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La literatura que nos quedará

El vértigo de los pintores del XIX es hoy el vértigo de los escritores: ¿qué nos queda cuando una máquina puede escribir historias impecables? La respuesta, quizá, sea la misma que entonces: cambiar la pregunta.

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17
febrero
2026

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En un tiempo no tan lejano, el mayor talento de un pintor consistía en reproducir el mundo con la mayor fidelidad posible. El desafío era lograr que un retrato pareciera respirar, que una escena de campo tuviera el mismo brillo que un atardecer real, que una naturaleza muerta engañara al ojo hasta hacerle creer que aquellas frutas podían comerse. La pintura era, ante todo, una carrera hacia la perfección de la mímesis: imitar el mundo y atraparlo en un lienzo.

Y entonces llegó la fotografía. En el silencio de un cuarto oscuro, la cámara consiguió lo que generaciones enteras de pintores habían perseguido durante siglos: retener la realidad con precisión milimétrica, sin titubeos, sin imperfecciones. A primera vista, aquello parecía el final de la pintura. ¿Quién querría contratar a un retratista si la máquina podía inmortalizar rostros en cuestión de segundos?

Sin embargo, fue su liberación. Cuando ya no tenía sentido competir con la cámara, los artistas se lanzaron a explorar lo que la máquina no podía capturar: la vibración de la luz, el temblor de un recuerdo, la violencia de una emoción. De esa renuncia nació la libertad: impresionistas, expresionistas, surrealistas, dadaístas. Cézanne resumió el cambio de perspectiva con sencillez: «Para un impresionista, pintar la naturaleza no es copiar el objeto, es plasmar las sensaciones».

La fotografía no mató a la pintura, la liberó de su cárcel mimética

Así, se puede decir que la fotografía no mató a la pintura, sino que la liberó de su cárcel mimética. Baudelaire expresó su opinión de manera tajante: «Si se permite a la fotografía suplir al arte en alguna de sus funciones, bien pronto lo habrá corrompido por completo, gracias a la alianza natural que encontrará en la estupidez de la multitud».

Hoy la literatura está en un punto similar. La inteligencia artificial (IA) ya es capaz de narrar con corrección asombrosa. Puede imitar estilos, construir personajes, inventar tramas verosímiles. En cuestión de minutos, redacta lo que a un escritor le llevaría meses. El vértigo de los pintores del XIX es hoy el vértigo de los escritores: ¿qué nos queda cuando una máquina puede escribir historias impecables? La respuesta, quizá, sea la misma que entonces: cambiar la pregunta.

Hacia nuevas vanguardias literarias

Porque la literatura nunca fue solo narrar bien. Fue, y es, un acto profundamente humano: un gesto de memoria, de subjetividad, de resistencia al olvido. La perfección narrativa que ofrece la IA no es el final de la literatura, sino la invitación a repensarla.

Igual que el hiperrealismo en pintura intentó desafiar a la fotografía llevándola al límite, puede que algunos busquen una voz irrepetiblemente humana, errática, cargada de fisuras, contradicciones y memoria. La IA puede imitar esa experiencia vivida, esa fragilidad humana, pero nunca vivirla en sí misma. Para Gabriel García Márquez, este era el punto más relevante de su obra: «La nostalgia es la materia prima fundamental de todo lo que escribo».

La perfección narrativa que ofrece la IA no es el final de la literatura, sino la invitación a repensarla

Algunos otros autores explorarán la simbiosis: usarán la IA como cantera de frases y giros inesperados, para luego recomponerlos en collages literarios, como hicieron los dadaístas con fotografías. Ya ocurre: algunos escritores trabajan con modelos de lenguaje para desordenar sus propios textos, encontrar rutas que nunca habrían pensado solos o, simplemente, pulir textos. Pero habrá quienes conviertan a la IA en un espejo deformante, como un surrealismo digital. Y como en otras disciplinas artísticas, la obra del autor puede pasar a incluir el proceso de producción y no únicamente el resultado.

Por ello, en el fondo, la IA no amenaza la literatura. Pero sí desafía la autoría. Ninguna obra será enteramente del autor si se apoya en la IA y en los textos que la alimentan; pero tampoco será propiedad exclusiva de la máquina, que sin la sensibilidad y la experiencia humana no podría dar sentido a lo que produce. En palabras de Laura Restrepo: «La gran literatura amplía el espectro de lo humano. La IA será sobresaliente al imitar lo humano, pero no podrá generar un nuevo Shakespeare». Por ello, las nuevas grandes creaciones literarias nacerán de una coautoría entre todas las partes involucradas, de una ayuda mutua.

La literatura ante su Aleph

Una metáfora de Jorge Luis Borges resulta especialmente conveniente para esta reflexión. En El Aleph, el protagonista descubre un punto del espacio donde están todos los lugares del mundo, vistos desde todos los ángulos simultáneamente: «Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, (…) vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré».

La IA es nuestro Aleph: contiene, en su interior, todas las voces, todos los estilos, todos los relatos. Pero, como el protagonista de la historia, corremos el riesgo de quedarnos abrumados: «Lo que vieron mis ojos fue simultáneo; lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es». Si bien la IA ofrece la simultaneidad infinita, el humano deberá convertir esa abundancia en relato, el caos en camino y la saturación en experiencia lectora.

La fotografía no mató a la pintura: la empujó hacia sus formas más libres. La IA no matará a la literatura: la obligará a encontrar su esencia. El propio Borges apuntó que: «La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido». Si bien la máquina puede producir todos los sueños posibles, la dirección seguirá en manos del autor. Por ello, lo que sobrevivirá no será la máquina que cuenta, sino la voz que elige qué mirar en ese Aleph infinito. Porque escribir, al final, siempre ha sido eso: dar forma a lo inabarcable.

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