Josele Santiago
«Disfruto del privilegio de ser malentendido»
Artículo
Si quieres apoyar el periodismo de calidad y comprometido puedes hacerte socio de Ethic y recibir en tu casa los 4 números en papel que editamos al año a partir de una cuota mínima de 30 euros, (IVA y gastos de envío a ESPAÑA incluidos).
COLABORA2026
Artículo
Hay músicos que escriben canciones y otros que, sin proponérselo, acaban escribiendo también la crónica de un tiempo. Josele Santiago pertenece a ambas categorías. El líder de Los Enemigos publica ahora un libro, ‘Desde el jergón’ (Contra) en el que recorre su vida a través de esa trayectoria en una banda de rock. Un ejercicio de memoria -imperfecta, caprichosa- que mezcla literatura, barrio, adicciones y música. Atiende a ‘Ethic’ por teléfono para hablar sin prisas sobre escritura, interpretación, la mitificada movida madrileña y su necesidad, casi física, de seguir creando.
Ha ido tanteando la prosa desde hace tiempo, con columnas en Babelia. ¿Le ha resultado natural dar el salto al libro?
Es un libro muy trabajado. Le he dado muchas vueltas: siete versiones, he llenado muchas papeleras… V1, V2, V3… Todo al carajo. Pero estoy muy satisfecho del resultado porque me interesaba mucho que estuviera bien escrito. Soy un lector compulsivo y tengo cierto criterio. Además, todo lo que he ido haciendo antes, como las columnas en algunos medios, me ha venido muy bien como calentamiento. Al final, lo difícil es empezar.
Desde el jergón está estructurado en torno a canciones, casi como capítulos. ¿Eso le facilitó el proceso?
En cuanto me planteo el libro, sí. Todo gira alrededor de las canciones. En cualquier banda, sin las canciones no hay nada: son el núcleo, la fuente. Sin ellas no existiría nada de lo demás.
«Mi manera de escribir no es narrativa, es más sensorial: busco imágenes potentes que tengan varias lecturas»
¿Le han servido esas canciones como anclaje para ordenar la memoria?
Sí, porque no es que tenga yo una memoria prodigiosa. Me han ayudado a organizarme y a recordar. Yo lo que pretendía era describir de dónde sale la chispa de cada canción. Porque mi manera de escribir no es narrativa, es más bien sensorial: busco imágenes potentes que admitan varias lecturas.
Eso implica aceptar que cada oyente interpreta las letras a su manera…
Claro. Y me encanta. No hay una lectura correcta ni incorrecta. A veces alguien te dice «aquí hablas de esto», y tú piensas: «No, pero podría ser». Es como cuando cuatro amigos cuentan la misma noche: cada uno recuerda algo distinto. Me interesa que la canción le diga algo a quien la escucha, no que descifre un mensaje cerrado. Yo disfruto del privilegio de ser malentendido.
¿De dónde surge esa chispa de las canciones?
Es muy caprichosa. Puede ser en la Casa de Campo, en un bar o en la portería de tu casa. Hay que estar con las antenas puestas. Con los años aprendes más o menos dónde le gusta posarse. Muchas canciones nacen en una servilleta de bar, en una libreta… La mayoría de las notas son chorradas, pero de repente hay dos o tres que brillan y dices: por aquí podemos tirar.
El libro juega mucho con los saltos temporales. ¿Ha sido lo más difícil?
Sí, los saltos en el tiempo son muy complicados. Cuando los lees en los maestros no se notan, enriquecen el relato. Pero hacerlos tú… Ahí me he pegado muchas veces. Aun así, me interesaba más eso que una cronología estricta, que es bastante aburrida.
¿Hasta qué punto ha ficcionado sus recuerdos?
Siempre se ficciona un poco, porque si no es un aburrimiento. La realidad es un concepto bastante abstracto. No estamos aquí para levantar acta notarial de nada. Lo que importa es el relato.
«La Movida se ha sobrevalorado: antes ya había mucho en Madrid»
Al echar la vista atrás, ¿qué ha descubierto de usted mismo?
Más que descubrirme, he recordado. Al echar la vista atrás ves que todo empezó como un sueño casi inalcanzable. Y decidimos, de una manera bastante irresponsable, poner ese sueño por encima de todo. Si las cosas iban mal, buscabas un trabajo temporal y luego lo dejabas. Íbamos a tocar sin cobrar, a cualquier pueblo, con tal de pagar la gasolina, tener un sitio donde dormir y unas cervezas. Ese tipo de cosas que ahora ves con perspectiva.
Madrid aparece casi como un personaje más en el libro.
Es inevitable. Si cuentas cómo nacen las canciones, aparece el paisaje. Sin querer, ha salido también una especie de crónica social de la época.
En ese retrato, revisa también el mito de La Movida.
Tuvo cosas buenas, fue un soplo de aire fresco. Pero creo que con el tiempo se ha sobrevalorado. Se ha instalado la idea de que antes no había nada en Madrid, y eso es mentira. Había muchísima música, conciertos, aunque fueran clandestinos. Tenías que enterarte por el boca a boca, por los carteles… pero había conciertos todos los fines de semana.
Y también se ha dejado fuera a muchos músicos.
Claro. Se ha ignorado a un montón de gente muy interesante. Parece que antes todo era rock sinfónico interminable y que la Movida vino a salvarnos, y no es así. Había mucha imaginación y muchas cosas pasando.
¿Se ha construido un relato demasiado épico?
Sí, como si Madrid fuera el centro del mundo, y no era así. Seguíamos siendo un país periférico y precario. Y además, había cierto elitismo. Se ha olvidado a mucha gente que estaba haciendo cosas muy interesantes antes.
También aborda temas como la salud mental. ¿Cree que ahora se habla mejor de ello?
Por lo menos ha salido del armario. Antes lo que no se nombraba no existía. Y esto está en todas las familias. Me parece sano que se hable con normalidad. Otra cosa es cómo se aborde: durante mucho tiempo todo se resolvía con pastillas, y eso te deja como un robot.
También critica que durante mucho tiempo se haya tratado solo con medicación.
Sí, las pastillas te anulan bastante. Está bien que se busquen otras vías. Igual que pasó con la heroína: durante mucho tiempo no se habló del problema y fue devastador.
Habla con mucha claridad de las adicciones, especialmente de la heroína.
Es que fue una barbaridad. El acceso era facilísimo y había mucha ignorancia. No sabíamos dónde nos metíamos. Y cuando te dabas cuenta, ya era tarde. Era un problema enorme, físico y mental.
¿Se ha simplificado ese fenómeno como algo marginal?
Totalmente. No era cosa de cuatro tirados, llegaba a todas las capas sociales. Y además había un problema de higiene brutal: se compartían jeringuillas sin saber lo que podía pasar. Yo era de los pocos que no lo hizo. Y uno de los que sigue aquí. Porque no se sabía lo del SIDA, pero sí la hepatitis. Y no quería pillarla.
¿Se considera una persona propensa a la adicción?
Sí, claramente. Hay personalidades adictivas. Yo me engancho a lo que sea: alcohol, tabaco, café… lo que toque. Hay gente que prueba la heroína y no se engancha. Yo no soy de esos.
Aun así, ha seguido creando.
Sí, por suerte. Y al final, lo importante es que estoy aquí para contarlo. Eso ya es bastante.
«Soy una personalidad adictiva: me engancho a lo que sea»
En los últimos tiempos también ha habido pérdidas importantes en su entorno.
Sí, y se llevan fatal. Con Jorge [Martínez, líder de Ilegales], por ejemplo, he perdido a un gran amigo y a un maestro. Yo he aprendido mucho escuchando sus canciones, fijándome en cómo estaban hechas. Era autodidacta y eso se convierte en un vicio: analizas todo.
¿Qué destacaría de él?
La economía. La importancia de los silencios, de los arreglos justos. Sus canciones respiran. Eso es algo que he aprendido escuchándole.
¿Y con otros músicos de su generación?
Es curioso, porque hay gente con la que nunca llegué a cruzarme, como Robe Iniesta. Pero eso no quita que admire su trabajo. Y da más rabia aún cuando se van en un momento creativo tan alto.
¿Y esa mirada hacia atrás le ha vuelto más nostálgico?
No especialmente. Todo cambia, es ley de vida. Yo ahora voy a Madrid y no lo reconozco. Mi barrio era obrero, con chabolas, y ahora lo llaman el Brooklyn de Madrid. En fin…
COMENTARIOS