Más allá de la justicia
Podemos rectificar, pedir perdón o reparar el daño, pero nunca hacer que aquello que sucedió no haya sucedido. La responsabilidad nace precisamente de esa irreversibilidad que la justicia trata de reparar a través del castigo.
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Acabo de ver junto a mis hijos la serie documental ETA: el final del silencio, producida por La Caña Brothers y Movistar+, y dirigida por Jon Sistiaga y Alfonso Cortés-Cavanillas. Más allá del interés histórico de los hechos que relata a partir del testimonio de víctimas, familiares y protagonistas políticos de aquellos años de plomo, no tan lejanos, tenía particular interés en ver qué opinaban mis jóvenes vástagos del encuentro personal entre Maixabel Lasa y uno de los asesinos de su marido, Juan Mari Jáuregui. Si comprendían, o no, no solo el arrepentimiento del victimario y la extraordinaria capacidad de perdón de la víctima, sino el significado de que ambos, víctima y victimario, decidieran, muchos años después del atentado, ponerse el uno enfrente del otro y, a pesar de que el daño perpetrado fuera tan hondo, ser capaces de, desde la responsabilidad, construir una singular relación que les llevara a desearse, mutua y sinceramente, lo mejor.
Naturalmente, tendemos a justificar nuestras acciones, a limitar el efecto dañoso que puedan tener para otros, a no reflexionar o quitar importancia a la trascendencia que puede tener nuestra conducta, obviando que con más frecuencia de la percibida las palabras pronunciadas permanecen en la memoria de quien las escuchó, y los actos de violencia, ira o menosprecio, así como las injusticias cometidas, continúan proyectando sus efectos mucho después de haber sido ejecutados.
Naturalmente, tendemos a justificar nuestras acciones y a limitar el efecto dañoso que puedan tener para otros
Podemos rectificar, pedir perdón o reparar el daño, pero nunca hacer que aquello que sucedió no haya sucedido. La responsabilidad nace precisamente de esa irreversibilidad que la justicia trata de reparar a través del castigo. Sin embargo, más allá del castigo, hay respuestas que, desbordando el marco de lo exigible, llegan a ser ejemplares. Esas respuestas, quizás comiencen por la capacidad de preguntarse qué consecuencias tienen nuestros actos.
Precisamente uno de los aspectos más sorprendentes y valiosos del documental, más allá de la aceptación plena de la responsabilidad por el crimen cometido por parte del victimario, es que la propia víctima, superando una reacción natural airada, se pregunta cómo abordar el daño sufrido desde la responsabilidad de construir un espacio de convivencia común en el que no haya lugar para el odio.
Esa es, para mí, la principal enseñanza del documental: la grandeza de Maixabel que, siguiendo la estela de Juan Mari, es consciente de la responsabilidad que le impone el lugar no elegido que ocupa, y de que su conducta puede enseñar a otros, con el ejemplo, la respuesta que desde la ética debe darse al reconocimiento del daño causado por el victimario.
Ver en el documental como María Jáuregui, hija de Juan Mari y Maixabel, estaba conforme con el acercamiento de su madre a la persona que les había propiciado un daño tan hondo, ejemplificaba la importancia que nuestra conducta responsable tiene para los demás, singularmente para nuestros hijos.
Solemos pensar que educamos mediante consejos, cuando en realidad educamos sobre todo mediante el ejemplo. Los hijos no solo escuchan lo que decimos; contemplan cómo vivimos. Observan cómo tratamos a quien piensa distinto, cómo reaccionamos ante la injusticia, cómo cumplimos nuestra palabra, cómo reconocemos un error o cómo pedimos perdón. Cada uno de esos gestos va modelando silenciosamente su conciencia moral. En cierto sentido, los padres somos los primeros depositarios del mundo que un día heredarán nuestros hijos. Lo que les transmitimos no es únicamente un conjunto de conocimientos o normas sociales, sino una forma de responder ante las circunstancias que les toque vivir.
En cierto sentido, los padres somos los primeros depositarios del mundo que un día heredarán nuestros hijos
La preocupación por la responsabilidad que acompaña a nuestros actos atraviesa, desde perspectivas muy diferentes, buena parte de la historia del pensamiento moral. No se trata aquí, naturalmente, de recorrer ese largo itinerario, sino de detenernos en algunas ideas que ayudan a comprender la reflexión que nos ocupa.
Ya Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, entendió que la ética no podía reducirse al cumplimiento de unas normas, sino que debía atender a la formación del carácter. La virtud —la areté, la excelencia moral— se adquiere mediante el ejercicio continuado de actos virtuosos y encuentra en la prudencia la capacidad de deliberar correctamente sobre lo que debemos hacer en cada situación concreta.
Mucho tiempo después, ya en el pasado siglo, cuando la capacidad humana de actuar había adquirido una nueva dimensión hasta entonces inimaginable, la reflexión ética sobre la responsabilidad hubo de trascender a los daños directos derivados de nuestra conducta.
Hans Jonas, en su conocida obra El principio de responsabilidad, se preocupó por construir una idea de responsabilidad para con el futuro como máxima filosófica, al ser consciente de la amenaza que para la propia humanidad conllevaban los avances científicos y tecnológicos por su potencial poder de transformación y destrucción. A partir de su análisis también el futuro deja de ser un territorio ajeno para convertirse en objeto de nuestra responsabilidad.
Debemos actuar, afirmaba Jonas, de modo que las consecuencias de nuestros actos sean compatibles con la permanencia de una vida humana digna sobre la Tierra.
En un sentido complementario, también Hannah Arendt, reflexionó sobre la responsabilidad que asumimos respecto a las generaciones futuras. En La crisis en la educación escribió que educar es decidir si amamos el mundo lo suficiente como para hacernos responsables de él y si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no expulsarlos de ese mundo ni arrebatarles la oportunidad de renovarlo.
La responsabilidad pues, para ambos filósofos, no consiste únicamente en responder por el daño que ocasionamos. Consiste también en preguntarnos qué mundo estamos construyendo con cada una de nuestras acciones y qué legado moral dejamos a quienes nos sucederán.
Vista desde la perspectiva que analizamos, la responsabilidad deja de ser una obligación externa para convertirse en una forma de excelencia moral. No es responsable quien actúa correctamente por miedo a la sanción o por conveniencia, sino quien ha llegado a incorporar la responsabilidad como parte de su manera de ser. Solo entonces la conducta adquiere un valor ético más allá de lo que demanda la justicia.
Tal vez por eso la conversación entre Maixabel Lasa e Ibon Etxezarreta grabada en el documental resulta tan conmovedora. No porque consiguiera borrar el pasado y el daño causado —eso era imposible— sino porque demostraba que incluso después del mayor de los males el ser humano continúa siendo libre para decidir cómo responder frente a él. El victimario decidió asumir la responsabilidad por el daño causado; la víctima decidió que el odio no sería el último legado que recibirían sus hijos. Ambos comprendieron que también el perdón, como antes la violencia, deja una huella que debe orientar a quienes vienen detrás para llegar a construir una sociedad mejor.
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