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Pensamiento

La receta de Heidegger para una existencia auténtica

Heidegger abrió nuevas formas de pensar acerca de uno de los pilares de la filosofía occidental, el ser, asegurando que sin plena conciencia de lo temporal de la vida y el impacto en ella de circunstancias ajenas no puede desarrollarse una existencia auténtica.

Ilustración original

Herbert Wetterauer
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07
abril
2026

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Herbert Wetterauer

«Ser o no ser, esa es la cuestión», se planteaba Hamlet en aquel memorable soliloquio de la obra teatral homónima, de Shakespeare (1564-1616). El atribulado príncipe de Dinamarca exponía así sus dudas existenciales, preguntándose si es mejor soportar los diversos embates de la vida o quitársela para evitar tal sufrimiento. Para Hamlet, ser suponía simplemente existir. De haber conocido los postulados filosóficos de Heidegger, sus dudas hubiesen alcanzado cotas aún más profundas.

El ensayista y filósofo alemán Martin Heidegger (1889-1976) es aún reconocido como uno de los pensadores más importantes del pasado siglo. Temprano discípulo de Edmund Husserl (1859-1938), pronto se convirtió en firme defensor del movimiento filosófico que fundado por este, la fenomenología. Con 27 años de edad, Heidegger se convirtió en asistente personal de su maestro para seguir profundizando en la investigación fenomenológica que, de manera totalmente empírica, pretendía demostrar cómo la experiencia del mundo y los objetos que lo componen afecta al modo en que se rige la conciencia humana.

Durante aquellos años de inmersión en una concepción filosófica que estaba llamada a impactar decisivamente en el pensamiento occidental posterior, comenzó a asentarse en Heidegger la que sería cuestión decisiva en toda su carrera: el sentido del ser. Así, queriendo llevar hasta sus últimas consecuencias el principio fenomenológico por excelencia, que reclamaba «volver a las cosas mismas», defendió la praxis como forma principal de acceso al mundo para el hombre, sin necesidad de conocimiento teórico previo.

El filósofo defendió la praxis como forma principal de acceso al mundo para el hombre

Profundizando en ello llegó a contrariar el concepto de «yo» como algo absoluto que defendía el propio Husserl, elevándolo a la categoría de acontecimiento histórico conformado por todo lo que le ocurre desde el nacimiento hasta la muerte. Llevado por su necesidad de dar respuesta a las preguntas primordiales acerca del sentido del ser, Heidegger publicó, en 1927, uno de los libros más controvertidos e influyentes de la filosofía occidental, Ser y tiempo.

Aquel volumen, sin embargo, supuso únicamente la tercera parte de un largo proyecto con que el pensador pretendía revelar el sentido unitario del ser a partir de su propia temporalidad. Tomaba distancias, de esta forma, de la máxima aristotélica por la que el concepto del ser es inabarcable. En aquella primera parte de su enorme proyecto, Heidegger incorporó a la historia de la filosofía un nuevo concepto que sería capital a partir de entonces: el Dasein, que podríamos traducir como «ser-ahí».

En Ser y tiempo se establecen los condicionantes para saber si el «ser-ahí» implica una existencia auténtica o inauténtica. Una vuelta de tuerca al «ser o no ser» hamletiano que, sin embargo, dota de gran importancia a uno de los pilares sobre los que se sostiene: la muerte. Y es que, para Heidegger, no puede haber existencia auténtica si la persona no toma conciencia de que es un «ser-para-la-muerte». Lejos de contemplar el fin de la vida como un hecho lejano y difuso, para llevar una existencia auténtica se plantea como imprescindible tener en mente que la muerte es un hecho irrenunciable al que estamos todos sometidos.

Para Heidegger, no puede haber existencia auténtica si la persona no toma conciencia de que es un «ser-para-la-muerte»

Vivir con la conciencia constante de que nuestro tiempo es limitado nos permitirá vivir priorizando y, lo que es más importante, eligiendo en base a quienes realmente somos y no respecto a lo que la sociedad parece esperar de nosotros. Aparece aquí el otro concepto capital para lograr la existencia auténtica: el «ser-en-el-mundo». Porque el ser humano no es un individuo aislado sino profundamente inmerso en un contexto sociocultural e histórico, permanentemente relacionado con el entorno y el resto de personas que lo conforman.

Esta pertenencia ineludible al entorno sitúa a cada persona en una zona de sombras en que puede sucumbir a lo mundano, las normas socialmente establecidas, las rutinas, la cotidianidad, lo impersonal y todo lo que se revela trivial para el sentido de la propia existencia. Cuando sucede esto, el Dasein deja de vivir por sí mismo y pasa a ser vivido por lo que le rodea hundiéndose en una existencia inauténtica.

Pero Heidegger, que defendía el Dasein en que impera la conciencia de la finitud de la vida, la responsabilidad sobre uno mismo que eso implica, y la fidelidad a los propios deseos y necesidades como las únicas directrices para una existencia auténtica, se unió al partido nazi cuando Hitler alcanzó el poder, y no escondió su simpatía por el régimen. Nada más opuesto a la libertad individual y la búsqueda de autenticidad que el control y la opresión violenta propugnados por el nazismo. Tal vez, como Hamlet, pero con mayor profundidad, él también seguía cuestionándose la conveniencia de «ser o no ser».

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