El terremoto sepulta el estado fallido de Venezuela
Un seísmo es inevitable, pero no las consecuencias ni la precariedad en que se ha producido, hasta el extremo de exponer la ruina de un país corrupto y saqueado al que Estados Unidos ha dado la espalda después de haberlo ‘okupado’.
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Cada vez la tierra se abre, sobreviene el recurso prosaico de la fatalidad. La pronuncian o la esgrimen los gobernantes con el semblante compungido y la conciencia aliviada, porque nada exime tanto como un cataclismo. Un temblor de 7,2 grados y otro de 7,5 separados por treinta y nueve segundos en la noche del 24 de junio bastaron para que el poder venezolano echara mano del consuelo más cobarde de cuantos existen, el de culpar al azar. Nos dirán que fue la mala suerte, la lotería geológica, el furor de unas placas que nadie gobierna. Es mentira, o cuando menos esa media verdad disfrazada de bálsamo que tan buenos réditos rinde. El fatalismo y la mala suerte son los subterfugios con que la negligencia política se camufla de meteorología. Las placas se limitaron a dictar el veredicto. La sentencia llevaba décadas escrita en los presupuestos, en el hormigón podrid y en las cuentas saqueadas.
Conviene mirar el tamaño del estrago antes de que la propaganda lo maquille. La Guaira amaneció con un centenar de edificios convertidos en grava, rascacielos incluidos, y Caracas contó sus muertos por barrios enteros. El recuento oficial trepó de las primeras cifras pudorosas a más de mil cuatrocientos cadáveres en apenas tres días, mientras el Servicio Geológico norteamericano advertía que el balance podría escalar a varios millares y más de cincuenta mil nombres engrosaban las listas de desaparecidos. Las primeras setenta y dos horas son el único oráculo que no miente, la frontera exacta entre el rescate y la fosa, y Venezuela las dilapidó en una exhibición de impotencia. El paisanaje excavaba con las uñas mientras la maquinaria se ausentaba. El ejército que durante años desfiló como tótem del poder, como aparato represor, como peripecia bolivariana, compareció con una timidez sospechosa allí donde la carne gemía bajo el cemento.
El Estado ya era una ruina antes del temblor porque la corrupción llevaba un cuarto de siglo parasitando la nación hasta vaciarla
Nada de esto lo improvisó el seísmo. El Estado ya era una ruina antes del temblor porque la corrupción llevaba un cuarto de siglo parasitando la nación hasta vaciarla por dentro. Los especialistas calculan el saqueo en cientos de miles de millones de dólares, una sangría tan colosal que se vuelve casi abstracta. La petrolera estatal, que debía ser el granero del país, acabó convertida en la caja chica de una camarilla. El escándalo bautizado como Pdvsa Cripto se tragó veintiún mil millones de dólares que jamás aparecieron. Bajo Maduro, según las auditorías, de cada dos dólares que producía el crudo uno se desviaba hacia redes privadas amparadas en empresas fantasma. El testaferro Alex Saab, el extesorero Andrade con sus relojes de colección y sus caballos de competición, los centenares de mansiones repartidas por una veintena de países componen el inventario obsceno de un robo elevado a sistema de gobierno. El dinero que debió ser quirófanos y puentes terminó en yates, criptomonedas y cuentas opacas.
Venezuela se sienta sobre las mayores reservas de petróleo del planeta y disfrutó del mayor maná de renta de su historia, y sin embargo se endeudó hasta el delirio y acabó declarándose en suspensión de pagos en 2017. La deuda venezolana no es el recibo de una inversión sino el comprobante de un atraco. No financió hospitales capaces de resistir un temblor ni carreteras capaces de soportar el paso de una ambulancia, sino el tren de vida de quienes administraban el expolio. Por eso, cuando la tierra se movió, no había ni fondo de reserva ni un solo puente sólido al que encomendarse. El país había hipotecado su porvenir para costear la fiesta de unos pocos.
Sobre esa ruina heredada reina hoy una potencia tutelar que tampoco ha estado a la altura. Desde enero, cuando un comando norteamericano capturó a Maduro y entronizó una transición vigilada, Washington administra el país a distancia, controla el petróleo y retiene los fondos. Pues bien, cuando la tierra se abrió, Donald Trump y Marco Rubio despacharon sus condolencias en Truth Social y en la red X con la misma diligencia con que se programa un tuit, mientras los atrapados se asfixiaban en el subsuelo. La ayuda, anunciada con la pompa de ciento cincuenta millones de dólares (una miseria, una limosna), no llegó hasta pasadas cuarenta y ocho horas, ya consumada la ventana sagrada del rescate. Y el detalle más bochornoso lo firma la burocracia del propio protector. Venezuela necesitó una licencia del Tesoro estadounidense para poder recibir auxilio, porque las sanciones que el mismo padrino había impuesto prohibían las transacciones humanitarias. Difícil concebir una metáfora más exacta de la servidumbre, la de una nación incapaz de mover su dinero ni de recibir una manta sin el plácet de su capataz.
Venezuela necesitó una licencia del Tesoro estadounidense para poder recibir auxilio, porque sus sanciones prohibían las transacciones humanitarias
Las palabras vuelan siempre más rápido que los cargamentos. Mientras la diplomacia se prodigaba en pésames y la administración interina prometía rescatistas que casi nunca aparecían, el aeropuerto de Maiquetía yacía cerrado por los daños y la solidaridad del mundo se agolpaba a las puertas de un país sin logística. Fueron las brigadas extranjeras llegadas de México, El Salvador, España, Suiza o Alemania, y la red callada de las oenegés, quienes ocuparon el vacío que ni el simulacro local ni el tutor remoto supieron llenar a tiempo. La esperanza, una vez más, vino de fuera y vino tarde, pero al menos vino con palas de verdad y no con comunicados.
Desconfiamos de quienes invocan el destino. Los terremotos no matan solos. Matan con la desidia acumulada de quienes saquearon el granero durante veinticinco años y con la frialdad de quienes hoy sostienen las llaves desde la distancia y comparecen con el reloj en contra. La fatalidad es la coartada, nunca la causa. La frontera entre el accidente natural y la tragedia nacional se cincela mucho antes del espasmo, en la decencia de los presupuestos y en la honradez de quienes manejan el erario, y permanece invisible hasta el día, siempre tardío, en que deja de serlo.
La reconstrucción que aguarda a Venezuela empieza bastante antes que el cemento. Exige desenterrar una verdad que no firmarán ni los ladrones que vaciaron el país ni el administrador que llega con retraso. El temblor no reventó las costuras de los edificios. Se limitó a retirar la sábana que cubría un cadáver tendido desde hacía demasiado tiempo, el de un Estado devorado primero por sus propios saqueadores y custodiado ahora por un guardián ajeno que acude, como casi todos, cuando ya no queda nadie a quien salvar. Debajo de los escombros, yace un Estado fallido y exánime.
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