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Valeria Gazzola

«Sentir empatía por el dolor ajeno no garantiza que vayamos a ayudar»

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09
abril
2026

La doctora Valeria Gazzola lleva años intentando responder a una pregunta: ¿qué es realmente la empatía? Neurocientífica y directora del Social Brain Lab en el Instituto Neerlandés de Neurociencia (NIN), en Ámsterdam, su investigación se centra en desentrañar los mecanismos cerebrales que nos permiten comprender, compartir, y en ocasiones ignorar, las emociones de los demás. 


Solemos referirnos a la empatía como la capacidad de «ponernos en el lugar del otro». ¿Tiene sentido esta expresión?

Hasta cierto punto sí, pero yo cuestionaría que la idea de empatía esté tan clara como a menudo pensamos. También cuestionaría que solamente hay una forma de definirla. Cuanto más la estudio, más me doy cuenta de que lo que cada persona entiende es bastante diverso. Por ejemplo, empatía se puede entender también como la capacidad de sentir y compartir las emociones de los demás, más allá del razonamiento que hacemos a la hora de intentar comprenderlas. Sin embargo, tener empatía no implica necesariamente preocuparse por los demás. Muchas personas asocian empatía con cuidado, pero esa relación no es ni mucho menos directa.

«Muchas personas asocian empatía con cuidado, pero esa relación no es ni mucho menos directa»

¿Se mezclan conceptos como empatía, compasión o toma de perspectiva?

Así es. Son palabras más complejas de lo que parece, y esto hace que la comunicación sobre empatía sea a veces confusa. En general, la compasión va un paso más allá de la empatía, e implica el deseo de aliviar el sufrimiento ajeno. Luego, la toma de perspectiva es un proceso más cognitivo, que consiste en inferir el punto de vista mental de otra persona, sin necesidad de compartir su estado emocional. Ahora bien, desde un punto de vista científico, diría que todavía estamos en una fase en la que necesitamos aclarar las definiciones. Todos creemos saber qué es la empatía… hasta que intentamos definirla.

¿Es más fácil explicar la empatía como un fenómeno unitario?

Es sin duda un fenómeno con varios componentes. La empatía tiene un componente afectivo, es decir, la capacidad de compartir, sentir y alinearnos con el estado emocional de otra persona. Existe también un componente cognitivo, que implica reflexionar sobre lo que el otro siente. El cerebro procesa cada uno de estos componentes de manera integrada, pero también parcialmente separable. Esto significa que algunas áreas están más implicadas en los aspectos cognitivos, y otras en los afectivos. Finalmente, hay también un componente motivacional, que es algo más controvertido porque los investigadores aún no están de acuerdo sobre si es un componente necesario en la definición de empatía.

Entonces, ¿son comparables los procesos de empatía en humanos y (algunos) animales?

Si eliminamos la metacognición, encontramos procesos similares en el mundo animal, como la capacidad de compartir las emociones de congéneres (y también de individuos de otras especies). Para mayor claridad, nos referimos a esta capacidad como contagio emocional. Sin embargo, creo que la empatía no se limita a eso, ya que también incluye la capacidad de experimentar automáticamente los estados o acciones de otros sin razonamiento explícito. En cualquier caso, es más amplia que la mera reflexión, y estos procesos también están presentes en otras especies. Por supuesto, cuando nos basamos principalmente en el contagio emocional, debemos ser cautelosos con nuestras interpretaciones, que no siempre son precisas. Como las emociones se comunican a través de cambios en el comportamiento (por ejemplo, expresiones faciales, movimientos corporales, tono de voz…), cuando estamos en presencia de otros animales podemos interpretar su postura corporal desde un punto de vista que tendemos a antropomorfizar —por ejemplo, cuando asumimos que un delfín «sonríe», haciéndonos sentir felices en presencia de un delfín— lo que puede convertirse en una desalineación emocional debido a la interpretación errónea. Es en estos casos particulares donde la metacognición puede ayudar a corregir tal percepción errónea. A pesar de esas posibles diferencias, el hecho de que ciertas emociones se expresen a través de comportamientos similares permite que el contagio emocional ocurra entre especies, lo cual tiene sentido desde una perspectiva evolutiva, en particular para las especies sociales, que necesitan interactuar y aprender unas de otras.

«Estamos predispuestos a desarrollar contagio emocional»

Muchas personas creen que su nivel de empatía es algo fijo. ¿Es así, o puede entrenarse y regularse?

Diría que ambas cosas. Por un lado, parece existir una base más estable, probablemente con un componente evolutivo. Incluso formas simples como el contagio emocional que mencionaba antes cumplen una función importante para la supervivencia, porque nos permiten aprender de otros sin exponernos directamente al riesgo. Entonces, tiene sentido que estemos predispuestos a desarrollar contagio emocional. A través de nuestras experiencias refinamos nuestra capacidad para «empatizar», y ese aprendizaje puede que contribuya a definir mis características como persona empática, o sea, lo que desde fuera se vería como mi «nivel de empatía» durante el transcurso de mi vida, como si fuera un rasgo de personalidad. En muchos contextos resulta útil hablar de la empatía como un rasgo porque facilita hacer predicciones o describir tendencias estables entre personas. Pero, incluso en esos casos, lo que consideramos un «rasgo» suele ser el resultado de aprendizajes acumulados que, con el tiempo, se estabilizan. Entonces, es impreciso decir que la empatía sea fija. A menudo observamos diferencias individuales que surgen tanto de predisposiciones como del aprendizaje, y en ese sentido es altamente flexible. De hecho, puede entrenarse. La toma de perspectiva, por ejemplo, se puede ejercitar activamente, como cuando a un niño se le invita a pensar cómo se siente otra persona. También prácticas como la meditación pueden aumentar la sensibilidad hacia los estados emocionales de los demás. Además, la empatía no es algo que esté siempre «encendido» al mismo nivel, ya que la regulamos constantemente según el contexto y nuestro propio estado emocional. Si estamos expuestos de forma continua al sufrimiento, necesitamos modularla para no desbordarnos. Un ejemplo muy claro: si eres muy sensible al dolor ajeno y alguien se rompe una pierna delante de ti, pero no eres capaz de regular esa respuesta emocional, puedes quedarte paralizado. En cambio, poder modular la empatía te permite actuar y ayudar.

«Modular la empatía te permite actuar y ayudar»

En los últimos años se habla cada vez más de una especie de «fatiga empática» debido a la exposición constante a eventos traumáticos en todo el mundo. ¿Tiene la empatía un límite?

No creo que la empatía en sí tenga un límite. Lo que sí tiene límites es cómo nos sentimos en respuesta a ella. Si estamos constantemente expuestos a eventos negativos y nuestros procesos empáticos nos hacen vincularnos a esas emociones, eso puede generar un alto nivel de estrés. Generalmente, esto puede llevar a varios tipos de respuesta. Por un lado, puede provocar una desconexión que nos vuelve más insensibles para protegernos. Por otro, puede generar una reacción proactiva muy intensa, hacer que nos volvamos más activistas. Depende de cómo cada persona responde al malestar. Para mí, la empatía es más bien una herramienta que nos permite percibir lo que ocurre a nuestro alrededor y el de los demás. Pero esa percepción tiene consecuencias en cómo nos sentimos, cómo reaccionamos y qué consideramos importante.

Entonces, ¿por qué sentir el dolor de otro no siempre nos lleva a ayudar?

Porque la empatía no es un comportamiento; es una capacidad de sentir, y lo que hacemos con ese sentimiento depende de muchísimos factores, entre los que se incluyen las experiencias pasadas y la situación que estamos viviendo en ese momento. Cuando el malestar que sentimos es demasiado intenso, lo que llamamos distrés, tendemos a bloquearnos y a centrarnos en regularnos a nosotros mismos, en lugar de ayudar. En cambio, cuando ese malestar es manejable, es más probable que actuemos de forma pro-social. La diferencia está entre ese distrés y la preocupación empática o compasión. Cuando la respuesta se transforma en compasión, dejamos de centrarnos en nuestro propio malestar y nos orientamos hacia el otro, lo que facilita la acción. Al final, la conducta de ayuda depende de varios factores: cuánto malestar sentimos, el grado de preocupación por el otro y cuánto queremos ayudar. Es una especie de equilibrio, no una respuesta automática.

La investigadora Emilie Caspar ha planteado que el cerebro de los perpetradores de violencia no es fundamentalmente distinto al de otras personas. ¿Ocurre lo mismo con la empatía? ¿O es diferente el cerebro de las personas más empáticas?

En lo fundamental, no. No hay cerebros «distintos». Lo que sí cambia es cómo se configuran a lo largo del tiempo. Cada experiencia que vivimos deja una huella y puede reforzar ciertos circuitos más que otros, en función de nuestra historia vital. Por eso, a partir de una base común pueden surgir diferencias. Pero no son fijas. El cerebro es flexible. Hoy sabemos que es mucho más plástico —incluso en la edad adulta— de lo que pensábamos. Todo lo que hacemos cambia el cerebro. En casos como la psicopatía o la conducta antisocial, lo que observamos no es un cerebro diferente, sino patrones de funcionamiento distintos en determinados contextos. Estas diferencias pueden ser tanto funcionales como estructurales, y es difícil saber qué viene primero, si ciertas predisposiciones o las experiencias. Probablemente sea una interacción de ambos factores. En definitiva, no hablamos de cerebros distintos, más bien de trayectorias distintas. 

«Todos sentimos que sabemos qué es la empatía, pero en cuanto intentas definirla aparecen las dificultades»

Si todo es todavía tan incierto y tan difícil de estudiar, ¿por qué después de tantos años te sigue fascinando?

Quizá precisamente por eso. Porque todavía no sabemos cómo funciona. Es algo que ha intrigado a la humanidad desde siempre. Todos sentimos que sabemos qué es la empatía, porque la experimentamos. No obstante, en cuanto intentas definirla con precisión, aparecen las dificultades. Para mí, lo fascinante está en ese misterio entre lo que sentimos como individuos y lo que somos capaces de explicar como científicos.

¿Crees que esa experiencia puede capturarse en una película o un libro?

La vida de los otros (2006) me parece un buen ejemplo, porque muestra cómo la empatía puede surgir a través de la exposición y la toma de perspectiva. También Her (2013), por lo actual de los temas que plantea. Y, aunque a veces se critique, el cine comercial, especialmente el de Hollywood, tiene una capacidad extraordinaria para generar empatía colectiva. Puede parecer simple, pero lograr que tantas personas compartan una misma emoción es, en sí mismo, una habilidad muy sofisticada.

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