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María Zabala

«Podemos educar para que nuestros hijos sepan vivir con y sin tecnología»

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08
septiembre
2026

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Videojuegos, móviles, redes sociales y, ahora, inteligencia artificial se han incorporado a la vida cotidiana mientras padres, educadores e instituciones averiguan cómo acompañar a las nuevas generaciones. En medio de un debate dominado por las posiciones enfrentadas, María Zabala (Madrid, 1975) propone recuperar los matices. Periodista especializada en ciudadanía digital, responsable de la plataforma iWomanish y autora de ‘Ser padres en la era digital’ (Plataforma Editorial), colabora con familias e instituciones en iniciativas de cultura digital y defiende una educación basada en el acceso gradual, la autonomía progresiva y, sobre todo, la implicación de los adultos. Porque educar en el mundo digital, sostiene, consiste en preparar a niños y adolescentes para desenvolverse en la realidad que les ha tocado vivir.


Su libro parte de una idea que parece sencilla, pero que cambia la perspectiva: no se trata de educar contra la tecnología, sino de educar para vivir con ella. ¿Qué hemos entendido mal durante estos años de debate sobre las pantallas?

Más que entenderlo mal, creo que nos movemos como un péndulo. Durante muchos años hemos adoptado la revolución digital de una manera poco reflexiva, como usuarios pasivos: surge algo, lo utilizamos y no necesariamente entendemos su impacto, cómo funciona, cómo nos afecta o qué consecuencias puede tener. En el caso de los menores, además, hemos permitido que los dispositivos y los entornos digitales sustituyeran buena parte de su ocio analógico. Ahora hemos pasado de esa enorme inercia a una desconfianza total y queremos prohibir o erradicar las «pantallas». Yo intento plantear que podemos educar para que nuestros hijos sepan vivir con y sin tecnología. Hay cosas que necesariamente tienen que seguir siendo desconectadas y otras en las que podemos aprovechar los beneficios del mundo conectado. Pero para eso primero los adultos tenemos que entender cómo funciona la tecnología que nosotros mismos utilizamos. Por eso el libro no se llama Cómo educar en la era digital, sino Ser padres en la era digital. La pregunta es qué significa ser padres hoy y qué cosas necesitamos saber para ejercer esa responsabilidad.

«Hemos adoptado la revolución digital de una manera poco reflexiva, como usuarios pasivos»

Insiste en que la educación digital empieza por los adultos. ¿Estamos exigiendo a los menores un uso responsable de la tecnología que nosotros mismos todavía no hemos aprendido?

En parte, sí. Conforme crecen, pedimos a niños y adolescentes que sean responsables, que piensen antes de publicar o compartir y que entiendan el alcance de lo que hacen en internet, cuando nosotros no necesariamente hemos realizado ese mismo viaje. Se habla mucho de alfabetización digital y mediática de las nuevas generaciones y de las competencias digitales de docentes y estudiantes, pero queda mucho trabajo por hacer con la ciudadanía adulta. Y eso es fundamental para evitar pasar de la inercia, usar y permitir usar sin pensar demasiado a la desconfianza absoluta y la prohibición. El mejor ejemplo digital que podemos dar a nuestros hijos no consiste solamente en que no nos vean utilizar el móvil. También tienen que vernos utilizar la tecnología con propósito, intención y capacidad de aprendizaje: para usos positivos, solidarios, creativos o de formación. El ejemplo también consiste en que nos vean utilizar pantallas.

Muchas familias sienten que llegan tarde a todo: nuevas redes sociales, videojuegos, móviles… ¿Qué riesgos tiene educar desde el miedo o desde la sensación de ir siempre un paso por detrás?

Proteger a nuestros hijos de los riesgos asociados a productos y servicios digitales no implica solamente conseguir que no corran esos riesgos. También significa que aprendan a detectarlos, a identificar cuándo pueden convertirse en un daño, a pedir ayuda y a saber a quién acudir. No queremos que sean víctimas de ciberacoso, por ejemplo, pero también queremos que sepan reconocer una situación de acoso, denunciarla y pedir ayuda si la están sufriendo. Por eso no podemos hacer llegar a las familias únicamente el mensaje del miedo. La advertencia sobre los riesgos es necesaria, pero tiene que ir acompañada de herramientas. También debemos aprender a diferenciar. Querer retrasar el acceso a un smartphone o a las redes sociales no significa prohibir que un menor escuche música en una plataforma, oiga un podcast o utilice una aplicación para afinar una guitarra. Hablamos de prohibir el móvil, las redes o la tecnología en las aulas como si todo fuera lo mismo. Tenemos que definir exactamente de qué estamos hablando, porque, si no, corremos el riesgo de pasarnos de frenada.

«El mejor ejemplo digital que podemos dar a nuestros hijos no consiste solamente en que no nos vean utilizar el móvil»

La tecnología suele abordarse desde la lógica del control: limitar, vigilar, prohibir. ¿Qué cambia cuando el punto de partida pasa a ser la confianza?

La desconfianza hacia las plataformas y las empresas que desarrollan productos y servicios digitales es legítima. Tenemos que seguir reclamando que diseñen esos productos de manera ética, con seguridad desde el diseño y con mecanismos que protejan a los menores. Pero, en el ámbito de la familia, hay que trabajar más que nunca la confianza interpersonal, el vínculo y la comunicación con nuestros hijos. Y eso no es fácil. Sin embargo, en el discurso público muchas veces nos centramos en prohibir las pantallas como si eso fuera a conseguir que nuestros hijos dejaran de tener problemas o malestar. Yo hablo de acceso gradual y autonomía progresiva. Los adultos debemos decidir qué puertas digitales abrimos, en qué momentos y para qué actividades. Un niño de 3 años no necesita una pantalla para ser más listo. Y tampoco tiene sentido que niños de 9, 10 o 12 años hagan más cosas solos en internet que las que les permitiríamos hacer solos en la calle.

Hoy buena parte de la socialización, el aprendizaje y el ocio transcurren en entornos digitales. ¿Qué significa educar para ejercer una ciudadanía responsable en esos espacios?

Lo primero es entender que no hay un mundo digital y otro real en términos de conducta, respeto, empatía, tolerancia o consecuencias de nuestros actos. Hay que intentar ser buena gente y educar a nuestros hijos para que sean buena gente tanto en la calle como en una red social. Eso significa poner límites y hablar en familia sobre qué está bien y qué está mal. También implica buscar un equilibrio. Podemos explicarles que es maravilloso tener acceso al mundo digital, pero que estar permanentemente conectados puede convertirse en una esclavitud y que hay que saber parar. Uno puede escuchar música en un vinilo y también en Spotify; hablar con sus amigos por WhatsApp y también quedar con ellos en una terraza. No necesitamos educar para que nuestros hijos vivan sin pantallas ni para que vivan permanentemente con ellas porque eso supuestamente vaya a facilitarles el futuro. Necesitamos que sepan vivir con y sin ellas.

«Concienciar a las familias sobre los riesgos de internet es necesario, pero eso no es alfabetización»

¿Existe el riesgo de que estemos poniendo demasiado el foco en enseñar a utilizar herramientas digitales y muy poco en desarrollar criterio para comprender cómo funcionan y qué intereses hay detrás de ellas?

Es muy fácil culpar al algoritmo de que ya no sabemos pensar, pero tenemos que recuperar nuestra asertividad y nuestra autoconfianza para entender que todavía hay decisiones que dependen de nosotros. Como adultos tenemos la obligación de hablar con nuestros hijos de las dificultades y también de las maravillas del mundo actual. Tenemos que enseñarles que hay momentos en los que la tecnología permite hacer cosas extraordinarias y otros en los que necesitamos parar. Y ahí la implicación de los adultos es fundamental. No puede limitarse a entregar un dispositivo. Tenemos que saber qué tecnología ponemos en sus manos, atrevernos a configurarla y también interesarnos por lo que hacen con ella. Igual que un padre puede aprenderse las posiciones de baloncesto porque su hijo juega cada sábado, podemos interesarnos por los videojuegos a los que juega, las redes que utiliza o las personas a las que sigue. Pero hay que hacerlo desde un interés genuino, no desde el juicio.

A menudo se presenta la infancia digital desde la nostalgia de un pasado analógico. ¿Idealizamos esa infancia o realmente hemos perdido algo esencial?

Todos tendemos a recordar lo mejor de nuestra infancia. Hay cosas de la mía que me encantaron y otras que veo ahora y que me habría gustado poder disfrutar, como el acceso a determinados contenidos e información. Lo que no sirve de nada es decirles a nuestros hijos qué mala suerte han tenido porque les haya tocado vivir ahora o que queremos que tengan nuestra infancia. No podemos volver al pasado, incluso aunque prohibamos las pantallas, porque el mundo ya no es el mismo. Creo que hay mucha nostalgia y que esa nostalgia muchas veces nos impide conectar, porque enseguida se convierte en prejuicio. Cuando decimos que «la juventud está peor que nunca» deberíamos preguntarnos quién educa a esa juventud. Los niños y adolescentes crecen en la sociedad que los adultos construimos para ellos.

«Especialmente en el caso de los menores, los algoritmos no deberían utilizar su actividad para perfilarlos con fines comerciales»

Más allá de las decisiones individuales de cada familia, ¿qué responsabilidad tienen las plataformas tecnológicas y las instituciones públicas en la protección y educación digital de los menores?

Las plataformas tienen que trabajar más y mejor en la seguridad desde el diseño y añadir una protección específica para los menores. También necesitan informar mejor a los usuarios sobre cómo configurar sus perfiles y ser transparentes sobre cómo utilizan nuestros datos. Especialmente en el caso de los menores, los algoritmos no deberían utilizar su actividad para perfilarlos con fines comerciales. Las administraciones tienen que regular determinados aspectos y hacer cumplir las leyes que ya existen, pero también tienen una responsabilidad que todavía no está suficientemente cubierta: la alfabetización digital de los adultos. Concienciar a las familias sobre los riesgos de internet es necesario, pero eso no es alfabetización. Necesitamos adultos que sepan crear buenas contraseñas y puedan enseñarlo, padres y madres que sepan configurar dispositivos o que entiendan que el tiempo de pantalla no es solamente una cuestión de minutos, sino de qué actividad está realizando su hijo durante ese tiempo. Necesitamos ir un paso más allá de la advertencia sobre los riesgos.

En muy poco tiempo hemos pasado de preocuparnos por el móvil a hacerlo por la inteligencia artificial. ¿Qué revela esta sucesión de alarmas sobre nuestra relación con la tecnología?

Revela que vivimos tiempos de enorme incertidumbre. Todo cambia muy deprisa y no siempre tenemos la información o el tiempo necesarios para comprender los cambios que se están produciendo. Y eso genera mucho vértigo. También vivimos una época en la que existe un temor enorme a que les pase algo a nuestros hijos sin que nos demos cuenta, mientras, al mismo tiempo, queremos saberlo todo sobre ellos. Creo que necesitamos una cierta serenidad. Lo primero es trabajar el vínculo y la cercanía con nuestros hijos para que, cuando haya un problema, nos lo cuenten. Después podremos pedir ayuda a quien haga falta. Como padres no tenemos que saber de todo; tenemos que ser capaces de detectar que algo no va bien. Con la tecnología ocurre lo mismo: necesitamos mantener abierto ese puente para que, cuando vean algo extraño en internet o tengan un problema, puedan contárnoslo.

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