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Lo que aprendí en Venezuela

La acción humanitaria no consiste únicamente en salvar vidas. También implica asumir un compromiso con la dignidad de quienes atraviesan una crisis.

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04
septiembre
2026

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El 9 de julio estaba en Caraballeda, una de las zonas más afectadas por el terremoto que golpeó Venezuela hace unas semanas, acompañando la respuesta que desde la ONG Entreculturas estábamos desplegando junto a organizaciones socias locales. En ese lugar, la devastación seguía siendo evidente y difícil de explicar a alguien que no la ha vivido.  Después de varias horas recorriendo la zona, entre escombros, edificios colapsados y campamentos improvisados, resultaba abrumadora la vulnerabilidad de la que uno se hacía consciente a cada paso.

Había lugares donde no se escuchaba nada, solo un silencio atento: el de los equipos de rescate que seguían buscando señales de vida bajo el hormigón. En otros, el silencio era de desaliento, el de las personas que permanecían sentadas al borde de la calle, observando lo que quedaba de sus casas mientras esperaban noticias sobre sus familiares.

En medio de ese recorrido, mi mirada se detuvo en una escena que, aunque sencilla, decía mucho sobre lo que significa vivir una crisis. A través de la ventana de un edificio que estaba visiblemente dañado, vi a un hombre sacudiendo una alfombra llena de polvo. Al principio pensé que quizá su vivienda había resistido mejor que otras. Pero al acercarme pude ver que el edificio en el que se encontraba tenía las columnas dobladas y seriamente comprometidas. Aun así, él intentaba limpiar su casa y recuperar algo de orden en medio del caos.

Esa imagen me hizo pensar en cómo se define la Acción Humanitaria. Cuando estudiamos la teoría, aprendemos que la Acción Humanitaria es «el conjunto de intervenciones destinadas a salvar vidas, aliviar el sufrimiento y proteger la dignidad de las personas afectadas por crisis, guerras o desastres naturales». Esa definición es correcta y ambiciosa, pero más allá de un paradigma o un «mantra del humanitario», debe ser un lema que se convierta en acciones tangibles también para gobiernos y donantes.

Proteger la vida no siempre basta si no se cuidan también las condiciones mínimas de dignidad.

En Venezuela, como en tantos otros contextos de emergencia, la pregunta no es únicamente si las personas están a salvo de la muerte en términos físicos. También es necesario preguntarse en qué condiciones viven mientras dura esa emergencia. Cuando pienso en lugares donde hay una crisis, se me vienen a la cabeza lugares lejanos como Venezuela, Etiopía o Ucrania, pero también algunos que tengo cerca, como centros de detención de migrantes de España, Malta y tantos otros países europeos. En todos esos espacios es habitual ver familias enteras compartiendo una sola tienda de campaña, ropa «guardada» en bolsas de basura, filas de 10 o 15 minutos para acceder a un baño o a una ducha… son escenas que muestran que proteger la vida no siempre basta si no se cuidan también las condiciones mínimas de dignidad.

Por eso esa escena del hombre limpiando una alfombra me pareció tan significativa. En un entorno marcado por el daño estructural y la incertidumbre, ese gesto representaba un intento de recuperar normalidad, de sostener hábitos cotidianos y de preservar algo de control sobre el espacio propio. También mostraba hasta qué punto la dignidad forma parte de la respuesta humanitaria. Las personas no solo necesitan refugio, agua o atención médica; necesitan, además, conservar la posibilidad de decidir, de mantener su intimidad, de preservar el control sobre sus vidas y de seguir sintiéndose tratadas como personas, no solo como beneficiarias de ayuda.

La acción humanitaria, en ese sentido, no consiste únicamente en salvar vidas. También implica asumir un compromiso con la dignidad de quienes atraviesan una crisis. Y ese compromiso exige presencia, sensibilidad y una atención cuidadosa a las condiciones en las que se presta la ayuda –además de recursos–. Porque trabajar junto a una población afectada no debería limitarse a cubrir necesidades básicas: debería hacerse de forma que respete su autonomía, su historia y su lugar en la comunidad. Al fin y al cabo, la respuesta humanitaria no se mide solo por su capacidad de atender la emergencia inmediata, sino también por cómo lo hace, sin perder de vista a las personas detrás de cada necesidad.

Por eso, sostener la acción humanitaria no es una opción secundaria ni un gesto de buena voluntad que podamos aislar o compartimentar solo para aquellas crisis que salen en las noticias. Es una responsabilidad compartida. Requiere recursos, coordinación, voluntad política y apoyo sostenido en el tiempo. Requiere también defender el espacio humanitario, proteger a quienes trabajan en él y entender que su labor no termina cuando se apagan las cámaras o cuando la emergencia deja de ocupar titulares.

La acción humanitaria necesita ser respaldada precisamente porque trabaja en ese punto donde la urgencia inmediata se cruza con la vida cotidiana, con los derechos y con la capacidad de las personas para recomponer lo que han perdido. Allí donde hay una tienda de campaña, una familia esperando noticias o alguien intentando limpiar su casa en un edificio dañado, hay también una pregunta de fondo: ¿queremos limitar nuestra respuesta a la supervivencia o estamos dispuestos a defender la dignidad?

La respuesta es clara. Si creemos en la humanidad compartida, entonces debemos sostener la acción humanitaria con decisión, con continuidad y con medios suficientes. Porque cuando una crisis golpea, lo que está en juego no es solo salir adelante. También está en juego la manera en que elegimos acompañar a quienes lo han perdido casi todo. Y esa forma de acompañar dice mucho de quiénes somos como sociedad.


Asunción Taboada es responsable de Acción Humanitaria de la ONG Entreculturas

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