Sociedad

La justicia de las víctimas

La concepción de la justicia restaurativa se apoya en dos bases: la reparación a las víctimas y la responsabilización de los ofensores, ofreciendo la oportunidad de conocer un desenlace del dolor.

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04
Abr
2022
justicia restaurativa

La justicia restaurativa se abre paso lentamente en España: esta corriente, también conocida como reparadora o participativa, nació en torno a los años setenta en Canadá y Estados Unidos, y se considera un complemento del sistema penal tradicional. A diferencia de la justicia retributiva, no se centra en castigar al autor del delito, sino que se apoya en dos bases: la reparación a las víctimas y la responsabilización de los ofensores.

En España, los procesos restaurativos más conocidos se han celebrado en el ámbito del terrorismo: las víctimas de atentados terroristas –aunque también de robos y otros delitos– se reúnen con los victimarios frente a frente en unos encuentros que buscan reparar el daño causado, contribuyendo además a dar una segunda oportunidad a los ofensores. 

Encuentros con el terror

Hasta 14 encuentros entre presos de ETA y víctimas de la banda terrorista se produjeron entre 2011 y 2012 en el marco del proyecto de reinserción denominado «Vía Nanclares». Víctimas y victimarios participaron entonces en entrevistas individuales que los prepararon para los encuentros, los cuales se produjeron tan solo cuando los mediadores tuvieron la seguridad relativa de que la experiencia no provocaría más daño a las partes. 

Para Iñaki García, estos encuentros son «la herramienta más deslegitimadora de la violencia que ha existido»

Iñaki García Arrizabalaga tenía 19 años cuando su padre, Juan Manuel García Cordero, de 53 años, fue asesinado por los Comandos Autónomos Anticapitalistas (CAA), una escisión de ETA. Para él, protagonista de la primera reunión restaurativa, estos encuentros fueron «la herramienta más deslegitimadora de la violencia que ha existido».

En 1980, Iñaki cursaba el segundo año de Ciencias Económicas y Empresariales en San Sebastián, donde vivía con sus seis hermanos y sus padres. La mañana del 23 de octubre llovía mucho en la ciudad y su padre se ofreció a acercarle en coche a la universidad, de camino a la central de Telefónica de la que era delegado provincial. Iñaki, no obstante, prefirió coger la bicicleta, «y esas fueron las últimas palabras que cruzamos». Pocas horas después, Juan Manuel apareció muerto en el monte Ulía, que crece, selvático, al norte de la ciudad. «Nunca había sido amenazado, no llevaba escolta, solía llevar a sus hijos en coche al colegio y salía a pasear con su familia», cuenta Iñaki. Toda la familia subió al monte y se abrió paso hasta un descampado, donde la policía esperaba junto a un bulto tapado con una manta. «Nos acercamos, la policía levantó la manta y vimos sentado en el suelo, con las manos atadas a un árbol y dos tiros en la cabeza, el cadáver de mi padre. Eso es lo último que recuerdo de ese día», afirma Iñaki. 

Tras el asesinato de su padre, Iñaki entró en una espiral de odio. «Yo pensaba que como buen hijo me tocaba rechazar todo ese mundo que había hecho tanto daño a mi familia». Tras la Navidad de 1984, por iniciativa de su madre, se marchó a Londres a terminar la carrera. Allí, separado de San Sebastián y de todo lo que implicaba, se dio cuenta de que había tocado fondo, de que tenía que salir de ese pozo de rencor. «El primer perjudicado de odiar sistemáticamente eres tú mismo. Pensé: esta gente ha asesinado a mi padre, ¿quiero que me maten a mí en vida?».

Al regresar a San Sebastián, Iñaki empezó a trabajar en el movimiento por la paz y la reconciliación con diversas asociaciones. En 2011, Maixabel Lasa, entonces directora de la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del Gobierno Vasco, le informó de la posibilidad de iniciar un proceso de mediación con los presos que habían hecho una reflexión crítica hacia la violencia. Iñaki se mostró a favor: tras cuatro meses de preparación, la mediadora Esther Pascual le comunicó que se encontraría con Fernando de Luis Astarloa, un ex miembro de ETA que cargaba con dos delitos de sangre y que ya había cumplido 21 de los 100 años a los que había sido condenado. 

El 25 de mayo de 2011, Iñaki entró en una pequeña habitación de la sede del Gobierno vasco en Vitoria. La sala, de decoración espartana, solo tenía una mesa y dos sillas. Iñaki se sentó en una de ellas y, tres minutos después, apareció Fernando de Luis Astarloa. Iñaki recuerda que lo primero que hizo fue narrarle «con pelos y señales» cómo se había quedado su familia después del asesinato de su padre. «Le conté todo el dolor, todo el sufrimiento, todo lo que pasé yo, mis hermanos y mi madre. Recuerdo que sus primeras palabras fueron: «¡Joder, qué fuerte!»». 

Al despedirse, tras cuatro horas de conversación, Astarloa se disculpó: «Iñaki, yo no soy del comando que asesinó a tu padre, pero como militante de ETA debo asumir todos los atentados de la organización, y en ese sentido quiero pedirte a ti y a tu familia perdón por lo que os hemos hecho». Era la primera vez en 31 años que alguien «de ese mundo» le pedía perdón a Iñaki García por el dolor y el daño causado a su familia. 

Iñaki se dio cuenta entonces, tal como afirma, de que «tenía enfrente a una persona que hacía una autocrítica muy sincera de su pasado, que se encontraba profundamente arrepentida, que reconocía la injusticia y lo irreparable del daño causado y que tenía que vivir para siempre con eso». Iñaki y Fernando siguen manteniendo contacto. «Una de las cosas que más me impresiona es que parece cada vez más consciente de lo que hizo. Una vez me dijo: "Mira, Iñaki, tú no te das cuenta, pero cada vez que voy a la cama me meto en ella pensando en las personas a las que he asesinado"». La última vez que se vieron fue el 18 de noviembre de 2021.

Últimos encuentros en Nanclares

Cuando la prensa dio a conocer las primeras reuniones restaurativas, algunas víctimas acusaron a los participantes de minimizar la responsabilidad de los ex terroristas. A principios de 2012, el nuevo gobierno del Partido Popular, sensible a los argumentos de los detractores, frenó los encuentros. El 30 de abril, el Gobierno de Mariano Rajoy puso en marcha su propio programa de reinserción, que permitía a las víctimas que lo solicitaban reunirse con los presos de ETA, pero sin ningún tipo de preparación previa. 

García: «Tenía enfrente a una persona que reconocía la injusticia y lo irreparable del daño causado»

Solo dos víctimas participaron en el nuevo programa de reinserción del Gobierno Popular: Consuelo Ordóñez, hermana del concejal de San Sebastián Gregorio Ordóñez, cuya experiencia fue negativa, y Robert Manrique. 

«Me conozco todos los mercados de Madrid», afirma Robert Manrique, que aún visita las carnicerías de los países a los que viaja «para ver los inventos que hacen ahora». En 1987, con 24 años, casado y con un hijo de tres años y otro de varios meses, Manrique trabajaba como carnicero de turno de mañana en el Hipercor de Barcelona. «Mi vida transcurría entre mi trabajo, mi familia y, hay que decirlo, el Barça». El jueves 19 de junio cambió su turno de trabajo con la mala suerte de que, poco después de entrar, se produjo en el hipermercado el atentado más mortífero de la historia de ETA. «A partir de ese momento sufrí un cambio de vida radical: de trabajar como carnicero y tener tu familia, tus historias y tu horario de trabajo a entrar en un mundo totalmente desconocido», apunta Manrique. La explosión del coche bomba le causó quemaduras graves en la cara, la cabeza, los brazos, las manos y la pierna derecha. 

En marzo de 2011, el coordinador de la red ciudadana Lokarri, Paul Ríos, le propuso reunirse con el jefe del comando que había colocado el explosivo en el hipermercado, Rafael Caride. El encuentro, uno de los más controvertidos hasta el momento, se celebró en junio de 2012. Para Manrique, «es evidente que el hecho de que el delincuente, en este caso el terrorista, se entreviste con alguna de sus víctimas, le da una segunda oportunidad, que es la que le da la legislación». 

Actualmente, Robert Manrique prepara un libro que publicará el Ayuntamiento de Barcelona. «La única condición que he puesto es que se titule Cambio de turno. Con eso queda todo resumido: un cambio de turno en tu trabajo que te cambia la vida».

Buscando respuestas 

«Siempre me pido el café con helado», dice Jesús Ramírez mientras toma asiento en una mesa junto a la ventana de una cafetería del barrio madrileño de Vallecas. Es un hombre de costumbres o, como él sostiene, «un hombre muy metódico». 

Ramírez: «He estado buscando respuestas allí donde pudiera encontrarlas. Si surgen, las seguiré haciendo»

El 11 de marzo de 2004 hizo lo mismo que cada día: se levantó a las 06:45, se duchó, desayunó un poco, compró el periódico y cogió el tren. Aquella mañana, entre las 07:36 y las 07:40, fueron detonados 10 explosivos en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid. El de Jesús fue uno de ellos. El atentado, perpetrado por Al-Qaeda y el Grupo Islámico Combatiente Marroquí, se saldó con 193 fallecidos y cerca de 2.000 heridos. 

A Jesús, los recuerdos del ataque le llegan entre flashes y nebulosas: «Recuerdo que me tambaleé y caí encima de un señor. Después, recuerdo no saber muy bien dónde estaba ni qué había sucedido». En la ambulancia, aún desorientado, pidió que le dejaran marchar para llegar al trabajo. Tenía el 70% del cuerpo quemado.

Jesús Ramírez era diseñador gráfico y maquetista en la revista Información Comercial Española. «Me gustaba mucho lo que hacía, pero tuve que dejarlo», explica. Tras el atentado, estuvo ingresado casi cuatro meses. Arrastró graves secuelas físicas y psicológicas durante años. Jesús, sin embargo, no abandonó su pasión por completo: ha escrito, autoeditado y maquetado ocho libros. Vegetando entre vivos es uno de ellos. En él relata la experiencia del 11-M: «Fue un periodo en el que la gente no necesitaba dinero ni ayudas. Lo que necesitaba era hablar». Él tenía la misma necesidad: «Yo soy muy preguntón, y solo quienes han cometido el delito pueden dar a las víctimas una serie de respuestas». Para encontrarlas, Jesús entró en contacto con Julian Ríos Martín, mediador y profesor de derecho penal en la Universidad de Comillas. Ríos concertó un encuentro con José Emilio Suárez Trashorras, el hombre que facilitó los explosivos a los terroristas y que actualmente cumple la condena más alta de España: 34.715 años. Tras un largo proceso de preparación, Ramírez y Trashorras se reunieron en la prisión de El Dueso en febrero de 2013. 

A Jesús le preocupaba la situación personal del preso, su primer contacto con la banda, si sabía para qué iba a utilizarse la dinamita o su opinión sobre el juicio. Trashorras le aseguró que ni sabía ni se preguntó en qué iban a emplearse los explosivos, aunque sí puso mucho cuidado en no vendérselos a nadie que pudiera estar relacionado con ETA. Para él, la dinamita era únicamente un medio para costear sus adicciones. Ramírez considera que su perfil encaja con el de un joven que simplemente quería dinero rápido. «Lo entiendo perfectamente. Yo podría haber caído igual que él». 

«He estado buscando respuestas allí donde pudiera encontrarlas. Si surgen, las seguiré haciendo», afirma Jesús, que aún tiene preguntas pendientes. Y añade: «Una de las cuestiones que no entiendo es qué tipo de Dios puede mandar algo así. Me gustaría que alguna persona de esa religión me contestase a la pregunta».  

El peso del delito

«He participado en el encuentro con Jesús Ramírez. Para mí fue un honor. Me dio la mayor lección de humanidad de toda mi vida y siempre lo llevaré dentro de mi corazón. Lo aprecio y lo respeto al máximo», sostiene José Emilio Suárez Trashorras, condenado por su participación en el atentado del 11-M, en una carta escrita para este reportaje. En 2007, Trashorras conoció los encuentros restaurativos a través de las noticias publicadas sobre la Vía Nanclares, profundizando en el tema con la obra del mediador Julián Ríos Martín. 

Trashorras: «En determinados momentos de mi vida me había convertido en una mala bestia»

Este mediador y Esther Pascual Rodríguez fueron los encargados de preparar la reunión con Jesús. «Para que se celebre el encuentro deben cumplirse una serie de requisitos, entre ellos el reconocimiento del delito que, en mi caso, constituye la venta de explosivos», explica Trashorras, que este año ha cumplido 18 años encerrado.

«Sentía que debía pedir perdón sin cortapisas, responder sin tapujos a todo aquello que oculté desde mi detención», confiesa. Para él, esta experiencia ha formado parte de un camino moral que debía transitar. «En determinados momentos de mi vida me había convertido en una mala bestia».

Acciones para reparar el dolor

Víctimas y victimarios coinciden al señalar la importancia de los profesionales que preparan los encuentros, que en su mayoría son abogados o psicólogos. #UtopicamenteRealista es el hashtag que desde hace años Virginia Domingo utiliza tanto en sus redes sociales como en las entradas de su blog sobre justicia restaurativa creado en 2012. Domingo empezó a formarse en esta materia –a la que ella se refiere como un «movimiento social e incluso como forma de vida»– en 2004, cuando todavía era jueza sustituta. Actualmente es coordinadora del Servicio de Justicia Restaurativa de Castilla y León (Amepax) y presidenta de la Sociedad Científica de Justicia Restaurativa (SCJR). 

En 2018, la SCJR diseñó Reconexión, un programa «parcialmente restaurativo», ya que pone el foco principalmente en una de las partes afectadas por el delito: el ofensor. El proyecto se puso en marcha en la prisión de Burgos tras recibir el visto bueno de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. En abril de 2019, un grupo piloto formado por 11 presos protagonizó la primera experiencia de justicia restaurativa realizada dentro de un centro penitenciario en España tras la Vía Nanclares. Solo dos, sin embargo, llevaron a cabo un encuentro directo con sus víctimas. En los casos en los que esa reunión no fue posible, la reparación se enfocó a la sociedad: es el caso de Miguel Ángel Lillo, detenido por un delito contra la salud pública por tráfico de drogas. En su plan de reparación del daño, Lillo expresó que el primer paso que deseaba dar era aportar sus conocimientos a «todas aquellas personas en exclusión social, ya que muchas de ellas se ven en esa situación directa o indirectamente por culpa de la droga». 

Otro ejemplo de este corte es el Taller de Diálogos Restaurativos, puesto en marcha en 2016. En el primer semestre de 2021 ya había registrado 1049 participantes, de los cuales 258 habían sido penados por delitos graves. Ángel Luis Ortiz González, secretario general de Instituciones Penitenciarias, explica que la mayoría de ellos están condenados por delitos contra personas, como homicidios, lesiones o robos con fuerza, contando con penas superiores a cinco años. Ortiz considera que «los procesos restaurativos pueden contribuir a que la tasa de reincidencia sea inferior con el tiempo. Una persona que se conciencia estando en prisión puede salir en mejores condiciones para no volver a delinquir». 

Hoy, España, lleva ya dos décadas avanzando por el camino de la justicia restaurativa. Una justicia que no deja de lado sus atributos pero que, durante unos instantes, se quita la venda de los ojos y se sienta para hablar cara a cara.


Esta es una versión reducida de un reportaje más amplio que puede consultar aquí. 

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