Aristóteles y la esclavitud
En la ‘Política’, el filósofo griego Aristóteles sostenía que ciertos seres humanos son esclavos por naturaleza, un argumento que fue usado siglos después para justificar la esclavitud.
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Hay algo perturbador en leer a Aristóteles con excesiva devoción. Durante siglos, Europa lo convirtió en su oráculo. Era «el Filósofo», el hombre que lo había pensado todo, el arquitecto de las categorías que ordenan el mundo. La lógica, la ética, la política, la biología, el cosmos. Un edificio monumental en cuyos pilares, sin embargo, se esconde una grieta que muchas veces se pasa por alto. En la Política, Aristóteles sostiene que ciertos seres humanos son esclavos por naturaleza. Dice así: «El que siendo hombre no se pertenece por naturaleza a sí mismo, sino que es un hombre de otro, ese es, por naturaleza, esclavo». No por accidente del destino ni tampoco por la mala suerte de haber nacido en el bando perdedor de una guerra, sino por constitución íntima, por una suerte de carencia racional que lo hace incapaz de gobernarse a sí mismo.
«Mandar y ser mandado no solo son hechos, sino también convenientes, y pronto, desde su nacimiento, algunos están dirigidos a ser mandados y otros a mandar», asegura el pensador. Son, en su vocabulario, «instrumentos animados», utensilios que inspiran y espiran. Lo más inquietante estriba, curiosamente, en que esta condición tiende a coincidir, en su descripción, con los pueblos bárbaros, esto es, con los otros, los extranjeros, con quienes no hablaban griego, con quienes, simple y llanamente, no habían nacido allí.
No hace falta caer en el presentismo –ese vicio de juzgar el pasado con el termómetro del presente– para reconocer que esto resulta cuando menos problemático. El presentismo sería reprocharle a alguien del siglo IV a. C. que no compartiera los valores de la Declaración de los Derechos Humanos. Eso sería anacrónico e intelectualmente deshonesto. Pero hay algo distinto que sí conviene hacer: analizar si un argumento presentado antaño era sólido dentro de su propio marco filosófico, y examinar qué consecuencias ha tenido fuera de él.
El argumento aristotélico era circular. Sostiene, en esencia, que quien sirve es porque naturalmente debe servir y que quien manda es porque naturalmente está hecho para mandar. Pero esta «naturaleza» no se demuestra, se infiere del statu quo incurriendo, por ende, en una falacia de petición de principio. Es, en rigor, una justificación del orden existente disfrazada de ontología. Ni siquiera es necesaria la filosofía contemporánea para otear la trampa. Bastaría con aplicar su propia herramienta favorita, el silogismo, con algo de honestidad.
Juan Ginés de Sepúlveda argumentó en 1550 que los indígenas americanos eran precisamente esos «esclavos naturales» de los que había hablado el Estagirita
Aristóteles vivió bajo su propio horizonte conceptual. En aquel entonces, la esclavitud era una institución omnipresente en el mundo griego-macedonio, tan asumida como el clima. Cuestionarla radicalmente habría requerido un viraje mental que ninguna cultura mediterránea de la época era capaz de dar. Aristóteles, por tanto, no inventó la esclavitud, pero sí que la heredó y racionalizó. Ahí podría residir, quizá, su culpa filosófica. A fin de cuentas, puso el instrumental conceptual más potente del mundo antiguo al servicio de un abuso.
Las consecuencias de esa legitimación no fueron inocuas. Cuando los conquistadores europeos llegaron a América en el siglo XVI, necesitaban una jerigonza filosófica con la que justificar lo que hacían. La encontraron, en buena medida, en Aristóteles. El debate de Valladolid, en 1550, enfrentó a Bartolomé de las Casas con Juan Ginés de Sepúlveda, quien argumentó que los indígenas americanos eran precisamente esos «esclavos naturales» de los que había hablado el Estagirita. El pensamiento de un hombre muerto hacía mil novecientos años se tornó así en arma de dominación colonial. La teoría sirvió para atenuar los escrúpulos de quienes, de antemano, preferían no tenerlos.
Esto no significa que haya que arrojar la Ética a Nicómaco a la hoguera de San Juan. La filosofía aristotélica contiene análisis sobre la amistad, la virtud, la felicidad y la vida buena que siguen poseyendo una belleza extraordinaria. Su lógica formal es la base de gran parte del pensamiento occidental. El asunto radica en comprender que la grandeza de un sistema filosófico no lo inmuniza contra sus contradicciones ni obliga a sus lectores a tragarlas enteras. La madurez intelectual exige aprender a separar lo que un pensador aportó de lo que erró, el grano de la paja, sin necesidad de convertirlo en héroe.
Aristóteles pensaba con la agudeza de un bisturí, pero el bisturí puede causar daño si lo empuña una mano indiferente a lo que corta. Ningún genio está por encima de un examen crítico. Aun así, como se ha señalado, el análisis debe evitar la demonización anacrónica. Se trata, en resumen, de comprender que las ideas viajan, se reproducen, se deforman y cambian. Ningún sentido tiene, pues, conservarlas en formol.
COMENTARIOS