TENDENCIAS
Sociedad

Fatiga por compasión

La exposición constante a guerras, catástrofes climáticas y crisis humanitarias está transformando nuestra relación con el sufrimiento ajeno. ¿Puede la saturación mediática erosionar la empatía hasta convertirla en indiferencia?

¿QUIERES COLABORAR CON ETHIC?

Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).

COLABORA
25
marzo
2026

La empatía sin límites tiene un precio. Lo saben los sanitarios, educadores, psicólogos y hasta los buenos amigos. Cuando uno se expone diariamente al dolor ajeno, es posible que acabe sufriendo una serie de procesos psicobiológicos que desgasten su capacidad de vinculación emocional. De algún modo, la exposición al trauma, propio o ajeno, va conduciendo al individuo hacia la habituación, y en el peor de los casos, hacia la indiferencia. Durante décadas, este proceso psicológico se ha asociado a personas que trabajan con colectivos vulnerables. Un ejemplo reciente es una revisión sistemática publicada en 2024 sobre profesionales sanitarios en África subsahariana, que muestra niveles especialmente elevados de «fatiga por compasión».

Los autores señalan que este riesgo aumenta en contextos de crisis prolongadas, como ocurrió durante la pandemia de covid-19. En circunstancias así, la combinación de sobrecarga de trabajo, escasez de recursos y estrés moral intensifica el desgaste emocional. Sin embargo, la fatiga por compasión podría haberse extendido más allá de ciertos sectores profesionales. ¿Podría estar convirtiéndose en un fenómeno estructural?, se preguntan algunos, dadas las formas en que hoy circula la información sobre el sufrimiento humano.

Las generaciones millennial y posteriores han crecido en un ecosistema mediático marcado por la saturación informativa. Nunca antes habíamos estado tan expuestos a relatos tan explícitos de crisis globales: guerras, catástrofes climáticas, emergencias humanitarias… La cantidad de estímulos emocionales es tal que el propio sistema nervioso difícilmente puede procesarlos todos. Hubo un tiempo en que una simple fotografía podía detener el mundo. Hoy, las imágenes de ciudades arrasadas atraviesan la pantalla con la misma fugacidad que un anuncio de zapatillas. El sufrimiento sigue ahí, pero lo recibimos en una secuencia continua que apenas deja espacio para la pausa. Hemos aprendido a convivir con el dolor, a administrarlo, a dosificarlo hasta volverlo soportable.

La exposición al trauma, propio o ajeno, va conduciendo al individuo a la habituación, y en el peor de los casos, a la indiferencia

Cada vez más investigaciones analizan la evasión de noticias como una posible consecuencia de la sobrecarga informativa. Algunos estudios muestran que las emociones negativas que generan las noticias pueden provocar dos reacciones aparentemente opuestas. Por un lado, muchas personas quedan «atrapadas» en el consumo compulsivo de información—lo que hoy se conoce como doomscrolling. Por otro lado, cuando la carga emocional se acumula, ese mismo malestar puede llevar a evitar determinados temas o incluso a desconectarse por completo de la actualidad. En otras palabras, las crisis pueden generar tanto atención como distanciamiento extremo.

Esto podría ser problemático porque las democracias contemporáneas se sostienen en la idea de que somos capaces de preocuparnos por personas que no conocemos. Si la exposición constante al desastre erosiona esa preocupación, el problema trasciende lo psicológico y alcanza lo político. Por eso, la fatiga empática puede afectar a la disposición colectiva a sostener compromisos largos y costosos, ya sean políticas climáticas, la acogida de refugiados o los procesos de reconstrucción tras una guerra.

Sobre esta cuestión, la filósofa Martha Nussbaum ha insistido en que las emociones no son necesariamente irracionales, pues contienen juicios implícitos sobre lo que valoramos. Si dejamos que la saturación mediática erosione nuestra sensibilidad, aparte de cambiar nuestro estado de ánimo, también reconfigurará nuestro esquema moral. Lo que antes nos parecía intolerable, poco a poco se integra en nuestro paisaje de lo cotidiano.

Bajo un paradigma sociopolítico en el que el sufrimiento circula a una velocidad inédita, la empatía y la compasión corren el riesgo de agotarse antes de convertirse en compromiso. La cuestión en estos tiempos, entonces, es plantearse cómo preservar una sensibilidad capaz de sostener la responsabilidad colectiva. Si el dolor ajeno deja de interpelarnos corremos el riesgo de normalizar lo que debería seguir resultándonos insoportable.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

La indignación selectiva

Cristina Domínguez

¿Qué factores determinan cuáles injusticias nos enfurecen y cuáles simplemente decidimos dejar pasar?

El hombre en busca de sentido

Pablo Cerezal

La logoterapia, mezcla de ambas disciplinas, buscaba conseguir la felicidad del paciente de un modo aún hoy innovador.

COMENTARIOS

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

Suscríbete a nuestro boletín semanal y recibe en tu email nuestras novedades, noticias y entrevistas

SUSCRIBIRME