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El último derrumbe de Venezuela

El terremoto es una catástrofe inevitable, claro que sí, pero también el final de una larguísima decadencia que empezó antes de Hugo Chávez y que se ha ido expresando en pesadillas sucesivas.

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30
junio
2026

Sería muy injusto leer el terremoto de Venezuela como metáfora, la ruina final de tantas ruinas anteriores. Sería un ejercicio de la peor literatura, la que no busca comprender ni acompañar, sino dejar frases bellas sobre la tragedia y la muerte, inscripciones de prosa municipal en las lápidas. La decencia exige mirar la catástrofe de frente, sin contexto ni resonancias políticas, como los bomberos voluntarios que desescombran y sacan cadáveres sin preguntarse nada sobre gobernantes, tiranías, decadencias o paraísos revolucionarios que devienen infiernos cotidianos.

Y, sin embargo, esa forma tan directa y urgente de mirar el terremoto es también injusta, pues solo funciona bajo la premisa de lo inevitable. Lo catastrófico sucede sin culpables y casi sin causas, nos dicen, pero no hace falta creer en el dios de la Biblia y en sus castigos recurrentes para comprender que la desdicha no golpea igual en todas partes. Quien ha paseado por Lima o por Ciudad de México puede criticar muchas cosas de los gobiernos que rigen esas ciudades, pero percibe una preocupación muy seria por minimizar las víctimas de los sismos y tsunamis. Todo está sembrado de puntos seguros y de rutas de evacuación, los edificios cumplen una normativa estricta para prevenir derrumbes y los servicios de emergencia están muy entrenados. Nada de eso sucedía en Venezuela. Ni los edificios se construyeron para aguantar, ni los servicios saben qué hacer. La gente se muere bajo los cascotes sin que ese gobierno tan asfixiante, tan metomentodo, que no les deja en paz ni a la hora de la siesta, reaccione y demuestre que le importa un maldito carajo ese pueblo que dice representar.

Por eso, el terremoto como metáfora no es una grosería ni un capricho de vate provinciano que quiere ganar unos juegos florales. Las dictaduras revelan su crueldad en los instantes trágicos, cuando es evidente que todo su aparataje solo está al servicio de la represión y de la perpetuación de las élites corruptas. Lo único eficaz en tiranías como la de Venezuela es la policía política. Nadie te garantiza la asistencia sanitaria, el avituallamiento, la circulación de los transportes o el suministro eléctrico, pero puedes dar por seguro que, si disientes, aparecerá un uniformado para llevarte preso. Esos nunca fallan.

Las dictaduras revelan su crueldad en los instantes trágicos, cuando es evidente que todo su aparataje solo está al servicio de la represión

El terremoto es una catástrofe inevitable, claro que sí, pero también el final de una larguísima decadencia que empezó antes de Hugo Chávez y que se ha ido expresando en pesadillas sucesivas. Es el último sello que quedaba por romperse en el apocalipsis de un país que alumbró el mundo hispánico entre 1940 y 1990 y pudo haber sido –quizá lo fue, no hace tanto– el modelo de prosperidad y libertad que nunca acaba de cuajar en la América hispanohablante. Solo apunto un dato del mundo al que me dedico, los libros. En el año 2000, la división venezolana de lo que entonces era Santillana (hoy, Penguin Random House) facturaba el doble que la colombiana. Hoy, ningún grupo editorial opera en Venezuela, los libros entran casi de matute y en cantidades minúsculas, circulando en una red ínfima de librerías resistentes, mientras Colombia lidera el mercado sudamericano.

Como tantos otros españoles, tengo una relación familiar e íntima con Venezuela. Una parte de mi familia se exilió en Caracas tras la guerra civil y prosperó enormemente. Se convirtieron en la rama rica, los happy few cuyas vidas apenas podíamos imaginar desde nuestros pisitos españoles. Tenían casas en la playa, se iban de compras a Miami, montaban negocios y siempre estaban de buen humor. Mi tía se reía constantemente, y al reírse le brillaban las joyas que llevaba al cuello y en las orejas, como una Castafiore tropical. Eran joyas buenas, nada de la bisutería que gastaba mi madre.

Asistimos desde nuestro lado del charco a la ruina progresiva de aquel país que acogió a tantos exiliados y tantos intelectuales. Ese país donde todo el mundo era culto porque los libros estaban baratísimos y había un sistema de enseñanza universal enorme. Ese país que atraía a los artistas de vanguardia, que diseñaban una Caracas caótica y vibrante donde todo parecía posible. Ese país que impuso una industria televisiva al resto de la comunidad de habla española, que incluso premiaba a los escritores muertos de hambre de otros países invocando a un presidente letraherido llamado Rómulo Gallegos.

Nos parecía inverosímil que todo aquello fuera desapareciendo bajo las zapatillas deportivas de un Tirano Banderas. Peor que la ruina y la represión era la grosería chandalera con la que esta avanzaba. La vida alegre de mi familia fue convirtiéndose poco a poco en una versión caribeña de La busca de Baroja. Nos contaban que cualquier trámite cotidiano era una odisea: conseguir papel higiénico, llenar la nevera, comprar ciertos medicamentos… Todo escaseaba (salvo la gasolina, prácticamente gratuita), cortaban la luz, el dinero no valía nada. Las casas de la playa desaparecieron, el patrimonio de los años buenos se fue borrando de los catastros, y a cuentagotas primero, en desbandada después, mis familiares siguieron la ruta de tantos otros y abandonaron Venezuela.

Descapitalizada, con millones de ciudadanos esparcidos por tantos países (víctimas en muchos del racismo y la xenofobia, y en otros, del cliché del venezolano opulento que oculta a tantos taxistas y currantes inscritos en la regularización española), silenciada por la represión y el fraude electoral, y, al final, paradójica colonia del imperio trumpista tras el secuestro de Maduro, Venezuela ya era una inmensa ruina antes del terremoto. La desolación de La Guaira solo ha constatado lo que los venezolanos sabían: que no queda nada parecido a un Estado, que la policía y el ejército solo sirven para reprimir manifestaciones y que el destino del pueblo no le importa a ninguno de los sátrapas cuya única ideología es la perpetuación del poder petrolero.

Ahora hablarán de reconstrucción. ¿Y qué reconstruirán? ¿El mismo agujero, los mismos vacíos, la misma vaina bolivariana, las mismas vallas de propaganda gubernamental para tapar la miseria y las cárceles? Ni los artistas venezolanos de vanguardia del arte cinético o del informalismo de los años 60, tan audaces, sabrían cómo resolver urbanísticamente esa paradoja. Hay que cavar mucho más hondo: debajo de estos muertos se esconden muchos otros.

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