Ni narcisismo ni inseguridad: las claves para cultivar un ego equilibrado
El objetivo es lograr una percepción realista y equilibrada de uno mismo, que integre tanto las fortalezas como las debilidades sin autocrítica desmedida ni excesiva indulgencia.
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Egoísta, egocéntrico, ególatra, egótico… cualquiera de las palabras de la familia léxica del «ego», nos da a entender que es un concepto negativo. Algo que más que cultivar, habría que eliminar. Pero la palabra ego, en su origen, no significa nada más (y nada menos) que «yo». Se trata de una noción muy popular en la psicología, aunque los científicos actuales prefieren hablar de «autoconcepto». No así Sigmund Freud, responsable de difundir ampliamente el concepto de ego en sus teorías psicoanalíticas, definiéndolo como la instancia psíquica mediadora entre el ello (los impulsos primarios) y el superyó (la moral social). Desde entonces, ha pasado al lenguaje coloquial, pero referido, habitualmente, a un exceso de orgullo o autoestima.
Desde la psicología se suele matizar que el ego en sí no es malo, lo que es problemático es cuando se tiene demasiado o muy poco. Aunque muchos pensadores también advierten de la glorificación del orgullo personal en esta sociedad neoliberal, que empuja al narcisismo tóxico, la autoexplotación o la desconexión social. Es el caso del filósofo francés Gilles Lipovetsky, quien ya alertaba en 1983, en su libro La era del vacío, de que la sociedad del hedonismo narcisista glorificaba el yo a través del consumo y la autoindulgencia, generando vacío existencial y pasividad política.
Las redes sociales no han hecho más que potenciar la obsesión con el yo interior, promoviendo una falsa autenticidad y empujando a la autooptimización constante. En La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han critica que esta cultura de la autenticidad pone el ego en el centro, rechazando formas rituales que nos alejen del egoísmo, y potenciando el rendimiento constante sobre el bienestar. En sus propias palabras: «Los «amigos» que se agregan en las redes sociales cumplen sobre todo la función de incrementar el sentimiento narcisista de sí mismo, constituyendo una muchedumbre que aplaude y que presta atención a un ego que se expone como si fuera una mercancía». Pero los likes no suponen una gratificación real, y la autoexigencia constante lleva al agotamiento y a una relación patológica con uno mismo.
Por eso, para cuidar la autoimagen habría que potenciar los lazos comunitarios y huir del narcisismo digital, buscando una validación interna en lugar de externa. El objetivo debería ser lograr una percepción realista y equilibrada de uno mismo, que integre tanto las fortalezas como las debilidades sin autocrítica desmedida ni excesiva indulgencia.
El ego está inflado cuando la autoimagen es irrealmente grandiosa, algo ligado al narcisismo, lo que provoca fragilidad ante los fracasos, dependencia de la admiración externa o relaciones superficiales. Cuando el ego, por el contrario, es muy bajo, supone autocrítica severa y constante inseguridad, que conduce al aislamiento y la desmotivación, y aumenta los riesgos de ansiedad y dependencia emocional.
Un autoconcepto sano surge de la congruencia entre el «yo real» (como uno es) y el «yo ideal» (como quiere ser)
¿Cómo lograr, entonces, que el ego se sitúe en el justo medio? El psicólogo Carl Rogers consideraba que un autoconcepto sano surge de la congruencia entre el «yo real» (como uno es), el «yo ideal» (como quiere ser) y las experiencias vividas. Para conseguirlo, recomendaba, primero, ser honesto con uno mismo, expresando pensamientos y emociones sin máscaras. Para ello, conviene reflexionar diariamente: ¿estoy siendo sincero?, ¿se están alineando mis acciones con los que considero mis valores?
Una vez que uno se conoce a sí mismo, puede aceptarse incondicionalmente por lo que es, validando los defectos como parte intrínseca humana. Rogers recomendaba escribir afirmaciones neutrales para desactivar la autocrítica. Por último, hay que poner una atención compasiva hacia las emociones propias. En momentos de duda, conviene hablar con uno como se aconsejaría a un amigo: desde el cariño.
El psicólogo Nathaniel Branden propuso seis pilares de la autoestima que se acompañan de seis ejercicios esenciales para un ego realista: observar las acciones propias sin autoengaño (para lo que puede resultar útil llevar un diario de decisiones cotidianas); aceptar las emociones sin juzgarlas; tomar el control ante los fracasos; expresar las necesidades asertivamente pero sin agresividad; definir metas claras y realistas, y actuar según los propios principios, corrigiendo incoherencias lo antes posible.
Lo cual suena muy bien, pero puede ser complicado llevar a la práctica. Sobre todo en un contexto en el que, como vimos antes, se nos bombardea en redes sociales con imágenes de supuestas vidas perfectas, que erosionan las congruencias entre ese yo real e ideal, generando una insatisfacción permanente. Además, la presión por el éxito individual convierte el yo en un proyecto empresarial, ignorando desigualdades estructurales y definiendo la identidad, en muchas ocasiones, a través de los bienes o el estatus. Por no hablar de que la falta de lazos comunitarios provoca aislamiento, y las interacciones familiares y sociales que antes moldeaban la autoimagen se sustituyen por validación digital superficial. Todo esto puede generar tanto un narcisismo defensivo como una baja autoestima.
Para evitar patologías del ego, conviene analizar nuestras virtudes y flaquezas, cuestionando narrativas extremas, reemplazando la autocrítica por curiosidad y reflexionando sobre los valores realmente importantes para nosotros. Pero, como ya vimos, esto debe acompañarse de acciones concretas: limitar el uso de redes sociales, cuidar las relaciones offline y buscar un feedback constructivo por parte de nuestras personas de confianza.
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