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Borges

 Un tigre ciego

Jorge Luis Borges siempre tuvo la convicción de que la literatura es un diálogo interminable entre fantasmas.

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16
febrero
2026

Me sigo llamando Borges. Desde esta región incierta que algunos creen eternidad y que yo prefiero imaginar como una vasta biblioteca sin catálogo —una suerte de sucursal invisible de la Biblioteca Nacional que dirigí con la modesta ironía de un ciego rodeado de libros— me permito recomendarles que me lean. No por vanidad; los muertos, créanme, ya estamos a salvo de ese error. Lo hago porque sospecho que en esas páginas, escritas a la sombra de tigres y espejos, todavía late algo que no me pertenece del todo y que acaso les pertenezca a ustedes.

Si abren mis libros, editados bellamente por Alfaguara en tres volúmenes, encontrarán el rumor de Buenos Aires y el cuchillo de un compadrito que ignora a Hegel pero no al coraje; encontrarán a Funes el memorioso, condenado a no olvidar ni la forma de una nube, y a Pierre Menard, que tuvo la cortesía —o la temeridad— de escribir de nuevo el Quijote, palabra por palabra, como si Miguel de Cervantes le hubiera dictado desde una Mancha más metafísica que geográfica. Hallarán un jardín de senderos que se bifurcan donde el tiempo no es una línea sino una proliferación de destinos simultáneos; una biblioteca infinita en la que cada libro verdadero tiene su refutación y su comentario; un Aleph donde caben, sin superponerse, el rostro de Beatriz y las ruinas de Troya.

Tropezarán también con teólogos que se persiguen hasta confundirse con Dios, con inmortales fatigados de la eternidad, con traidores que son héroes y héroes que son máscaras del azar. Verán tigres —no los del zoológico sino los de la imaginación, más reales— y espejos que duplican el mundo con sospechosa fidelidad. Oirán, quizá, el eco de un duelo en el arrabal y el roce de una enciclopedia china que clasifica los animales de un modo que ofendería a cualquier académico sensato.

El universo es un texto que alguien está escribiendo ahora mismo

Todo eso lo escribí conversando, muchas veces, con Adolfo Bioy Casares en la penumbra hospitalaria de una sobremesa, inventando mundos posibles como quien inventa coartadas. Y lo escribí también bajo la tutela invisible de Robert Louis Stevenson, que me enseñó que la aventura es una forma de ética, y de Cervantes, que me reveló que la ironía puede ser una forma de misericordia. Les debo a ellos, y a muchos otros —a Quevedo, a Schopenhauer, a los poetas anglosajones que traduje con fervor—, la convicción de que la literatura es un diálogo interminable entre fantasmas.

Si me leen, no busquen moralejas ni sistemas cerrados. Encontrarán más bien la sospecha de que el universo es un texto que alguien —quizá ustedes— está escribiendo ahora mismo; que cada acto engendra infinitas bifurcaciones; que el tiempo puede ser un laberinto más sutil que los de Creta; que la identidad es una conjetura laboriosa. Tal vez descubran que el lector y el autor intercambian sus papeles en secreto y que todo libro es, en el fondo, una autobiografía cifrada.

Desde este plano fantasmal donde la ceguera ya no es una limitación sino una forma de claridad, les digo que la felicidad —si existe— se parece mucho a una biblioteca, a un verso de Stevenson recordado a destiempo, a una línea del Quijote que regresa como un amigo fiel, a una conversación interminable con Bioy en la que el mundo se vuelve tolerable porque puede ser imaginado de otro modo.

Lean, entonces. No para comprenderme —fui siempre una hipótesis de mí mismo— sino para entrar en ese Aleph discreto que es cada página, donde caben todos los tiempos, todos los nombres propios y todas las posibilidades. Porque acaso la literatura no sea otra cosa que eso: la elegante y secreta certidumbre de que el infinito puede alojarse en un libro que espera, paciente, en el anaquel.

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