El Consejo Editorial de Ethic analiza la crisis de Ceuta
Hablamos con los consejeros editoriales de Ethic Adela Cortina, Cristina Monge, Edu Madina, Elena Pisonero, Alberto Andreu y Elena Herrero-Beaumont sobre la situación en la ciudad autónoma, a la que a finales de julio accedieron alrededor de 72.000 personas de manera irregular.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Entre el 30 y el 31 de julio de este año se produjo una de las mayores crisis migratorias conocidas en España. Alrededor de 72.000 personas (la población ceutí es de unas 83.500) accedieron de manera irregular a Ceuta, la mayoría a pie, por el espigón de El Tarajal; otras, a nado. En los días sucesivos, el grueso de los desplazados regresó a Marruecos, aunque aún se desconoce con exactitud cuántos permanecen en Ceuta (el Ministerio del Interior los cifra en 5.000, mientras que el Gobierno de Ceuta, entre 10.000 y 12.000). Más de un centenar de muertos y decenas de agresiones sexuales son algunas de las consecuencias trágicas. Distintos miembros del gobierno marroquí han aprovechado la situación para reivindicar la soberanía de Ceuta y Melilla.
La crisis ha colapsado los recursos de acogida de la ciudad autónoma, así como el despliegue de efectivos del Ejército de Tierra, Guardia Civil, Policía Nacional y Salvamento Marítimo, además del cierre temporal del paso fronterizo de Beni Enzar, en Melilla.
El presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, ha calificado los acontecimientos como una «violación de la integridad territorial» de España, solicitó una respuesta coordinada de la Unión Europea y exculpó a las autoridades marroquíes de cualquier responsabilidad, colocándola en Israel, Rusia y grupos de extrema derecha. El «efecto llamada» fue una sentencia del Tribunal Supremo, del 29 de junio de 2026, en la que se recortaban las «devoluciones en caliente». Hablamos con seis consejeros editoriales de Ethic para reflexionar sobre la situación en la ciudad autónoma.
«Ceuta es España desde el siglo XVI, y siendo España un Estado de Derecho, está obligada a defender sus fronteras y a sus ciudadanos»
Adela Cortina – Filósofa y catedrática de Ética
Uno de los grandes desafíos de nuestra época sigue siendo la migración forzosa, el hecho de que haya personas que se vean obligadas a dejar su país de origen y a trasladarse a otro no solo por mejorar sus condiciones de vida, sino sencillamente por afán de sobrevivir. La migración forzosa es una injusticia flagrante, con la que es necesario acabar. Pero el modo de conseguirlo no consiste en «partidizar» el problema y convertirlo en un arma arrojadiza de la que se sirven partidos políticos o países para presionar a otros, convirtiendo a los inmigrantes en medios para lograr sus propios fines. Eso es instrumentalizar a las personas: justamente lo contrario de lo que propone la ética moderna.
Conviene puntualizar que la invasión de Ceuta el pasado 30 de julio no fue un episodio de inmigración forzosa. Como dijo Pedro Sánchez, se trató de una violación de la integridad territorial de España. Ceuta es España desde el siglo XVI, y siendo España un Estado de Derecho, está obligada a defender sus fronteras y a sus ciudadanos, y además con todo empeño, porque sentimos a los ceutíes como parte nuestra que son.
Es importante averiguar quiénes han sido los inductores de la invasión y cuáles sus motivos, como también detectar quiénes no han cumplido con sus obligaciones para gestionar el desaguisado, pero lo urgente es reconocer el hecho innegable de que los ciudadanos de Ceuta han sido agredidos y tienen que ser defendidos para que puedan volver a su vida cotidiana, garantizando sus expectativas legítimas de seguir viviendo en una ciudad española como las demás.
«No se trata de elegir entre autoridad y humanidad, sino de hacer compatibles ambas»
Alberto Andreu – Economista y director del Máster de Sostenibilidad de la Universidad de Navarra
Lo ocurrido en Ceuta puede entenderse como una ruptura del equilibrio entre dos ejes que un Estado debe sostener al mismo tiempo y que podrían representarse en una hipotética matriz. El primero de los ejes es el del respeto a los derechos de las personas: a un lado, los derechos de los inmigrantes; al otro, los derechos de los ciudadanos ceutíes. El segundo eje es el de la defensa de la integridad territorial y de la soberanía nacional. Cuando ese equilibrio se rompe, el sistema cae en el peor cuadrante posible: el del desorden y la desprotección. Eso es precisamente lo que transmite la situación actual: no ha habido suficiente control de las fronteras ni de la integridad territorial, ni quedan adecuadamente protegidos todos los derechos en juego, ni de los ceutíes que han visto rota su forma de vida, ni los de los migrantes, que llevan más de un mes tirados en la calle.
El objetivo debería ser avanzar hacia el cuadrante opuesto: el del orden con derechos. Es decir, una situación en la que el Estado sea capaz de defender la frontera, proteger la soberanía nacional y, al mismo tiempo, garantizar los derechos de todos: de los ciudadanos y también de los migrantes, especialmente cuando están en juego cuestiones tan sensibles como los menores, el asilo o la acogida. No se trata de elegir entre autoridad y humanidad, sino de hacer compatibles ambas.
¿Cómo se logra ese equilibrio? Solo hay una opción: el cumplimiento estricto, eficaz y eficiente de la ley. Y para eso hacen falta medios, capacidad de gestión y una Administración que funcione: recursos para tramitar expedientes de forma extraordinaria y urgente; proteger fronteras con todos los medios (nacionales y europeos); atender a las personas, alojarlas dignamente y hacer cumplir las resoluciones; y defender los intereses de España con todos los mecanismos a su alcance. Todo esto debería haberse hecho de forma preventiva… no de forma reactiva y tarde, como se ha hecho.
Porque una ley sin medios acaba siendo papel mojado. Y cuando eso ocurre, lo que aparece no es solo un problema jurídico, sino la imagen de un Estado ausente o debilitado, incapaz de convertir sus normas en orden, protección y justicia, de sus ciudadanos y de los migrantes.
«Europa tendría que haber sido más solidaria y unánime con España, pero es difícil con un Gobierno como el de Sánchez, que se desmarca tanto de una política común»
Elena Herrero-Beaumont – Directora de Ethosfera
Estamos viviendo un periodo —con las redes sociales— de guerra encubierta, una guerra en la que no se utilizan las armas, sino la palabra e imagen; no somos conscientes aún de su alcance, pero el siglo XXI se está caracterizando por el hecho de que las guerras se libran (ya lo hacen) a través de la información. La desinformación es una realidad con la que convivimos, pero se weaponize (se usa como arma) por parte de determinadas potencias. Basta observar lo que ha ocurrido en Ceuta: las redes consiguieron ese efecto masivo de una manera escalofriante, más de 70.000 personas cruzaron la frontera, citándose gracias a las redes. Queda averiguar quién está detrás. Según contrastó Maldita, el 30 de julio hubo un texto que hacía uso de la sentencia del Tribunal Supremo que se hizo viral. Eso ya era una alarma. Hemos de acostumbrarnos y ser precavidos frente a crisis que, debido a las redes, tienen una dimensión exponencialmente mucho mayor.
El relato del Gobierno está siendo tremendamente incoherente e irresponsable, porque si asegura, por boca de Pedro Sánchez, que no hay pruebas evidentes para señalar a Marruecos como instigador de la invasión, tampoco puedes asegurar que Rusia, Israel o la extrema derecha estén detrás. Como ciudadana, escuchar este argumento me parece de una gravedad enorme. Ahora ha matizado sus propias palabras. Lo que no se entiende es que ni siquiera tenga la sospecha de que quien esté detrás sea Marruecos, porque es lo más evidente, tal y como estamos viendo gracias al trabajo impecable y necesario de los medios de comunicación tradicionales, gracias a periodistas como Ignacio Cembrero, que contrarrestan las narrativas del Gobierno.
El jefe de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, está apuntando a una serie de cuestiones legítimas, no resueltas, porque no se está dando respuesta a cuestiones como cuál es la responsabilidad real de Marruecos o qué hemos de cambiar en nuestra legislación para evitar lo que ha precipitado esta crisis, esa sentencia del Tribunal Supremo.
Europa tendría que haber sido mucho más solidaria con España, haber respondido de manera más unánime, pero el problema de ciertas respuestas europeas hay que buscarlo en las decisiones que ha tomado nuestro Gobierno en materia de inmigración, que no son sostenibles en un contexto de guerra como el que nos encontramos. Esta confrontación a nivel europeo no debería de haberse producido, tendríamos que haber preservado una mayor unidad y solidaridad, pero es complicado cuando tienes un Gobierno que se desmarca tanto de una política común, como ha hecho Pedro Sánchez.
«Esto no va de migración, sino de un ataque deliberado a las democracias europeas en su flanco más débil»
Cristina Monge – Politóloga y asesora ejecutiva
Ceuta condensa las características del nuevo mundo en el que ya vivimos. Las debilidades y contradicciones de Europa en la errática gestión del fenómeno migratorio generan un contexto idóneo para quienes buscan desestabilizar las democracias europeas. Y no son pocos, especialmente si esos ataques se proyectan sobre España. Un país cuyo presidente del Gobierno se ha erigido en la antítesis del trumpismo con actos como la denuncia del genocidio en Gaza, la negativa a incrementar hasta el 5% del PIB el presupuesto en defensa, o la apuesta por el multilateralismo y el orden internacional basado en reglas.
Un ataque híbrido como el que Europa ha recibido en la ciudad de Ceuta no puede analizarse como un movimiento migratorio, sino como una crisis geopolítica de primera magnitud que utiliza la desesperación de quienes buscan una vida mejor como arma de desestabilización.
Las características de la situación que hoy vemos en Ceuta las podemos encontrar también en otros fenómenos similares, antaño considerados «cisnes negros» y que hoy configuran ya una nueva normalidad. Desde los fenómenos extremos y demoledores provocados por el cambio climático hasta las amenazas de la IA, pasando por el desmantelamiento del orden surgido de la II Guerra Mundial y la lucha unilateral de EE.UU. por controlar el mundo, y en especial los estrechos por los que circula el comercio mundial, estos acontecimientos tienen, al menos, cinco elementos en común. Son crisis de un enorme impacto, que no por diagnosticadas son entendidas como reales por las sociedades, que muestran a las claras las enormes dificultades de los gobiernos para gestionarlas y de la oposición para estar a la altura, que generan fallos sistémicos y que siempre tienen un ganador: la ultraderecha global.
Con estas crisis, el ideario ultra avanza en la conquista de los términos –¿cuándo en España pensamos que hablaríamos de «invasores» para referirnos a la migración?–, en la incapacidad de los gobiernos democráticos para hacerles frente y en la explotación del sentimiento de abandono que generan en las poblaciones directamente impactadas.
La urgencia ahora en Ceuta es dar una salida digna de acuerdo a lo derechos humanos y a la legislación vigente a los migrantes que allí continúan, garantizar la convivencia en Ceuta y desterrar esa sensación de abandono de los y las ceutíes con todos los apoyos y medios necesarios, aclarar lo sucedido hasta donde la transparencia permita llegar, que es bastante lejos, y aplicar una mirada estratégica que nos permita al conjunto de la sociedad entender lo sucedido: esto no va de migración, sino de un ataque deliberado a las democracias europeas en su flanco más débil. O se fortalecen, o caerán vencidas.
«Me temo que no soy yo el único español que no entiende nada de la gestión del Gobierno ante la crisis de Ceuta»
Eduardo Madina – Director de Estrategia en Harmon
Es muy difícil encontrar la reacción lógica, comprensible y coherente en cualquiera de las determinaciones políticas referentes a la crisis de Ceuta. Desde las relaciones que España ha marcado con Marruecos en los últimos seis o siete años, pasando por la decisión de acoger al secretario general del Frente Polisario —muy poco explicada—, ese giro en la política y diplomacia española con respecto al Sáhara Occidental, la ruptura abrupta de relaciones con Argelia, y lo que significó en términos energéticos en un momento sensible para España, la sensación de que siempre, en las relaciones con Marruecos, es este quien tiene la sartén por el mango, las sucesivas crisis en las fronteras que hemos tenido y esta última que el propio Gobierno ha denominado como «una violación de la integridad territorial del espacio español». Soy incapaz de explicar qué ha ocurrido en los últimos años y que ha llevado a esta crisis, crisis que tiene la naturaleza de una crisis de Estado.
No se entiende la gestión del Gobierno respecto de esta crisis, no se entiende nada, tampoco la distancia que ha habido con la Unión Europea, en especial con la responsable de la Comisión, viendo cómo el Gobierno sufría con esta situación, no se entienden las disonancias Gobierno-Casa Real, no se entiende la mala respuesta humanitaria… Este es el típico episodio que queda en los libros de Historia como aquel episodio del que nunca fuimos capaces de entender nada. Y es significativo que así sea porque es un suceso extraordinariamente sensible. Me temo que no soy yo el único que no entiende nada; ningún español puede entenderlo.
En condiciones normales, deberíamos de haber visto un desplazamiento de responsables gubernamentales a Ceuta, coordinarse con los responsables de la ciudad autónoma, con Vivas a la cabeza, una unificación o intento de unificar criterios por parte de los grandes partidos, Partido Socialista y Partido Popular, debíamos de haber visto la utilización del decreto —empleado con anterioridad numerosas veces—, ahora que se trataba de una emergencia, para reformar las leyes que habría que reformar, deberíamos de haber visto una mejor relación de las autoridades marroquíes y españoles y viceversa –y lo que hemos visto es una reivindicación de Ceuta y Melilla, algo gravísimo–, deberíamos de haber visto una mejor respuesta humanitaria para quienes se encuentran en Ceuta desde finales de julio, un desplazamiento de la presidenta de la Comisión Europea para vincularse a la respuesta del propio Gobierno español… No hemos visto nada de todo eso. Soy incapaz de explicar qué tipo de gestión ha aplicado el Gobierno aquí, en esta crisis, en esta invasión, porque es una invasión, no olvidemos que entró más gente a Ceuta de la que vive allí, que había más personas desplazadas que personas censadas. Es algo que no tiene precedentes.
España no da un buen ejemplo con su gestión de esta crisis frente a nuestros socios europeos, con algunos de los cuales además hemos entrado en problemas en cuanto a la fragmentación del espacio Schengen, como con Italia; tampoco damos buen ejemplo frente al mundo, con una crisis cronificada en las playas de Ceuta, que viene a añadir un elemento de disonancia o dificultad en las relaciones bilaterales con Marruecos, y lo hace a las puertas de un curso político con dos citas electorales muy importantes, la de algunas comunidades autónomas y todos los ayuntamientos y previsiblemente elecciones generales. Esta situación está provocando una mayor polarización de la existente, que era altísima, más política de bloques y un serio problema con Marruecos, porque la crisis de Ceuta marca un antes y un después.
«Confundimos la solidaridad y la apertura con la no defensa de lo que para España es constituyente»
Elena Pisonero – Presidenta y fundadora de Taldig
No se ha calibrado la trascendencia de lo que podría haber sido un hecho puntual y no lo fue; la magnitud del hecho era muy llamativa como para no haber considerado un análisis en mayor profundidad. Se minusvaloró el evento concreto de la invasión, porque no hay duda de que es una invasión, lo es por el volumen y la dimensión, y debería haber motivado una posición política mucho más general y no una gestión puntual de una crisis más, porque la cuestión de Ceuta involucra muchos ángulos, el nacional, el exterior, los diferentes componentes como el elemento migratorio, la soberanía… Creo que habría que haberlo elevado a una cuestión de Estado.
Crisis como la de Ceuta no pueden considerarse aisladamente ni gestionarse como algo puntual, requieren liderazgos con una visión más amplia, de largo plazo, que consideren los distintos elementos que concurren, por muy implícitos que estén. Toda crisis puede convertirse en un weaponize para otros países u organizaciones, que transforman en arma cualquier oportunidad o palanca que les permita tener una posición de fuerza en un momento de reconfiguración del orden o desorden mundial. Necesitamos un liderazgo ni cortoplacista ni particular o concreto, un liderazgo con una visión amplia en cuanto a los elementos que tomar en consideración, porque todos se conectan. Las crisis geopolíticas están cambiando de forma y exigen posiciones y políticas nuevas, porque son fenómenos diferentes, que con facilidad puede producir un colapso si no se manejan bien.
No hemos estado a la altura como país. Como Stefan Zweig, seguimos viviendo en el mundo de ayer, por lo que nuestra visión para solucionar y encarar los problemas de hoy es errónea. No es un error que se achaque a un país en concreto, sino que afecta a Europa en su conjunto, también a Estados Unidos, que ha decidido no colaborar en esta crisis. Eso debería despertarnos y movilizarnos, construir políticas distintas, adaptadas a los nuevos tiempos. Necesitamos un liderazgo europeo fuerte. Ursula von der Leyen lo ejerció, pero ahora ha quedado disminuida porque los liderazgos nacionales que podrían haberla reforzado están en su propia agenda.
En este momento, los debates que deberían producirse derivados de la crisis de Ceuta son inexistentes, y aquí tiene más responsabilidad el Gobierno que la oposición, porque es muy difícil debatir si quien tiene el poder no te llama para hablar. Y ante la impotencia de no poder hablar, tal vez lo hagas de un modo equivocado. Me preocupa que la reacción que se produzca de que «solo el pueblo salva al pueblo» y otras consignas similares cale, porque eso indicaría un deterioro de las instituciones que nos articulan como democracia. Debemos ser conscientes de que las instituciones son mejorables, pero que la alternativa a ellas es claramente peor.
No obstante, todas las desgracias siempre encierran una oportunidad para construir algo positivo. Ceuta es una tragedia descomunal, pero ha permitido conocer que los ciudadanos son capaces de movilizarse para mostrar su apoyo a sus hermanos ceutíes. No hay que despreciar este hecho. Miles de españoles han salido a las calles para mostrar su solidaridad con Ceuta, con quien comparten un proyecto, el español, con componente europeo.
Somos vulnerables en nuestras fronteras, confundimos la solidaridad y apertura con la no defensa de lo que para España es constituyente, y eso requiere una reflexión seria y profunda. Siendo grave, podemos sacar algunas cosas muy positivas de esta crisis, reformulando algunas cuestiones normativas y replanteándonos nuestras relaciones con Marruecos, para que algo así no se vuelva a repetir.





COMENTARIOS