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Sobre las ‘Confesiones’

La guía para la vida de Rousseau

Jean-Jacques Rousseau, uno de los principales filósofos de la Ilustración y del prerromanticismo, expuso en sus ‘Confesiones’ los principales perjuicios de su vida.

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24
febrero
2026

«Emprendo una tarea de la que jamás hubo ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero descubrir ante mis semejantes a un hombre con toda la verdad de la naturaleza, y este hombre seré yo». Así comienzan las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau: el filósofo, que escribió con anterioridad obras como El contrato social o Emilio o De la educación, decide iniciar un pacto autobiográfico y se vincula con sus lectores, desde un deseo incisivo, en un intercambio en el que el exhibicionismo personal desempeña un enorme papel.

Rousseau, que colaboró en la Enciclopedia con la redacción de los artículos sobre música, se granjeó la enemistad de los que fueron sus amigos en el entorno ilustrado. En 1764 se publica anónimamente Le sentiment des citoyens [El sentimiento de los ciudadanos], aunque lo escribió Voltaire, y en él delata que el autor de Emilio ha abandonado a sus cinco hijos. Este será el estímulo decisivo para que Rousseau decida escribir sus actos y sus vivencias.

Rousseau: «Quiero descubrir ante mis semejantes a un hombre con toda la verdad de la naturaleza, y este hombre seré yo»

Durante seis años, desde principios de 1765 hasta finales de 1770, Rousseau, mediante la correspondencia que guardó y los esbozos de autorretratos que había escrito con anterioridad, describe e interpreta su vida, pero sobre todo la justifica. Al justificarla, intenta hacer ver al lector que él siempre –e inequívocamente– se había regido por la verdad de ser él mismo en la vida. La biografía, de más de 900 páginas, presenta hechos con una cronología poco precisa. Aunque las leyó en público en distintas ocasiones, las Confesiones se publicaron tras su muerte.

Al inicio de las Confesiones, se dirige a Dios para pedir que se escuche su vida: «¡Oh Supremo Hacedor! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes; que escuchen mis confesiones, que lamenten mis flaquezas, que se avergüencen de mis ruindades, y que cada cual descubra luego su corazón, con sinceridad idéntica a la mía, a ver si hay alguno que se atreva entonces a decirte: Yo fui mejor que ese hombre».

Su biografía es la historia de un alma: la narración de un itinerario que va desde la infancia inocente de Rousseau hasta su juventud y primera adultez en contacto con la sociedad depravadora, y, en último lugar, hasta el hombre embriagado de virtud en el que se convirtió. Con él, como reflexionó la investigadora Ana María Holzabacher, «escribir la historia de su alma le permite desentenderse de su pasado, considerándolo únicamente como un tránsito hacia su yo definitivo».

La primera parte de las Confesiones se trata de una búsqueda de la felicidad, donde expresa el anhelo por llegar a la excelencia entendida por un hombre del siglo xviii. La segunda, que comienza a partir del libro séptimo, es casi lo opuesto a la primera, una especie de espejo-doble oscuro y sombrío. Si hablábamos antes de una búsqueda de la felicidad, aquí vemos una aflicción prácticamente constante: «Recordarlos es renovar su amargura», escribe Rousseau en el inicio de esta segunda parte.

Finaliza la obra aclarando que ha conquistado la virtud, la ternura y la dulzura del alma

A lo largo de las Confesiones nos narra los hurtos que cometió continuamente, sus actos de exhibicionismo, el maltrato con el que atizó a las mujeres de su vida y del abandono de sus cinco hijos en orfanatos, dándole la razón a Voltaire. Pero su forma de contarlo no corresponde a la idea preconcebida que tendría cualquier lector: no surge en él ningún sentimiento de culpabilidad y la mayoría de los actos nos los cuenta como meras anécdotas que avivan su vida, no como hechos reprochables moralmente.

La narración de este tipo de hechos está lejos de la confesión cristiana ni de las Confesiones de San Agustín. Rousseau, en este libro, reconoció sus pecados para liberarse de un peso; creía que los demás le perdonarían con declarar una mala acción desde la verdad.

Finaliza la obra aclarando que ha conquistado la virtud, la ternura y la dulzura del alma, según sus propias palabras. De esta forma, Rousseau expone sus faltas y su lucha contra los eventos que le hizo vivir el destino ante los hombres y en presencia de Dios, pero son los hombres –y no Dios, a quien apela en el primer libro de las Confesiones– quienes deben juzgarlo. «Han transcurrido unos cincuenta años y no he de sufrir ya por aquel hecho castigo alguno. Pues bien, ante el cielo declaro que era inocente».

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