquellos nombres. Quería ser como ellos.

—¿Y luego los conociste?

—A algunos, sí. Llegué a las guerras siendo un pardillo absoluto, pero conocía sus trabajos. Eso me abrió puertas. Me acogieron muy bien. Hice más amigos franceses e italianos que españoles.

La periodista cambia ligeramente el tono.

—Leyendo el libro hay lugares que aparecen constantemente: el Sáhara, Líbano, Eritrea…

—Porque ahí me hice periodista.

—¿Qué tenía el Sáhara?

Tifariti, Argelia

—Todo. Aventura, adrenalina, formación. Allí aprendí la crónica diaria, las fuentes, las mentiras, los contactos, la supervivencia profesional. Chipre fue mi bautismo. El Sáhara, mi escuela. El Líbano me enseñó el horror y la complejidad humana. Eritrea fue el límite. Sarajevo, la despedida. Pero en ese momento yo ya escribía novelas y me iba bien. Pude elegir. Siempre tuve mucha suerte.

Baja la voz.

—Empecé muy joven y en unos pocos años maduré de golpe.

—Y también descubriste la ética del oficio. Reverte sonríe con ironía. —No había ética. En Pueblo aprendí que la ética era relativa. «No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje». Cada periodista fabrica su propia ética. Yo tenía límites claros, pero aprendí todos los trucos del oficio.

—¿Qué aprendiste exactamente?

—Que un periodista debe dar un paso más. No limitarse a mirar. Intervenir ligeramente en el hecho para obtener algo distinto. Sin falsearlo. Pero empujándolo un poco.

—La osadía.

—No solo, pero algo de eso había, claro. Ahí nació mi manera de trabajar. La conversación avanza lentamente hacia otro territorio. —En los años 80 aparece algo nuevo en tus crónicas: el cansancio. El periodista empieza a mirarse a sí mismo. Aparece el futuro novelista.

Reverte asiente.

«Comprendí que llevaba veinte años contando guerras y que el mundo seguía igual, ni una bala menos»

—Sí. Sin darme cuenta empecé a acumular material humano, emocional, narrativo. No hacía crónicas desde el «yo», pero comprendí que también era interesante contar cómo veía el reportero el miedo de la gente, el cansancio de los soldados, los rostros de la derrota…

—Y aparece el héroe cansado.

—Pero el cansancio era mío.

El silencio se instala unos segundos.

Frontera Norte, Sáhara

—Comprendí que llevaba veinte años contando guerras y que el mundo seguía igual. Ni una bala menos. Ni un muerto menos. La misma guerra siempre. Entonces pensé: «Al menos esto me ha cambiado a mí». Y de ahí sale el novelista.

Solano lo mira fijamente.

—¿Por eso vuelves siempre al Mediterráneo?

Reverte sonríe y asiente en silencio.

«La Europa en la que yo creí ya no existe: soy un apátrida europeo»

—Porque Europa, la Europa en la que yo creí, ya no existe. Soy un apátrida europeo. Mi única patria verdadera ha terminado siendo el Mediterráneo. Caótico, mestizo, violento, luminoso. Siempre estuvo ahí.

—¿Y la nostalgia? Niega con la cabeza.

—No puedo sentir nostalgia de aquel periodismo porque ya no existe. Nosotros éramos una tribu. Competíamos entre nosotros. Ahora compites contra drones, móviles, satélites y redes sociales. Todo eso terminó.

La periodista cierra lentamente la Moleskine.

—Siempre hablas de remordimientos. ¿Con qué soñabas después de las guerras?

Reverte tarda en responder.

—Con hoteles vacíos. Con calles oscuras. Con aeropuertos. Con taxis que no llegaban nunca. Curiosamente, durante la guerra apenas soñaba. Quizá porque la pesadilla ya estaba afuera.

—Y el miedo.

—El miedo siempre tiene para mí la misma imagen: un amanecer gris y kleenex blancos atrapados en unos arbustos. —¿Y la felicidad? Esta vez sonríe de verdad.

—Salir vivo de Sarajevo. Sentarte al sol después de semanas. Comer caliente. Que no te disparen. Eso era la felicidad absoluta.

«Comer caliente, que no te disparen: eso era la felicidad absoluta»

Solano hace una última pregunta.

—¿Y la foto más importante?

Reverte le sostiene la mirada.

—La del etíope muerto mostrado como trofeo: Meik-mi uan photo. Ese día comprendí que era capaz de mantener la cabeza fría en medio del horror. La foto era perfecta técnicamente. Y estoy orgulloso de ella, no por el horror que muestra, sino porque significa que aquel día pasé la prueba.

Luego guarda silencio.

—Y porque seguí vivo.

«Meik mi uan photo»

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