La mirada del Otro
Quizá el gran desafío de nuestro tiempo consista simplemente en volver a mirar al otro. Detenernos frente a él antes de reducirlo a una amenaza, una etiqueta o una estadística.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Acababa de cenar con Paz, una vez clausurada la semana laboral. Era víspera de sábado. Caminábamos por la calle más comercial, siempre concurrida, de la pequeña pero cosmopolita ciudad de Sitges. En la acera, donde se arremolinaban las cajas de cartón de un comercio de ropa tras su cierre, un hombre yacía de espaldas. Nos acercamos a él. Un chico joven, quizá no llegaba a los treinta años. Llevaba tres días durmiendo en la calle. Había perdido la mochila, la documentación y probablemente algo más importante: la seguridad de saber que puedes volver a un hogar.
Llamamos a la policía local. No podían hacer nada. No existe ningún albergue para transeúntes en esa ciudad turística capaz de recibir tres millones de visitantes al año.
Le compramos agua y algo de comida. Le dimos dinero. Intentamos orientarlo. Vitali —así se llamaba—. No tenía familia. No conocía a nadie en España. Había tenido una mala experiencia en un trabajo que dejó, nos dijo en inglés. Su mirada transmitía miedo, desolación, cansancio, una tristeza nostálgica. Mantuve su mirada mientras nos hablaba. Recordando a Lévinas cuando nos interpela por «el rostro del Otro, expuesto a mi mirada en su debilidad y mortalidad». Me produjo una sensación de incómoda tristeza: lo verdaderamente difícil no era ayudarle, sino dejar de verle.
Por fin nos marchamos, dejamos a Vitali en su soledad. De camino al coche no hablamos. Ambos sabíamos que habíamos actuado cobardemente. Para qué decirnos: «Hemos hecho lo que hemos podido», cuando sabíamos que no habíamos hecho nada. Que solo habíamos hecho lo fácil: aquello que no alteraba realmente nuestra vida.
Ya en la cama, tardé en conciliar el sueño, se me hacía presente el rostro de Vitali y la conciencia me recriminaba mi mezquina respuesta a la llamada de ayuda de su rostro.
Entonces comprendí con claridad algo que Emmanuel Lévinas había explicado mucho mejor que cualquier tratado moral: el rostro del Otro, cuando le miramos de frente, posee la capacidad de interpelarnos. No porque inspire lástima, sino porque nos coloca frente a una responsabilidad de la que ya no podemos desprendernos.
Vivimos en una sociedad profundamente individualista. Desde edades tempranas se nos educa para competir, destacar y diferenciarnos de los demás. El éxito parece depender de la capacidad de imponerse al Otro. En este contexto, las relaciones humanas se vuelven progresivamente instrumentales y el Otro deja de aparecer como un semejante para convertirse en competidor, rival, objeto de consumo o simple espectador.
A ello se suma una paradoja característica de nuestro tiempo: cuanto más hiperconectados vivimos, más aislados nos encontramos. El Otro se transforma en un «Otro virtual», alguien con quien interactuamos a distancia, sin presencia real, sin contacto, sin mirada. La tecnología nos facilita una comunicación constante, pero vaciada del contacto con la mirada del otro. Con el advenimiento de la IA comenzamos a sustituir la conversación humana por interacciones con algoritmos que no cuestionan, no incomodan y no exigen responsabilidad afectiva.
Observamos guerras, catástrofes y sufrimientos humanos en tiempo real. Las pantallas nos muestran de manera continua ciudades destruidas, personas desplazadas y tragedias colectivas. Sin embargo, la repetición incesante de imágenes termina por anestesiar nuestra sensibilidad. El dolor ajeno se convierte en espectáculo fugaz. Vemos imágenes, pero dejamos de percibir personas; vemos acontecimientos, pero olvidamos el sufrimiento concreto que contienen.
Esa despersonalización afecta también a la política y al debate público. Las consignas y los discursos reducen a las personas a etiquetas ideológicas, identidades o bandos. El otro deja de ser alguien a quien comprender para convertirse en alguien a quien combatir. La diferencia ya no se percibe como posibilidad de encuentro, sino como amenaza.
La diferencia ya no se percibe como posibilidad de encuentro, sino como amenaza
Edmund Husserl ya advirtió del peligro de la cosificación de la experiencia humana. Pero fue Martin Heidegger quien comprendió que el hombre no puede entenderse como un individuo aislado encerrado en sí mismo. Existir significa siempre Mitsein: un «ser-con-otros».
Sin embargo, será Emmanuel Lévinas quien lleve esta intuición hasta sus últimas consecuencias éticas. A su juicio, gran parte de la filosofía occidental había privilegiado el estudio del ser, de la conciencia, del yo, olvidando algo más importante: el otro, cuyo rostro se muestra frente a nosotros y nos interpela.
El rostro no es simplemente una cara; es la presencia vulnerable de alguien que al mirarnos nos grita desde el silencio: «no me abandones», «no me dañes», «hazte responsable de mí».
La ética nace precisamente ahí: en el instante en que el otro se hace presente y su sola existencia nos obliga a responder. Por eso el rostro ocupa un lugar central en el pensamiento de Lévinas.
Quizá el gran desafío de nuestro tiempo consista simplemente en volver a mirar al otro. Detenernos frente a él antes de reducirlo a una amenaza, una etiqueta o una estadística. Comprender que no existe humanidad, ni ética posible sin esa responsabilidad silenciosa que nace cuando una mirada se cruza verdaderamente con otra.
Pasan los días. Todavía me despierto algunas noches frente a la mirada interpeladora de Vitali.
Hay rostros que, una vez vistos de verdad, ya no nos permiten volver intactos a nosotros mismos.
COMENTARIOS