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Una mirada a la propiedad privada en el siglo XXI

Jean-Jacques Rousseau afirmó que el primero que vociferó «Esto es mío» fue el responsable de crear la idea artificiosa de propiedad privada y con ella las miserias y horrores en las sociedades humanas.

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06
agosto
2026

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En su Segundo tratado sobre el gobierno civil, John Locke (1632-1704) explica el surgimiento de la propiedad privada echando mano de las bellotas. Alguien las recoge de debajo de una encina y se apropia de ellas. Se pregunta el filósofo: «¿cuándo empezaron a ser suyas?, ¿cuando las digirió, o cuando las comió, o cuando las hizo hervir, o cuando las llevó a casa, o cuando las arrancó?». Y acto seguido se responde: «Es cosa llana que si la recolección primera no lo convirtió en suyo, ningún otro lance lo alcanzará». Tras ese instante bautismal, nadie tiene derecho a quitárselas porque nadie más puso el esfuerzo, así de sencillo.

El asunto no se zanja con las bellotas, claro. Locke, padre del liberalismo, extendió la idea a la tierra. Quien la cerca y labra, quien la riega con su sudor para hacerla producir, adquiere un derecho sobre ella que ni el rey ni nadie debería poder arrebatarle. Esta es una ley natural, sentenció. La fuente y legitimidad de la propiedad privada se desplaza lejos de las manos del monarca para ubicarse en las de quien trabaja. Pero el asunto tampoco termina aquí. Locke estableció una condición que se ha tendido a olvidar, y es que solo podrás apropiarte de algo si queda lo suficiente para otros. Nadie puede comerse todo el pastel, por mucho que llegue antes.

Como las migas de pan de Hansel y Gretel, el matiz se fue perdiendo por el camino. Durante los siglos siguientes la propiedad privada se erigió en el pilar sobre el que se construyó medio edificio jurídico de Occidente. Piénsese en contratos, herencias, bancos o colonias enteras justificadas con el argumento de que la tierra «no trabajada» estaba disponible para quien llegara a cultivarla, ignorando, de paso, a quienes ya vivían allí.

 Marx interpretó la propiedad privada de los medios de producción como la gran maquinaria que separa a quien trabaja de lo que produce

Karl Marx (1818-1883), siglo y medio después, analizó ese andamiaje y vio en él un mecanismo de despojo. Interpretó la propiedad privada de los medios de producción como la gran maquinaria que separa a quien trabaja de lo que produce: el origen mismo de la propiedad según el liberalismo de Locke.

En la tensión sobre la legitimidad de la propiedad llega el siglo XXI y la pregunta cambia de forma. Por si el debate no fuera lo suficientemente complejo, ya no se trata tanto de bellotas o parcelas –aunque, a la postre, sigue siendo el meollo–, sino sobre cómo hablar de propiedad de algo cuando ese algo vive en la nube. Pagas religiosamente cada mes por escuchar música, ver series o guardar tus fotos. Y, no obstante, no posees ninguna canción, ni temporada, ¡ni siquiera la imagen! Posees el acceso, algo más resbaladizo. La propiedad, tal como fue comprendida en el liberalismo clásico, sale algo maltrecha de esta conexión entre la tarjeta de crédito y un servidor ajeno.

Al tiempo, ha aparecido el fenómeno inverso. ¡Cómo se complica el asunto cuando no se trata de bellotas! ¿De quién es el producto generado por una IA? ¿De la empresa? ¿Eso no implica un acaparamiento que no deja espacio para que los otros creen su propia propiedad con su trabajo? ¿No sucede lo mismo con la desigualdad?

Algunos pagan sumas disparatadas por poseer un archivo digital único, un trozo de código que certifica que ese GIF de un gato es suyo y solo suyo, aunque cualquiera pueda verlo y guardarlo gratis en el móvil. La propiedad privada se torna en relicario: no importa tanto el objeto –su valor real o de uso, que diría Marx– como el certificado que asegura que le pertenece a alguien. ¿Saben que en la Edad Media abundaban las astillas de madera que se vendían bajo el juramento que procedían de la Cruz verdadera? La fe en el título de propiedad, más que en la cosa.

Luego está la vivienda, terreno pantanoso donde la vieja bellota de Locke parece una ironía. Los fondos de inversión compran edificios para alquilar sus viviendas a precios imposibles para conseguir comprar más edificios. En el reverso, hay familias que trabajan toda su vida sin llegar a conseguir siquiera una casa. Si la propiedad emana del trabajo puesto sobre la tierra, algo se ha torcido.

Dijo la antítesis de Locke, Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), que el primero que vociferó «Esto es mío» fue el responsable de crear la idea artificiosa de propiedad privada y con ella las miserias y horrores en las sociedades humanas. ¿Toca deponer la idea clásica de propiedad privada? ¿No es ella acaso una de las pocas defensas reales que tiene cualquiera persona ante el poder ajeno? Tal vez baste con releer a los clásicos. A Locke, por ejemplo: la propiedad surge del trabajo siempre y cuando quede suficiente para los demás. Trescientos y pico años después, aquí está la espinosa cuestión: el mundo no es un bosque con el suelo repleto de bellotas. Quizá estén casi todas en alguna madriguera.

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